Notas y comentarios a la Divina Comedia. Infierno Infierno Cantos III y IV
 

Resumen. Llegada a la puerta del Infierno. En el dintel, una inscripción establece la necesidad y la eternidad del mismo. En el vestíbulo de ingreso se encuentran los indolentes e inútiles, de los cuales Dante reconoce a uno. Llegados al río Aqueronte lo atraviesan en la barca de Carón. Virgilio explica el tránsito de las almas. El campo tiembla, resuena un terrible trueno y Dante se desmaya. Dante se recupera y se encuentra al borde del primer círculo o limbo de los virtuosos no cristianos. Ingresan luego en un castillo que alberga a los grandes de la antigüedad.

III, 1-21. Dante expresa aquí, por un lado, la doctrina escolástica sobre el estado de las almas condenadas después de la muerte, lo cual es el sentido literal básico de su obra (ver Epístola al Gran Can). Pero si consideramos el sentido alegórico de que la obra se refiere al peregrinaje humano hacia la virtud y el conocimiento, podríamos decir de este párrafo lo siguiente:

Los que ingresan al mundo del vicio y del mal deben perder toda esperanza, porque la ley eterna que rige el universo del libre albedrío exige necesariamente que quien pervierte el orden de la libertad quede esclavo de su mismo vicio. Por eso se habla de "la perdida gente". Se trata de necesidad y causalidad, de acción y reacción, por la que a todo acto le siguen sus propias consecuencias. Dante admira ese Orden establecido que es garantía de retribución del bien y del mal, arras de la libertad, y bellamente lo contempla como obra de la Potencia, la Inteligencia y el Amor divinos.

Cuando el viajero se estremece ante la dureza del mensaje, Virgilio lo reconforta y lo invita a dejar vacilaciones y mirar de frente la realidad del destino humano, y subraya, para que no quede ninguna duda, que quienes se han entregado al vicio "han perdido el bien del intelecto", y por tanto no merecen la libertad, sino el justo castigo.

El amor de Virgilio le sonríe, le da coraje y lo lleva de la mano para ingresar a las cosas que Dante no duda en llamar "secretas". La mirada atenta del lector notará estos repetidos matices de las expresiones de Dante, que no son simples juegos literarios: estas cosas son siempre secretas, porque sólo son visibles para quienes las pueden ver.

III. 22-69. Círculo de los "neutrales", por así decirlo, los indiferentes al bien y al mal, que "sólo para si fueron", los indolentes o cobardes, los que no toman partido y sólo cuidan de si mismos. "Porque eres tibio, ni frío ni caliente, comenzaré a vomitarte de mi boca" dice el Apocalipsis a la iglesia de Laodicea (3, 15). Virgilio da explicaciones y muestra su desprecio que se manifiesta en el creciente castigo de moscones y avispas, y de las inmundas lombrices que pisan. Dante se asombra de que sean tan gran multitud.

III.78 El río Aqueronte (del griego "Acerwn", río "del dolor" que daba paso al infierno en la Odisea de Homero) es el primero que encuentra Dante, y es el más grande pues circunda toda la boca del primer círculo, siendo su cruce un paso imprescindible a los mundos infernales. El Conductor Virgilio no tolera la ansiedad de Dante por saber, sino que le ordena esperar a que él mismo vea. 81. Dante aparece siempre en toda su simpleza: sus dudas, temores y errores, lo muestran anonadado por un viaje cuya realidad no alcanza a comprender.

III, 82-99. Encuentro con CARÓN, CARONTE o Carwn genio del mundo infernal. Su misión es pasar las almas a través de las lívidas aguas del Aqueronte hasta la orilla opuesta al río de los muertos. En la mitología se lo representa viejo, feo, de barba gris e hirsuta, vestido de harapos y con un sombrero redondo. Fue ferozmente castigado por Hércules cuando descendió vivo a los infiernos por no querer cruzarlo en su barca. El nombre alude a sus llameantes ojos. 90-93 Carón intuye que se trata de un ser vivo, y le recomienda otro camino para llegar al monte del Purgatorio. Virgilio, sin explicarle nada, le informa que así es la voluntad divina, y por tanto que los cruce.

El canto III termina con la descripción que hace Virgilio de los que llegan al Infierno. Los condenados toman la actitud de los que han sido vencidos por su propia locura, y maldicen y se maldicen, y en su desesperación sólo ansían el castigo y la muerte. La impresión que da el lugar es tremenda, intensificada por una súbita terrorífica tormenta en este mundo oscuro y sin estrellas. Mundo tristísimo que nos deja el amargo sabor y la pena de ver a una parte de nuestra humanidad perdida, y presentimos que nosotros pudimos estar entre ellos. El todavía débil Dante se desmaya.

IV, 7-12 La olla del primer círculo es amplia. Y desde allí Dante intenta ver el fondo que se angosta más y más; pero la oscuridad del abismo se lo impide.

IV, 13-30. Virgilio, como buen conductor y conocedor del lugar, precede a Dante y le da confianza. La palidez del poeta corresponde a un sentimiento sincero y cabal: él mismo pertenece a este círculo.

IV, 43-46. El dolor de Dante por tanta gente que él admira, y por saber que Virgilio pertenece a ese mundo semiperdido, lo mueve a piedad, y se dirige a Virgilio con tiernas palabras e insistentes demostraciones de afecto: "Dime Maestro mío, dime señor..."

IV, 49-63. El párrafo alude al descenso de Cristo a los Infiernos luego de su muerte a fin de recuperar a los patriarcas y los justos del Antiguo Testamento, que esperaron la llegada del Mesías. 51 "Habla encubierta", en el Infierno no se designa a Cristo o a la Virgen por sus nombres.

IV, 68. "Un fuego", una luz ilumina este lugar y atenúa las tinieblas del infierno. Estamos entre justos no cristianos.

IV, 73-105. Encuentro con los grandes poetas de la antigüedad. El dignificado Homero, maestro absoluto que lleva la espada de la épica; Horacio, epicúreo, de quien Dante recuerda los discursos y epístolas satíricas; Ovidio autor de la Metamorfosis y del Arte de amar, y Lucano autor de la Farsalia, extenso poema político e histórico. En esta elección de poetas, que no es al azar, Dante demuestra su amplitud de criterio y los honra a todos por igual. Él mismo no duda en incluirse en el sexteto de maestras poetas: con sencillez y sin falsa modestia, Dante sabe quien es. Figuradamente nos cuenta su vida poética como si hubiera podido departir con todos ellos, y en realidad lo hizo en su mente y de ellos aprendió el arte de simbolizar. Más abajo hablará de los filósofos que son los que intentan explicar el mundo; pero primero conversa con los poetas que no se interesan por la especulación, sino que hablan de los seres y las cosas y nos cuentan cómo es el mundo. El párrafo termina magníficamente a medida que se acercan a la luminaria de este limbo, y hablan las cosas que los poetas saben y de las que es bello callar. Toda gran poeta sabe que tiene un numen propio que lo inspira, y que sólo otro poeta puede comprender. El versículo 95 alude a Homero.

IV, 106-120. Llegada al castillo que, a manera de Campos Elíseos, alberga a los grandes de la antigüedad. Siete muros y siete puertas lo rodean de variada interpretación según los autores: nos inclinamos por las cuatro virtudes humanas o morales: justicia, fortaleza, templanza, prudencia; y las tres espirituales o teologales: fe, esperanza y caridad. También las siete artes liberales que componían el estudio esencial de la época: el trivium de gramática, lógica y retórica, y el cuatrivium de aritmética, geometría, música y astronomía. El claro arroyuelo que rodea el castillo es la fuente de luz de la inteligencia, tan sólida, que lo cruzan a pie enjuto. Véase el arroyuelo de aguas clarísimas que contemplaba Amor, en Vita Nova IX. 109, "sabios", sigue acompañado de los cinco poetas, a los que llama sabios, porque en realidad sólo los poetas y profetas son sabios.

IV, 121-129. Dante sigue siempre su propio orden de valores y su amplitud de criterio. Si puso primero a los poetas, que son como profetas y maestros de la vida humana y espiritual, ahora pone a los héroes y hombres de acción que fundan la civilización y el imperio. Comienza con Troya: Electra, ninfa una de las pléyades, que unida a Zeus concibió a Dárdano fundador de la ciudad de Troya. Entre sus descendientes estaba Eneas y el héroe troyano Héctor. Sigue el César guerrero. Siguen los personajes de la guerra de ocupación de Italia por Eneas: Camila, que combatió a los troyanos y Pantasilea que lo hizo a favor, el rey Latino y su hija que casó con Eneas y fue madre de Silvio. Lucio Junio Bruto fundador de la república romana, Lucrecia matrona romana que se mató para no sobrevivir a su deshonra, Julia hija de Julio César y mujer de Pompeyo, Marcia, mujer de Catón, y Cornelia, hija de Escipión el Africano y madre de los Gracos. Finalmente aparece Saladino, Salah addin, sultán de Egipto, fundador de la dinastía de los Aiubitas en Damasco de Siria, ejemplo de virtudes y de buenas relaciones internacionales.

IV, 130-138. Vienen ahora los filósofos: y primero "el Maestro de todos", el infaltable Aristóteles, el popular Filósofo medieval, lógico y racionalista, que todos veneran. Pero siguiendo su criterio no duda en incluir a Sócrates y a Platón, más espirituales y más alejados del vulgo. Siguen los presocráticos: Demócrito materialista y mecánico, pero que supo decir "Dios es una Mente que habita el Universo"; a Anaxágoras que preguntado para qué había nacido, respondió (como Dante en la epístola IX): "para contemplar el Sol, la Luna y las Estrellas"; el polifacético Empédocles; el sentencioso y profundo Heráclito, para quien el alma está habitada por un Logos inconmensurable; y el magnífico Zenón, que con su Aquiles y la Tortuga demostró que la razón no puede entender o explicar lo que el movimiento es.

IV, 139-144. Siguen hombres prácticos y benefactores como Dioscórides, médico de Cilicia; Orfeo que educó con la música a los hombres ferales y despertó a los dormidos; Tulio Cicerón político y escritor sobre la amistad y la vejez; Lino mítico poeta griego maestro de Orfeo, y el gran moralista español Séneca. El indiscutido y místico geómetra Euclides; Ptolomeo geógrafo, astrónomo y astrólogo egipcio; Hipócrates autor de los Aforismos médicos; Avicena, Ibn Sina, médico persa platónico y comentador árabe de Aristóteles; y Galeno célebre médico y escritor de obras de medicina.

Verso aparte le merece a Dante Averroes, Ibn Rushd, médico y filósofo árabe, nacido en Córdoba, España, famoso autor del Comentario de la obra de Aristóteles: sostenía la eternidad del mundo, y que todos los hombres participaban de una única y la misma luz intelectual o Intelecto posible, doctrinas a las cuales podemos pensar que adhería Dante en secreto.

Esta lista es mucho más que lo que pensó Jorge L. Borges en sus Ensayos Dantescos: un museo de cera de personajes. Dante nada deja al azar ni incluye por cansancio: esta lista es una verdadera declaración de principios: es su manera de honrar a todos los que ama, venera y respeta como maestros y ejemplos de una humanidad inteligente y virtuosa, sin distinción o sin importarse de ideologías o teorías que para él son secundarias.