Notas y comentarios a la Divina Comedia. Purgatorio CANTO XIII
 

Resumen
El segundo giro de los envidiosos. Se oyen voces que recuerdan ejemplos de amor y amistad, y Virgilio explica que con amor se cura la envidia. Los envidiosos tienen cosidos los ojos y, como los ciegos, se conducen uno al otro. Relato de Sapia de Siena y su feraz alegría por la derrota de los sieneses, causada por aversión a su sobrino.

XIII, 1-21. El segundo círculo, dado que el monte es un cono, está mas restringido en su amplitud. Pero aquí no hay relieves labrados, ni sombras ni dibujos, sino sólo el grisáceo color de la piedra. La envidia es triste y lívida. Siendo tristeza del bien ajeno y alegría de su mal, esta contrariada voluntad se cataloga entre las más contrarias al amor al prójimo: es amarga, vengativa, inhumana.

10. Si esperaran hallar alguien que les indique el camino, teme Virgilio que la espera será muy larga, precisamente porque se trata de gente ciega.

13. Ya había pasado el mediodía y el Sol estaba a la derecha, hacia el oeste. A él se vuelve Virgilio, se apoya firmemente en el pie derecho y gira adelantando el pie izquierdo. Parece muy complicado para lo que se quiere decir, pero es un momento solemne que exige un postura decisiva: se trata del Sol, símbolo de la vida, la inteligencia y el amor, tú calientas...tú luces...tú guías, residentes en nuestro ser más íntimo.

16-21. Magníficos tercetos en los que Virgilio acude a su propia alma, a su luz y calor interiores, y a ellos invoca por guía. Es inútil buscar fuera de nosotros un conductor oral o escrito: siempre será nuestra limpia conciencia nuestro único recurso en el cual confiar para descubrir la verdadera senda. Tal es el profundo sentido, frecuentemente inconsciente en la gente simple, de todos los cultos del Sol. Nótese también la razón imperiosa de esta invocación: están por entrar en el tenebroso y frío mundo de la envidia.

XIII, 22-36. Voces de espíritus volando invitando al remedio de la envidia, el amor.

28-30 No tienen vino. En la ciudad de Caná, a diez kilómetros de Nazaret, durante una bodas en las que estaban presentes Jesús y María, al notar ésta que se estaban quedando sin vino, dirigió estas palabras a Jesús solicitando su intervención para sortear el inconveniente. Por humilde que fuera una boda no podía faltar el vino. Jesús responde que todavía no había llegado su hora para manifestarse, pero Maria simplemente se dirige a los sirvientes diciéndoles: Haced lo que él os diga. (Ver Juan, II, 1-10) Un envidioso/a se habría regocijado al ver la vergüenza del dueño de casa. María sólo piensa en salvarlo y exige con toda naturalidad el aporte del vino. Por otra lado es una boda, una fiesta de amor de los contrayentes y su familia, un hecho público de la aldea, un recuerdo permanente de todo lo que allí había de ocurrir. Es necesario que el amor que brota del corazón de María supla y salve el deshonor.

31-33. Orestes, Oresths, hijo de Agamenón y Clitemestra, Cuando al regreso de Troya después de larga ausencia, Agamenón es asesinado por su esposa y su amante Egisto, Orestes escapa de la matanza gracias a la intervención de su hermana Electra que lo rapta al palacio de Estrofio, en Fócide, donde es entablará una legendaria amistad entre el hijo de Estrofio, Pilades, y Orestes su primo. Llegado a la edad viril Orestes recibe de Apolo la orden de vengar a su padre, dando muerte a Clitemestra y a Egisto. La leyenda de Orestes y Pílades es extensa, digamos brevemente que cometido el matricidio, Orestes cae en actos de locura perseguido por las Furias, verdugos de los homicidas, pasando por sucesivas purificaciones y ayudas para lograr borrar la macha del crimen. Una leyenda que se transformó en una obrita de teatro famosa en Roma, quería que Orestes hubiera caído en manos de Egisto antes de su venganza. Como Egisto no conocía a Orestes, Pílades, para salvarlo de la muerte, se ofreció él mismo gritando: Yo soy Orestes. Pílades es el amigo y compañero por excelencia de Orestes, como Acates lo fue de Eneas. Es su otro yo, el que lo ama como se ama a sí mismo, hasta ofrecer su vida a cambio de la suya. Es sin embargo un personaje segundo, siendo Orestes el principal, pero ninguna sombra de envidia o recelo puede empañar este entrañable amor.

34-36. En el evangelio de Mateo, V, 44 y ss, en medio del sermón de la montaña, Jesús decía:

Amad a vuestros enemigos y orad por quienes os persigan,
así seréis hijos de vuestro padre que están en los cielos,
quien hace que su Sol salga sobre malos y buenos,
y llueve sobre justos e injustos.

La extensión del amor a todos los hombres, especialmente los que nos son próximos, nace del estado conciente y claro de que somos todos hijos de un mismo padre: afirma la unidad de la raza humana, que comparte una misma vida y una misma luz intelectual. Se trata de eliminar la reacción del odio ante las ofensas y residir en la parte más interior de nuestro ser, en amor puro y a donde el mal no puede llegar.

XIII, 37-57. Encuentro con los envidiosos.

37-42. Las cuerdas del látigo que azota a los envidiosos son movidas por el amor, pero el azote mismo no es amor sino castigo. Antes que el ángel borre de la frente de Dante la segunda plaga, al fin del canto XIV, los ejemplos de Caín y de Aglaura deberían ser suficientemente terroríficos para alejar a los hombres de este vicio.

43-57. Los en vida envidiosos están sentados y alineados contra la gris roca del monte y sus ropas, de igual color, los mimetizan con la pared, por donde se vuelven casi invisibles. Es necesario aguzar la vista. La siniestra envidia los ha vuelto como de piedra, mineralizados, invisibles, ignorados, desconocidos. Recordemos que fue la envidia la que sacó del infierno a la Loba que apesta el mundo (Inf. I, 111) y que fue la envidia la que movió al sacerdocio a ambicionar el poder real, con lo cual destruyó a Italia. (Ver Epístola VIII, A los cardenales de Italia.)

A notar la secuencia de estos vicios: la soberbia que es una exaltación de sí mismo basada en una real excelencia o poder adquiridos, y la envidia que, originada en la comparación de la excelencia ajena con la disminución propia, es causa de alegría de la caída del otro y de tristeza de sus triunfos. El orgulloso se eleva en fundadas razones y, aunque lo sobrevalore, acepta su destino, mientras que el envidioso reniega de su destino que considera pobre y querría el del otro que sobreestima, porque en realidad sabe que no puede lograrlo, que carece de los recursos necesarios.

50. ¿Qué otra cosa pueden hacer estos ciegos mineralizados con la roca inerte sino llamar a la humilde María, el glorioso arcángel Miguel, el solícito y humilde Pedro, y , porqué no, a todos los santos? Triste destino de un triste vicio que mueve a compasión a Dante.

XIII, 58-78. Descripción de los ora envidiosos.

58. La miserable situación de los ex miserables envidiosos no puede ser peor, sólo les queda mover a lástima, como los pobres ciegos que se agolpan en fila en las puertas de las iglesias, porque otro medio no tiene para ganarse el pan.

Cilicio, era un vestido áspero que hería las carnes y que usaban los penitentes.

71. Los cetreros, criadores y entrenadores de gavilanes y azores para la caza de cetrería, solían cegar los ojos de las aves hasta que se hicieran domésticas. Inclusive después, mientras esperaban el momento de cazar, les cubrían la cabeza con un capuchón que los enceguecía y lo dejaba dóciles y quietos.

73. EL profundo respeto por el otro, lleva Dante a casi avergonzarse de ver a los culpables de envidia sin que ellos lo puedan ver. Es como si con ello más los humillara.

XIII, 79-99. El escenario es un rellano donde las sombras están contra la pared de la montaña, Virgilio del lado del abismo, y Dante en el medio.

88. La insistencia de Dante acerca de la sabiduría como fin y perfección de la vida, se aprecia de nuevo aquí donde desea para las sombras que se disuelva lo que los enceguece, espumas, la conciencia, y descienda de ella la sabia luz, río, de la mente. Recuerde el lector que por río, arroyo, de aguas claras siempre se simboliza el recto y sincero conocimiento.

93. ...de una ciudad verdadera... se refiere a la ciudad celeste donde ya no hay distinción de lugares ni de razas. O tal vez, mejor, se refiera a la común naturaleza humana, tema de estos cantos, donde todos los hombres son iguales, ciudadanos de un mismo intelecto y un mismo amor. Pues soberbia y envidia son actitudes que afectan a la sociedad, y que olvidan la universalidad de nuestra humana raza.

99. Como son ciegos y no lo ven, Dante ha tenido que hacer algún movimiento para que lo perciban por el sonido.

XIII, 100-129. Historia de Sapia de Siena, de la familia de Salvani, mujer de Guinibaldo Saracini. A la muerte del marido, heredó derecho sobre el castillo de Castiglione. Muchas donaciones efectuó al hospicio de Santa Maria al que recordó con un legado en su testamento. Los celos, la envidia y la rivalidad crearon en su corazón aversión por el sobrino Provenzano quien había querido imponer la parte gibelina en Siena. Cuando hubo que designar un podestá para Colle di Valdesa, Sapia quería que fuera designado su marido, güelfo, quien gozaba del apoyo del Papa Clemente IV. Pero Provenzano se opuso y delego a su hermano. Sapia se regocijó de la desventura de los suyos y de la trágica suerte del sobrino ocurrida en la derrota de Colle di Valdesa sufrida en junio de 1269.

109. ...sabia no fui... el nombre de Sapia deriva del latín sapere, es decir saber, ser sabio. Debería tener entonces unos sesenta años, por lo que dice descendiendo ya la curva de mis años.

118. En la batalla, que Sapia contempla desde su castillo la derrota y las persecuciones, murieron allí unos mil sieneses y otros mil quinientos cayeron prisioneros.

126. Por su culpa debería estar todavía en el ante Purgatorio, pero lo evitó gracias a las oraciones de un santo varón Pedro Pettinaio, florentino, muerto a muy avanzada edad en 1289, y venerado en Siena con un sepulcro de mármol y una fiesta anual en recuerdo suyo, y lo tenían por santo.

XIII, 130-154. Diálogo con Sapia.

133. Dante sabe que no es envidioso y por tanto en este círculo no es mucho lo que se demorará; lo que teme es el anterior, de los soberbios, donde ya cree sentir el peso del castigo.

148. Sapia desea que sus familiares sepan que está en el camino de su salvación.

151. Encontrara a sus parientes entre los vanos sieneses. Confían vanamente en la boca del río Talamone, cuyas tierras habían comprado para construir allí un puerto que esperaban los convirtiera en una potencia marítima cuando todavía no había logrado armar ni una galera: por éso más perderán sus almirantes o capitanes de barcos. Diana era un presunto río subterráneo del que esperaban los sieneses obtener agua potable.