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CANTO V
Habíame ya de aquella sombra partido
y las huellas de mi conductor seguía
3 cuando detrás de mi, alzando el dedo,
uno gritó: ¡Ved que no brilla
el izquierdo rayo en aquel de abajo
6 y al parecer se conduce como un vivo!
Volví la vista de esta voz al sonido
y allí estaba mirándome con maravilla
9 a mí, a mí y a la luz que estaba rota.
¿Porqué tu alma tanto se complica,
dijo el maestro, que el paso aflojas?
12 ¿qué te afecta lo que aquí se musita?
Sígueme y deja hablar a la gente,
sé como firme torre que su cima
15 no abate por más que sople el viento;
porque siempre que apila el hombre un pensamiento
sobre otro, se desvía del intento,
18 pues en llegando el uno se debilita el otro.
¿Qué podría yo decir, sino “ya voy”?
Díjeselo, un poco de rubor moteado
21 que acaso hace al hombre de perdón digno.
En tanto por la costa al sesgo
venía gente un poco hacia nosotros
24 cantando “Miserere” verso por verso.
Cuando advirtieron que no daba yo
por mi cuerpo paso a los rayos,
27 cambiaron el canto por un ¡Oh! largo y opaco,
y dos de ellos, en mensajeros,
corrieron a nosotros en demanda:
30 De vuestra condición haznos concientes.
Y mi maestro: Podéis ir vosotros
y llevar a vuestros mandantes
33 que el cuerpo de éste es veraz carne.
Si os detuvisteis a ver su sombra,
como pienso, tenéis ya la respuesta:
36 rendidle honor, que puede valeros algo.
Fuegos fugaces no vi yo tan veloces
hender al nacer la noche el sereno,
39 ni en agosto el Sol correr las nubes,
que ellos no se volvieron en menos.
y, una vez allá, hacia nosotros vinieron
42 como partida que sin freno acude.
Esta gente que nos rodea es mucha,
y vienen a rogarnos, dijo el poeta,
45 con todo anda, y andando escucha.
¡Oh alma que vas hacia la dicha
con los miembros con los que naciste,
48 venían gritando, un poco el paso aquieta!
Mira si a alguno de nosotros nunca vistes,
para que allá reportes sus noticias:
51 ¡Eh! ¿porqué sigues?¿porqué no esperas?
Nosotros todos fuimos por la fuerza muertos,
y pecadores hasta la última hora fuimos;
54 allí nos despertó la luz del cielo,
tal que, arrepintiéndonos y perdonando,
de la vida salimos en paz con Dios
57 que de verlo nos apremia el ansia.
Y yo: en vuestros rostros ajados
a nadie reconozco; mas si a vosotros place,
60 lo que pueda, bien nacidas almas,
decid, y lo haré, por aquella paz
que, detrás de los pies de mi otorgada guía,
63 de mundo en mundo, buscar se me hace.
Y uno empezó: Cada uno confía
en tu ayuda sin que lo jures,
66 y si no estorbare algo que te lo impida.
Por lo que yo, que solo entre los otros hablo,
te ruego, si acaso vieras aquel país
69 situado entre Romaña y el de Carlos,
que me seas cortés con tus oraciones
en Fano, de modo que por mi se adore,
72 así que purgar pueda las ofensas graves.
Allí yo nací; mas las profundas heridas
que vertieron la sangre en la que yo vivía,
75 me fueron hechas en el seno de los Antenórides,
allí donde más seguro estar creía:
el del Este lo ordenó, porque me tenía odio
78 mucho más de lo que hubiera sido justo.
Pero si hubiera huido hacia la Mira
cuando sobrevine a Oriaco,
81 estaría aún allá donde se respira.
Corrí al pantano, y las cañas y el barro
me obstaron tanto que caí; y allí vi yo
84 de mis venas hacerse en la tierra un lago.
Después otro dijo: ¡Ea! Si aquel deseo
se cumple que te trajo al alto monte,
87 con buena piedad, ¡ayuda al mío!
Yo fui de Montefeltro, soy Bonconte;
Juan y otros de mi no se cuidan;
90 por eso voy con éstos con la frente abatida.
Y yo a él: ¿Qué poder o qué ventura
te llevó tan lejos de Campaldino,
93 que nunca se conoció tu sepultura?
¡Ay! me respondió, al pie del Cosentino
pasa un arroyo de nombre Archiano,
96 que sobre el Eremo nace en el Apenino.
Allá donde su nombre pierde,
llegué yo con el cuello perforado
99 huyendo a pie y ensangrentando el llano.
Allí perdí la vista y la palabra;
en el nombre de María fenecí; y allí
102 caí, y quedó mi carne sola.
Te diré la verdad, y repítelo entre los vivos:
me tomó el ángel de Dios, y el del infierno
105 gritaba: ¡Eh, tú, del Cielo! ¿porqué me privas?
Tú de éste te llevas lo eterno
por una lagrimita me lo quitan,
108 pero ¡yo tendré del cuerpo otro gobierno!
Bien sabes tú cómo en el aire se recoge
ese húmedo vapor que en agua llueve,
111 así que sube hasta donde lo aprieta el frío.
Juntóse aquel mal querer que sólo mal quiere
con el intelecto, y movió el humo y el viento
114 por la virtud que su naturaleza tiene.
De allí el valle, cuando acabose el día,
de Pratomagno hasta el gran yugo cubrió
117 de niebla; y arriba condensó el cielo
y convirtió en agua el aire espeso;
cayó la lluvia y rellenó barrancos
120 con el agua que no absorbió la tierra;
y se formaron grandes torrentes,
que al verdadero río tan velozmente
123 se volcaron, pues nada contenerlos pudo.
A mi cuerpo helado en la embocadura
halló el furioso Arquiano; y lo arrojó
126 en el Arno, y desarmó la cruz de mi pecho
que de mí hiciera cuando me venció el dolor;
por la orilla me arrastró y por el fondo,
129 después me cubrió y ciñó con su arena.
¡Ah! cuando hayas vuelto al mundo
y reposado de la larga vía,
132 terció un otro espíritu tras el segundo,
recuérdate de mi que soy la Pía;
Siena me hizo, y me deshizo la Marisma:
135 sábelo aquel que antes me desposara
con un anillo enriquecido de ricas piedras.
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