| Notas y comentarios a la Divina Comedia. Purgatorio Canto III |
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Resumen CANTOS
III-VIII - Estos cantos describen lo que se ha dado en llamar el Ante
Purgatorio, que es donde, por diversos motivos, las sombras no están purgándose,
sino en situación de espera hasta que se les conceda el ingreso, sea porque
sólo al fin comprendieron el sentido de la vida, como los arrepentidos
en trance de muerte y los muertos con violencia, sean los perezosos que
tanto tardaron en intentarlo, sea los príncipes y emperadores que demoraron
o no cumplieron lo que debían haber cumplido, y que de su tardanza grandes
daños surgieron. Todos han sido lentos, cansinos, descuidados, ausentes,
no merecen que se les conceda el perfeccionarse sino sólo después que
aguarden bastante tiempo delante de la puerta de este Templo de la virtud
y la sabiduría. III, 7-9. Virgilio se incluye en el reproche de Catón, de haberse detenido a deleitarse con el canto de Casella en vez de ponerse a buscar el camino. III, 10-15. Aunque se habían lanzado con las demás sombras, ni nuestra partida fue más lenta, ahora Virgilio controla su comportamiento y se serena: no es cuestión de prisa el hallar el camino, y Dante, que tímidamente se había refugiado en Virgilio, ahora nuevamente retoma confianza en sí mismo. III, 16-27, El Sol detrás de Dante deja ver sólo su sombra y no a Virgilio, lo que lo asusta. Virgilio aprovecha para explicarle que su sepultura está en Nápoles, no en Bríndisi donde murió en el año 19 a. C., el 22 de septiembre. Como Nápoles está a 45 grados terrestres al oeste de Jerusalén, tiene con ella una diferencia de tres horas menos (24 hs. / 360º * 45º), por donde todavía es de tarde, aunque en Jerusalén ya sea de noche. III, 28-45. Virgilio da una explicación común de la doctrina medieval sobre los cielos, que siendo capas concéntricas, luminosas y traslúcidas, una no opaca a la otra, lo que le sirve para apoyar, por analogía, el hecho de que los espíritus no hagan sombra y que puedan sin embargo sufrir tormento. Concluye que tal hecho es un enigma que no se ha develado a la humanidad. Igualmente, en el orden religioso, sería locura pretender penetrar en el conocimiento de la Trinidad y Unidad divinas. Es tema común de la filosofía la distinción entre las pruebas quia y propter quod. Siendo la primera un porqué que es mas bien un cómo o un qué, y la segunda un porqué explicativo de la causa: Sabemos que por la meditación y reflexión surgen las ideas en nuestra inteligencia, pero no sabemos porqué, propter quod. Es decir no podemos explicar el origen del pensamiento. Aunque si sabemos que surgen por experiencia y porque, quia, reflexionamos. Según Aristóteles, el quia es conocimiento que procede de los efectos a las causas, por tanto es producto de la observación y la reflexión que es dada a todos, el propter quod, es cuando se deducen de las causas los efectos, y es siempre una teoría o un sistema de explicación de los hechos por postulación de su causa, que implica un profesionalismo reservado a los especulativos. Más allá de que en el texto el tema se aplica a las verdades de la religión, lo cierto es que Dante, en sus escritos se propuso no ser especulativo, sino escribir para llevar a los lectores a la virtud y al conocimiento. Y tanto es así, que las explicaciones teóricas las deja generalmente en manos de Virgilio, como en este párrafo, y en el Paraíso de Beatriz, mientras que el personaje Dante se muestra siempre simple y observador. El párrafo termina con la tristeza de Virgilio que comparte con Aristóteles y Platón y otros muchos, no poder compartir la felicidad beatífica. III, 46-66. La montaña del Purgatorio es de muy difícil acceso al principio, haciéndose más suave la pendiente a medida que se asciende, como la virtud, que al comienzo es ardua, pero a medida que se avanza se vuelve agradable y placentera, como dice Dante en el Convivio, que la virtud es lo mismo que la felicidad, y el virtuoso, a la medida de su perfección, así que avanza en virtud así es más feliz. 49. Compara el monte con dos extremos de la costa de Liguria entre Lérici en el golfo de la Spezia, y Turbía en territorio de Niza. En comparación con el sagrado monte, ese abrupto despeñadero a pico de la costa ligurina parece fácil y accesible. III, 66-87. Encuentro con la muy tímida grey de los arrepentidos en trance de muerte. Deben ser muy tímidas, porque vinieron aquí violentamente, cuando todavía no lo esperaban. Bellísima y tierna comparación de estas sombras con las ovejas al salir del redil. Virgilio inquiere por una senda que permita sortear la encrespada ladera del monte. III, 88-102. Las sombras, ante la opacidad de Dante, insisten en su timidez y retroceden. Virgilio explica, y las almas apenas logran expresar, con palabras y gestos, que se vuelvan y los precedan. III, 112. Manfredo, hijo natural de Federico II, el cual era hijo de Erique VI, V como Emperador, y de Constanza, emperadores de Alemania. Nació en el 1232 y murió el 26 de febrero de 1266, a los 34 años. A la muerte de su padre, fue regente del reino de Sicilia, y contra los derechos de Conradino, nieto de su hermano Conrado IV, rey de Alemania e Italia, se hizo coronar en Palermo en 1258. Habiendo apoyado a los gibelinos, el Papa Urbano IV ofreció la corona de Sicilia a Carlos de Anjou, lo que obligó a Manfredo a defenderse. Sus soldados alemanes y sus tropas sarracenas que con él combatían no pudieron con el enemigo y fueron diezmados, y Manfredo pereció armas en mano, lanceado en el pecho en medio de la batalla. Había llevado una vida disoluta, rodeado de caballeros y concubinas, vestido de verde, amigo de musicar y cantar, siendo plenamente epicúreo. Pero todos admiraron su cultura, su pasión por la poesía y la ciencia, y una vez, estando enfermo, dedicó su tiempo a traducir un libro del hebreo y comentar un tratado de su padre. Dante, como siempre, pasa por alto aspectos que considera secundarios, para reconocer la fecunda labor realizada, tanto cultural como de resistencia a las ambiciones de poder mundano del Papa, y dice de Manfredo y de su padre en De Vulgari Eloquentia, I, XII, 4: Los ilustres héroes, Federico César y su digna prole Manfredo, manifestando nobleza y rectitud de espíritu, mientras la fortuna les fue favorable, se ocuparon de asuntos humanos, desdeñando toda brutalidad; por lo cual los nobles de corazón y de gracioso ingenio se empeñaron en seguir las huellas de estos tan majestuosos príncipes, de forma que en aquella época, todo lo que las excelentes almas italianas producían de digno salió en primer lugar del palacio de tan grandes monarcas; y porque su real trono estaba en Sicilia, todas las producciones de nuestros predecesores en lengua vulgar vinieron a llamarse sicilianas, y así las llamamos nosotros, ni la posteridad lo podrá cambiar. Constanza, hija de Ruggiero de Altavilla rey de Sicilia, fue esposa de Enrique VI y madre de Federico II, glorificada por Dante en el Paraíso, (III, 18). La hija de Manfredo, también llamada Constanza, fue esposa de Pedro III de Aragón, y sus hijos fueron los reyes Alfonso de Aragón, Jaime de Sicilia y Federico de Aragón. III, 124-135. Bartolomé Pignatelli, arzobispo de Cosenza (l254-66) había combinado con el Papa Clemente IV y con Carlos de Anjou la expedición contra Manfredo. Éste juntamente con Federico II había sido varias veces excomulgado como enemigo de la Iglesia, y por tanto no podía concedérsele sepultura. Carlos de Anjou victorioso, no quiso que el cadáver de Manfredo fuera enterrado en camposanto, sino al pie del puente de Benevento, y habiendo cada enemigo arrojado un piedra sobre la fosa, se formó con ellas una gran pirámide. De allí fueron sus huesos exhumados por el arzobispo de Cosenza por mandato del Papa, y transportados a orillas del río Verde, en los confines del reino, y con cirios apagados, en razón de la anatema. 129. Si el obispo hubiera considerado el aspecto divino, esta cara, de la misericordia, no habría sido tan cruel con su cadáver. 133. Pero si la esperanza reverdece en el corazón del moribundo, por la maldición papal no se destruye el amor eterno. III, 136-145. En el Purgatorio, sin embargo, se observan las formas legales y los derechos de la Iglesia, de modo que los muertos sin que se haya levantado, por pedido, la excomunicación, deben esperar afuera del monte, en el Ante Purgatorio, y, en el caso, treinta años, al parecer, la duración toda de la presumida vida de Manfredo, a no ser que su amada hija Constanza lo ayude en sus oraciones. |