Notas y comentarios a la Divina Comedia. Paraíso CANTO XXXIII.
 

Resumen.
San Bernardo eleva a la Virgen un himno de alabanza y ruega para que Dante pueda ver la esencia divina. Por intercesión de María, Dante puede ir penetrando gradualmente en la luz de Dios, percibe la forma del universo y la ley de amor que une todas sus partes. Contempla simbólicamente la divina Trinidad y el misterio de la Encarnación del Verbo, pero un súbito esplendor pone término a su visión espiritual.

XXXIII, 1-39. Para ascender y contemplar el centro del Paraíso y del Universo, no ya como al principio del Purgatorio y del Paraíso Dante recurría a los dioses y las Musas, ahora San Bernardo, puesto en conductor del Viajero, eleva una ferviente oración a la Virgen María.

1-21. Con la maravillada belleza de espíritu dantesco, esta oración o himno a la Virgen María sigue un esquema asimilar al del Avemaría: en 1-12 describe a la Virgen y su misión de Madre del Redentor; en 13-21 describe su poder imprecatorio ante la benignidad divina.

22-27. Suplica por Dante quien de este nuestro mundo, de la ínfima laguna, a ascendido por todos los escalones de los tres reinos, y que ahora quiere ascender a contemplar a Dios, centro y luz del universo, la última salud.

28-33. La humildad y santidad de Bernardo nunca lo llevaron a rogar por sí, por su propio ver, pero ahora pide por Dante que limpie su visión de toda nube que le trabe la visión intelectual, para que pueda contemplar el principio del Paraíso y señor del Reino, el sumo placer.

34-39. Le ruega también que lo proteja y le confirme para que evite toda soberbia y orgullo después de haber logrado tan alta misión, luego de tanto ver.

37. las mociones humanas. Que Dante supere su ansiedades y, libre de toda consideración de sí mismo, pueda entregarse por entero a la visión del principio de todas las cosas.

XXXIII, 40-74. La oración de Bernardo logra que la Virgen vuelva su mirada a la divinidad, mirada que ninguna criatura sino ella puede tan claramente ver.

52. venida sincera. Purificada ya de toda sombra o nube, la visión intelectual de Dante penetra por la iluminación intelectual que recibe de una luz absoluta, que no refleja la verdad, sino que ella es la Verdad misma, en sí misma es verdadera.

55. La visión intelectual de Dante ahora esclarecida, supera a la capacidad de relatar y recordar la grandeza tanta.

58. Sin embargo, la inspiración y arte poético de Dante algo pueden hacer, pero a la manera como el soñador que retiene la emoción dejada por el sueño, la emoción impresa, pero no el sueño mismo, lo otro. Así el Poeta conserva la impresión de su excelsa visión y la dulzura que vivió allí.

64. Todo lo importante sin embargo se pierde, como la nieve que desvanece el Sol, como de los oráculos sibilinos cuyos escritos esparce el viento.

Sibila, sibullh, es el nombre de la sacerdotisa encargada de enunciar los oráculos de Apolo. La más célebre fue Eritras, de quien decíase que luego de nacer, creció de pronto y se puso a profetizar en versos. Muy joven sus padres la consagraron, contra su voluntad, al templo de Apolo. Una tradición pretendía que esta sibila era la misma que la de Cumas, en Campania, tan importante en las leyendas romanas. Se decía que había ido a Roma en tiempos de Tarquino el Soberbio a ofrecerle nueve colecciones de oráculos, pero como el precio era muy alto, Tarquino los rechazó. A cada negativa la Sibila quemaba tres colecciones, al final Tarquino compró las tres últimos que quedaron y fueron depositadas en el templo de Júpiter Capitolino. Durante la república y hasta Augusto estos oráculos eran consultados en los desgracias y en los acontecimientos extraordinarios; contenían prescripciones religiosas, nuevos cultos, sacrificios expiatorios, etc. para las situaciones imprevistas. Había magistrados especiales encargados de conservarlos y consultarlos.

67. Último ruego de Dante antes de lanzarse a contemplar el centro vital del mundo, la suprema luz, para que le conceda poder entregar algo de su contemplación, una chispa, a los seres humanos. A cambio ofrece que lo que decir pueda incrementará la gloria divina, tu victoria.

76-84. Prisionero de la intensa visión intelectual, Dante no puede apartar su mirada, no puede ni siquiera pensar en sí mismo, porque si lo hiciera se desvanecería su visión. Tiene conciencia de ello y reúne todas sus fuerzas para concentrarse más en el Bien que lo atrae y lo domina. Como la efímera que se consume revoloteando y chocando contra la luz que la fascina, así ahora, al fin de su viaje, sostenido por la providencia que lo ha llevado hasta aquí, Dante se entrega y agota toda la capacidad de sus fuerzas.

XXXIII, 85-108. Visión de la realidad intelectual del universo.

85. En la más alta percepción intelectual, Dante percibe en su idea madre, en un volumen, que contiene intelectualmente todas las cosas, pasadas, presentes y futuras que se distribuyen en la Creación, que por el universo se desencuaderna. Famosa expresión dantesca que percibe en un libro cerrado y compacto lo que luego serán las múltiples hojas y cuadernillos desplegados.

88. En una realidad inasible aunque no incomprensible para nuestro intelecto, la forma y la materia, que en nuestro mundo alternando cualidades y dominios constituyen todos los seres, Dante las percibe unidas en un solo rayo de luz, y razón por la cual sólo puede dar un tímido reflejo de esta realidad, modesto vislumbre.

91. Finalmente reúne Dante el todo de la realidad en una idea simplísima pero cargada de entidad, la forma universal, que contiene todas las formas posibles.

Nuestra visión intelectual requiere de mucho ejercicio y estudio para reunir en ideas simples una realidad compleja sin perder precisamente la riqueza implícita de la realidad, porque habitualmente, cuando más abstracta es una idea menos contenido tiene, se diluye por así decirlo por exceso de abstracción, y en realidad precisamente por eso, porque habitualmente llegamos a ella por abstracción, es que arribamos a una cuasi nada. Pero en cambio si despejamos nuestro intelecto de las teorías, dogmas y preconceptos que enturbian su visión, podemos llegar a percibir, ver, las más extensas realidades en sí mismas, que eso es la intelección, aunque no podamos expresarlo ni racional ni verbalmente. Las experiencias intelectuales son incomunicables, sólo pueden describirse desencuadernándolas.

Fue dentro de estos conceptos y de estos párrafos dantescos que Jorge L. Borges imaginó su "El Aleph" o punto único, como este de Dante, donde estaban todas las cosas, aun cuando para poder hacerlo más comprensible, transformó a ese punto en una entidad movediza y caleidoscópica donde, en el sucesivo tiempo, íbanse desplegando todas las cosas. En cierta manera desintelectualizó la visión, para transformarla en observación velocísima de los ojos corporales de todas las cosas tal como las vemos. En honor y reconocimiento sincero de Dante, en este caso su maestro, estableció Borges el nombre del personaje amado en Beatriz.

94. Evocar ese gozo no significa poder recordar la visión, que disfrutada desaparece en un ensueño, letargo, de olvido mayor que el olvido en que ha caído la expedición de los argonautas hace veinticinco siglos - los medievales situaban la expedición en el año 1223 a. C. Sobre los argonautas ver Inf. XVIII, 83-99 y nota -. Neptuno dios de las aguas, el Poseidón de los griegos, se sorprendió al ver la nave Argos, la veloz, cruzar el mar gloriosamente guiada por Jasón.

97-105. La auténtica visión intelectual del ser en su totalidad, y más aún la contemplación del principio y causa de todas las criaturas, es el mayor placer espiritual que puede alcanzar un ser humano, por donde a Dante le es casi imposible apartarse de ella, porque es la contemplación del Bien y la Belleza absolutas de lo que todo lo demás declina.

106. Renueva su incapacidad de expresar lo que ha visto - en realidad lo hace sólo simbólicamente, la comprensión pertenece a la capacidad del lector - y la compara al balbuceo de un infante.

XXXIII, 109-146. Percepción de la Santísima Trinidad.

Decíamos que las visiones intelectuales, la contemplación del Ser y de los seres, es inexpresable por ser conocimiento inmediato de la realidad, sin imágenes ni conceptos mediante. En cambio nuestra capacidad de razonar y expresarnos se mueve en el tiempo a través de dualidades y oposiciones, y cuando quiere alzarse a un nivel superior y reducir la dualidad a la unidad sea del trinario, sea de una pura unidad, carece de conceptos que se lo permitan y debe conformarse con nombres que, como medios de comunicación, no son otra cosa que símbolos aptos a provocar similar experiencia en otros intelectos.

109. La unidad y esencia absolutas del ser divino no se mudan, ni antes ni ahora, como las ideas que son eternas y no dependen ni de lugar ni de tiempo. Pero para que algún reflejo de la Trinidad pueda gozar Dante, la visión se muda, se altera, pasa al dominio del tiempo y de las imágenes para poder trasmitirle aunque más no sea un pálido reflejo de esa realidad.

115. Bellamente expresa el Poeta el aspecto trinitario del Ser, y traduce en figuras poéticas los conceptos del dogma al decir que el Padre y el Hijo se reflejan mutuamente, iris de iris, y que el Espíritu Santo expresa la relación de amor, parecía fuego, que enlaza a los tres.

121-126. Renueva el Poeta la pena en que se encuentra de no poder trasmitir la luz que lo invade, y renueva la expresión poética del dogma trinitario en tres verbos: te entiendes, te amas, te sonríes.

Vale la pena recordar y reducir este concepto trinitario al ser creado, porque las criaturas, el hombre, las cosas, para ser prefectas deben cumplir los requerimientos múltiples de la unidad, de la identidad, del amor, de la belleza, que se complementan, circulan entre sí como regalo y goce de la vida plena, y sin los cuales el ser sería defectivo, y, en cierta forma, perverso. Lo cual bellamente, sorprendentemente, dirá Dante en el párrafo siguiente.

127-132. La divina Trinidad es un circular de vida y luz que refleja una Persona en Otra, en un vaivén interminable. Así los hombres entendemos, reflejándonos nosotros mismos, en nosotros mismos y fuera de nosotros mismos, y en el Cristo universal donde nos encontramos unos a otros y que nos refleja a todos; así llevamos en nuestro ser la impronta de esa trinidad, de modo que a Dante le parecía estar adentro, como si la Trinidad fuera su hogar y su casa, el sitio del que salimos, la eternidad de nuestra existencia, la multiplicidad de la riqueza de nuestro ser, nuestra vocación, la expansión de la vida para lograr la cual hemos nacido, la realización de nuestros talentos, el florecer y fructificar interminable y múltiple de la humanidad.

133-138. Como el geómetra persiste en su vano intento de hallar la cuadratura del círculo, así estaba Dante pasmado ante esta visión final, y quería comprender cómo nuestra humana naturaleza, la imagen, estaba unida al Verbo, segunda persona de la Trinidad, al círculo, y cómo permanecían unidas y unidas operaban, allí se encontraba.

139. Le hubiera sido imposible ver aquella unión inefable de las dos naturaleza, divina y humana, sin el auxilio de una iluminación, un fulgor, una gracia especial.

142. Agotadas están las fuerzas de la contemplación. Sin embargo, el deseo y la voluntad, la búsqueda y el anhelo de Dante aún se mueven acompasadamente y armoniosamente al impulso de esa otra inmensa rueda que es la divinidad que lo conduce: Dante ha logrado la perfecta unidad, al menos en este momento final, de su inteligencia y su voluntad.

Dante coincide con ese Dios al que entiende como suma actividad, causa constante de la luz y de la vida, principio de la inteligencia y de la voluntad, y por eso lo nombra como Amor, igual que aquel Amor y Belleza que lo dominó ya desde el comienzo de la Vita Nuova, y que lo mueve a él, como mueve y embellece esa maravilla que son el Sol y las demás estrellas.

 

El cántico del Paraíso se compone de 4.755 versos, y toda la Comedia de 14.230.