| Notas y comentarios a la Divina Comedia. Infierno Canto XX. |
Resumen XX, 3. Cántico uno, quiere decir la primera parte de la Comedia que es el Infierno. XX, 9. Letanías, súplica, plegaria, del verbo griego LITAINW rogar, suplicar. Se llamaban así las procesiones de rogativas y de penitencia durante las cuales se recitaban salmos, y largas listas de impetraciones a la cuales propiamente se llama letanías. XX,
10-18. Los adivinos, en castigo de haber querido averiguar el futura,
caminan hacia atrás, avanzando los talones, y tienen la cabeza vuelta
hacia las espaldas. XX,
19-24. Dante repite la finalidad de sus escritos, que sus lectores obtengan
el fruto de la virtud y el conocimiento, y en el caso del Infierno, por
el conocimiento negativo de lo que no puede ni debe ser. XX, 25-30 Tanto se estremece Dante que se gana un reproche de Virgilio. En realidad, Virgilio no comprende el llanto de su pupilo, el cual no se apena del justo castigo sino de la inhumana situación a la que puede llegar la insensatez humana. 28 Entiéndase: aquí no se permite la piedad, la mayor conmiseración es no tenerla. XX, 31-39 Anfiarao, AMFIARAOS, era un adivino, protegido por Zeus y Apolo. Forzado por el juramento dado a su esposa de que ella fuera árbitro en las querellas con su cuñado Adrasto, tuvo que marchar por solicitud de éste contra Tebas a pesar suyo, pues como adivino sabía que sería una derrota. Ante un acto salvaje cometido en la guerra, Atenea renunció a darle la inmortalidad que le tenía asignada. Huyendo de la derrota, antes de ser alcanzado por Periclímeno, Zeus abrió la tierra ante él con un trueno ensordecedor e hizo que ésta se lo tragara con sus caballos, carro y auriga. Zeus le concedió la inmortalidad y Anfiarao siguió formulando sus oráculos. Dante pone que su caída sea por el valle infernal hasta dar en las manos del juez Minos. XX, 40-45 Tiresias, TIRESIAS, célebre adivino de Tebas por quien, para consultarlo, en la Odisea de Homero, descendió Ulises al mundo infernal, por consejo de Circe. Una famosa leyenda cuenta que, cuando joven, paseando por el monte Cileno, vio dos serpientes copulando y las separó, sea hiriéndolas, sea matando a la hembra. Lo cierto que esta intervención en un acto sagrado de la naturaleza le valió quedar convertido en mujer. Siete años más tarde, en una similar intervención suya en dos serpientes copuladas, volvió a recuperar su sexo primitivo. Cuando Zeus y Hera disputaron sobre quien gozaba más en el amor, el hombre o la mujer, fue consultado Tiresias, quien respondió que la mujer gozaba nueve veces más que el varón, y Hera, fastidiada por esta revelación, lo privó de la vista. En compensación, Zeus le concedió el don de profecía y el privilegio de una larga vida. XX, 46-51 Aronte fue adivino recluido voluntariamente en los montes de Luni, en Carrara, desde donde atisbaba los montes y el mar para sus augurios, En las disputas entre César y Pompeyo fue llamado a Roma, entre otros augures, para tratar de comprender el sentido de lo que debía ocurrir. XX, 52-60 Hubo una Manto (MANTW, de manteia = adivinación) hija de Tiresias, maga y adivina famosa. La leyenda la presenta guiando a su padre ciego por los caminos de Beocia después de la caída de Tebas, ciudad que estaba dedicada al culto de Baco, otro nombre de Dionisio. Los argivos que se apoderaron de la ciudad la ofrecieron a Apolo, y así fue como quedó en el templo de Delfos dedicada a perfeccionarse en el arte adivinatorio y cumpliendo la función de Sibila. Luego el dios Apolo la envió a Asia Menor donde fundó la ciudad de Claro y casó con el cretense Racio. Tanto Virgilio como Dante continúan esta leyenda aunque diversamente. Dice Virgilio, Eneida X, 198-204: ...
y aquel Ocno Mantua tenía gentes de origen etrusco, griego y umbrio.
52-54 Manto tiene también la cabeza hacia atrás y cubiertos lo pechos
por la cabellera que le cae de la nuca. Las adivinas no se cortaban el
cabello, y así también por delante la profusa cabellera le cubre todo
el cuerpo. XX,
61-81 Provocado por el recuerdo de su patria, Virgilio se lanza a una
emotiva descripción de la belleza del paisaje del norte de Italia, en
la zona del lago de Garda o Benaco. XX, 82-93 Leyenda popular de la fundación de Mantua. Manto es llamada Feroz virgen, porque evocaba los muertos: se mantenía lejos del contacto con los hombres, sólo acompañada de sus siervos los espíritus que evocaba, para consumar sus filtros y venenos. Las gentes se reunieron allí aprovechando una zona seca dentro del pantano y por lo mismo protegida de los enemigos. Fundaron allí una ciudad sin consultar otra suerte, como se solía hacer para consagrar el hecho fundacional: aquí les bastó la existencia de los restos de la hechicera Manto, y de ella nombraron la ciudad. XX, 94-96 Paso a la historia contemporánea de Dante, Mantua de 1271 a 1291. Desde antiguo Mantua era una ciudad bien poblada. Alberto, conde de Casalodi, expulsó a los nobles de la ciudad, con ayuda del pueblo, por consejo de Pinamonte de los Bonacolsi, señor de Mantua, que quería librarse de los nobles. Pero como todo era un engaño, fue luego expulsado por el mismo Pinamonte, quien terminó la faena contra la aristocracia mantuana ya asesinando a unos, ya enviando otros al exilio. El hecho comprueba la desorientación e incapacidad de la gente nova, como en varios lugares denuncia Dante. XX, 106-114. En el segundo libro de la Eneida de Virgilio se relata cómo los griegos, enviaron a los troyanos el falsario Sinón, para que los convenciera de dejar entrar a la ciudad el caballo de madera construido por ellos mismos, y que estaba repleto de soldados listos para atacar la ciudad. En el falso relato de Sinón se nombran los augures Calcas y Euripilo, quienes según se narra habrían aconsejado a los griegos construir el caballo y volverse a Grecia abandonando la guerra, cortando la primera amarra de las naves para partir. XX,
115-123 Miguel Scot, medico, astrólogo y alquimista escocés, vivió en
la corte de Federico II y murió después del 1290. Fue autor de un comentario
a Aristóteles. Le fueron atribuidas predicciones varias sobre algunas
ciudades italianas. De Mantua dijo: ¡Ay de ti, Mantua, tan plena de
dolores! XX, 124 y ss, El vigésimo Canto termina con una alusión a la Luna, señora de la noche y de los maleficios. El vulgo veía entonces en las manchas de la Luna la figura de Caín cargando un haz de zarzas. La Luna se estaba ocultando hacia occidente, detrás de Sevilla, sobre el mar. Virgilio le recuerda a Dante su ingreso en la selva oscura, de noche, en la que gracias a la Luna llena podía andar. Ahora en este ambiente de adivinos y magos, aparece de nuevo la Luna amiga de hechiceros.
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