| Notas y comentarios a la Divina Comedia. Purgatorio CANTO XXIX |
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Resumen XXIX, 1-9. A continuación de sus últimas palabras, siguiendo el cuadro idílico de espiritual amor y felicidad, Matilde canta el primer versículo del Salmo 32 de David para felicitar a Dante de haberse liberado de las siete plagas: ¡Bienaventurado
quien es absuelto del pecado, La primera línea, testigo del aprecio por su amigo Guido Cavalcanti, también Fiel de Amor como Dante, reproduce el primer verso de la novena balada de Guido: Cantando pues estaba enamorada... 4. Las Ninfas, numfai, son doncellas pobladoras de la campiña, los bosques y las aguas. Son espíritus de la Naturaleza cuya fecundidad y gracia personifican. Pasan por ser hijas de Zeus. Habitan en grutas donde viven hilando y cantando. Son divinidades secundarias a quienes se dirigen plegarias y que pueden ser temibles. Son séquito de divinidades, como Artemisa, o de otra ninfa de mayor rango. Son divinidades familiares, como nuestras hadas, que intervienen en muchas leyendas. Las ninfas de los bosques unas preferían las sombras otras la luz del Sol, en lugares solitarios. Su presencia aquí ofrece la felicidad soñada por los poetas de la antigüedad, la repetida búsqueda de universalidad de Dante con imágenes del mundo antiguo, y el estado de inocencia y alegría de este maravilloso jardín de paz. 7. se movió contra el río, es decir contra su corriente, y como sabemos del anterior canto que el río corría de derecho a izquierda de Dante, quiere decir que están remontando hacia la fuente del río, hacia la derecha. 8. La nueva guía de Dante, después de Virgilio, lo va llevando gradual y dulcemente, como dice, pasito a pasito. XXIX, 10-30. Dante, si recordamos cuando se acercaba al Edén, venía con el Sol delante, subiendo hacia oriente. Luego entró en la selva y se topó con el río. Luego empezó a marchar hacia la derecha con Matilde, y ahora el río tuerce, en su camino hacia la derecha, a la izquierda, hacia el frente de Dante, hacia Oriente y el Sol. 13. Nos acercamos ahora a otro de esos momentos solemnes y misteriosos de Dante: un permanente resplandor cruza el cielo como un relámpago creciente e inextinguible. 22. Al resplandor se agrega ahora una melodía, y juntos traen a la memoria de Dante la desobediencia de Eva por la que perdió la estadía en este jardín. El velo se refiere a la prohibición bíblica de comer del árbol del bien y del mal, única restricción impuesta a los primeros padres. XXIX, 31-42. Siguen los indicios del grandioso espectáculo que se aproxima, porque el aire súbitamente se inflama entre la fronda, al tiempo que se puede entender que el son que se oía era canto de voces humanas. 37. Las sacrosantas Vírgenes son las Musas que Dante invocó en los primeros versos del Purgatorio (Ver Canto I, 1 y nota), las cuales inspiraban sus afanes poéticos atrayéndolo con tal fuerza que no hubo penuria que no sufriera por ellas. Son la manifestación de aquel Amor que en su juventud se adueñó de él cuando se tropezó con la Belleza por primera vez. (Vita, I) 40. El Helicón es un monte entre Fócida y Beocia donde nace y se derrama, vierte, la fuente Hipocrene, esta última consagrada a las Musas. Cuéntase que cuando las Piérides quisieron competir con las Musas, el Helicón complacido fue hinchándose amenazando contender con el cielo. Por orden de Poseidón, Pegaso, el caballo alado nacido de la sangre de Medusa, golpeó a la montaña con uno de sus cascos para ordenarle que volviera a sus dimensiones. Helicón obedeció, pero en el lugar donde golpeó el casco, nació la fuente Hipocrene, "fuente del caballo". 41. Urania es la musa que preside la Astronomía y los celestes seres. En este caso, el espectáculo que se avecina, pertenece al mundo celestial, más allá del terreno horizonte. XXIX, 43-63. Comienza la descripción del carro emblemático del Purgatorio. Conviene saber, que en época de Dante, los municipios y ciudades solían tener un carro o carroza, llamado a veces el carrocio, que cargaban con la enseña de la ciudad, cruces y hasta un altar, y que era llevado en procesiones y festejos. Inclusive se lo llevaba a la guerra, como nosotros la bandera, y era el lugar que más se defendía del ataque de los enemigos. Fue famosa la carroza de los desfiles triunfales de César. Los antiguos helenos tenían un carro, en forma de nave, con mástil y verga, en el que conducían al Partenón, en las fiestas Panateneas, el peplo ofrecido a Palas Atenea Conviene aquí resumir cómo está constituida la procesión y el carro del Purgatorio: Vienen primero siete candelabros llameantes como abanderados de una desfile. Tras los candelabros y bajo las estelas de sus llamas, vienen veinticuatro ancianos ordenados en parejas dos a dos. Siguen cuatro fabulosos animales alados formando un cuadrángulo dentro del cual se halla el carro de dos ruedas arrastrado por el grifo. Marchan tres mujeres junto a la rueda derecha y cuatro junto a la izquierda, y cierran la procesión, por orden, dos, cuatro y uno respetables ancianos. 43. La distancia puede engañar al sentido llamado común, el común objeto, el que presenta, por medio de los diferentes sentidos, una imagen del exterior a la conciencia. Dante, seducido por el brillo confunde a los candelabros con árboles dorados. La virtud visiva que alimenta al intelecto, a distancia razonable, percibe la realidad, y el oído entiende que las voces cantan el coro de la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno:
¡Hosanna al hijo de David:
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, Hosanna es una voz hebrea que en su sentido básico significa ¡Ea, sálvanos! pero que luego derivó en exclamación de alabanza con el sentido de ¡Gloria!, en el caso ¡Gloria al hijo de David!. Es una voz, a la vez, de alabanza, admiración y saludo de acogida. Dante, en la Vita Nuova, XXIII, en su imaginación de la muerte de Beatriz, ve cómo los ángeles la reciben en el cielo al grito de ¡Hosanna! 52. En el extremo de los candelabros, una llama iluminaba la noche más vivamente que la Luna llena. 55. Por aquí nos enteramos que Virgilio ha seguido a Dante hasta este lugar. 58. Vuelve a contemplar los candelabros que avanzan a paso más lento que el de una novia en su día de casamiento. Ordinariamente se interpreta que los siete candelabros simbolizan los siete dones del Espíritu Santo, como en el Apocalipsis (ver abajo v. 82), y como los enumera Dante en El Banquete, IV, 21, 12: ... Como estos dones provienen de la caridad inefable, y como la divina caridad sea propia del Espíritu Santo, de aquí que sean llamados Dones del Espíritu Santo. Los cuales, de acuerdo a como los establece el profeta Isaías, son siete, a saber, Sabiduría, Intelecto, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios. ¡Oh buen pienso, y buena y admirable semilla! ¡Oh admirable y benigno sembrador, que no espera sino a que la naturaleza humana prepare la tierra para que él la siembre! ¡Felices quienes cultivan tales semillas como se debe! Pero hay que saber que el primero y el más noble brote que germina de esta semilla es la predisposición del ánimo, que en griego es llamado "horme". (ormh,que quiere decir ímpetu) Dante tomó la figura de los candelabros del Apocalipsis, I, 12-13, referidos allí a las siete Iglesias a las que escribe Juan: ... y me volví para ver la voz que me había hablado, y al volverme vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros uno como hijo del hombre, vestido de poder y ceñido el pecho con una faja de oro ... Dos consideraciones: estos dones, tan amados y frecuentemente nombrados por Dante en sus escritos, son galas de quienes superaron todas las pruebas en busca de su libertad; y en segundo lugar son regalos, dádivas, que surgen gratuita. La idea de semilla que gratuitamente fructifica luego de la adecuada preparación y docilidad, es propia de las escuelas de misterios y de iniciaciones, y es la que justifica el concepto de reino de los cielos que pertenece a los pobres de espíritu, a los misericordiosos, a los puros de corazón. 61. Que el estupor que nos embarga no nos detenga. Matilde nos reclama que continuemos contemplando otros componentes de la procesión. XXIX, 64-87. Precediendo al carro, y guiados por los candelabros, gentes, veinticuatro vestidos de blanco purísimo. Como anteceden al carro, se los interpreta como los justos del Antiguo Testamento. Su lugar en la procesión indica la era que precedió al advenimiento de Cristo. 67. Un instante para considerar como la propia imagen luminosa se refleja por el lado izquierdo del río como participando de la fiesta, semejante a tal punto que es como espejo de lo que está ocurriendo. ¿Quiere decirnos Dante que en él hay una copia de la procesión que paralelamente se está desarrollando en él? 70. Acercándose tanto cuanto puede al espectáculo, Dante observa que las llamas de los candelabros flamean hacia atrás como estelas de color abigarrado del arco iris. Otros interpretan que cada una tenía uno de los colores del arco iris. Finalmente otros, respecto de la forma de las llamas, piensan que son, no llamas extendidas, sino banderolas flameando al viento, apoyándose en lo que se dice en el v. 79, donde se las llama estandartes. Los colores, que de las siete listas matizaban el cielo, son los del arco iris del Sol, y expandidos como el halo de Delia, otro nombre romano de la Luna. Vale la pena recordar que Iris, iris, diosa que pertenece a la raza de Océano por sus padres, simboliza el arco iris, y, en general, la unión del Cielo y de la Tierra, entre los dioses y los hombres, unión sensibilizada por el arco iris. Iris, como Hermes, era también mensajera de los dioses. En el Antiguo Testamente, después del Diluvio, Dios puso su arco entre las nubes, el arco iris, como señal de paz de que nunca más extinguiría a la raza humana. (Gen., 11-12). En el carro de Ezequiel, alrededor del trono de la semejanza como de hombre, brilla un halo como el del arco iris (Ez.1, 28). En las visiones del Juan del Apocalipsis, el trono de la sede del cielo está rodeado de una arco iris de color esmeraldino (IV, 3) y el ángel que desciende del Cielo tiene la cabeza rodeada de iris (X, 1). Por todas partes y en todos los tiempos, el arco iris es símbolo de paz y de gloria y autoridad celeste. 79. Tales flámulas o banderolas, listas coloreadas, se extienden hasta perderse de vista, pero de un extremo al otro de ellas median como unos diez pasos, que es como decir diez metros. Los antiguos comentaristas interpretan estos diez pasos como los diez mandamientos de Moisés. 82. Bajo el irisado toldo de las llameantes estelas, se alojan los veinticuatro ancianos, coronados de lirios. En el Apocalipsis, IV, 4-5, se habla de ellos en derredor del trono irisado del Altísimo: ... y en círculo alrededor del trono veinticuatro tronos: y sobre ellos, veinticuatro ancianos sedentes, en vestiduras blancas, y en sus cabezas coronas áureas: y del trono brotaban relámpagos, y voces, y truenos: y había siete lámparas ardientes ante el trono, que son los siete espíritus de Dios. San Jerónimo, en el Prólogo a las Sagradas Escrituras, interpretó a estos veinticuatro ancianos como los libros del Antiguo Testamento: La ley antigua consideraron encerrarla en veinticuatro libros, los cuales Juan, en el Apocalipsis, los señala con el número de los veinticuatro ancianos que adoran al Cordero. El lirio de sus vestiduras es símbolo de la pureza y fe de los hagiógrafos inspirados por los siete espíritus de Dios. 85. Los ancianos cantan el himno a María escrito sobre el saludo del Ángel de la Anunciación (Luc. I, 28): Salve
llena de gracia, el Señor es contigo. Aquí se mira a la Virgen en su condición de Reina del Cielo, por lo que de ella se dice que su belleza es eterna. XXIX, 88-105. Libre el jardín de los primeros miembros de la procesión, y así como en un punto del cielo una estrella viene a ocupar el lugar de otra en su movimiento, ahora vienen los cuatro animales alados, coronados de verdes hojas y cada uno con seis alas emplumadas y llenas de ojos. Argos, argos, era un pastor de cien ojos a quien Hera encomendó el cuidado de la vaca Io. Gracias a sus múltiples ojos podía vigilarla, porque solo dormían la mitad, y siempre tenía tantos ojos abiertos como cerrados. Hermes, enviado por Zeus, lo durmió tocando la flauta de Pan o valiéndose de una varita mágica y lo mató. Hera, para inmortalizarlo, trasladó sus ojos al plumaje del ave que le estaba consagrada, el pavo real. Continuando el texto arriba citado del Apocalipsis, en IV,6-8, se lee: Y delante del trono hay como un mar transparente como cristal, y en el medio del trono y a su alrededor hay cuatro animales constelados de ojos por delante y por detrás. El primer animal es como un león, y el segundo animal como un becerro, y el tercer animal tiene el rostro como de hombre, y el cuarto animal como un águila en vuelo. Y los cuatro animales tienen cada uno seis alas, consteladas de ojos en derredor y adentro. Y no tenían descanso día y noche diciendo: Santo, Santo, Santo Señor Dios omnipotente, que era y que es y que vendrá. Donde se debe notar que la palabra animal está por ser animado, viviente, de lo contrario se hubiera dicha con más propiedad bestia; así también Platón para decir que los astros eran seres vivos los llamaba animales. Los cuatro animales como están así figurados son símbolos de las más antiguas tradiciones. De Caldea los tenemos en los signos astrológicos de Leo, Tauro, Acuario (que tiene rostro humano) y Escorpio (que está por escorpión y por águila en sus dos aspectos). Son los cuatro vigías del Cielo. En la tradición egipcia figura el eje Leo-Acuario en la esfinge de cuerpo de león y rostro de hombre que mire hacia el Sol naciente, y en el mundo Asirio los Kerubs (que serán los querubines del arca, Ex. XXV, 18) eran seres con rostro humano, cuerpo de león, patas de toro y alas de águila, cuyas estatuas eran guardianas del palacio de Babilonia. En el primer capítulo del libro del profeta Ezequiel, I, 4-12 se lee: Y miré: y venía un viento tempestuoso, soplando desde el norte, una gran nube con esplendores envolventes, un fuego de donde brotaban relámpagos, y en medio del fuego como un resplandor bermejo. En el centro, discernía como cuatro animales, y su parecer era como semejanza de hombre. Y cada uno tenía cuatro rostros y cuatro alas. Sus piernas eran erectas, y los cascos de sus pies como cascos de becerro, centellantes como bronce pulido. Bajo sus alas aparecían manos humanas; sus rostros, de todos los cuatro, estaban vueltos hacia las cuatro direcciones. Sus alas estaban juntas de uno a otro. No se volvía cuando andaban, cada uno caminaba delante de su rostro. Y en su aspecto, tenían rostro de hombre; y los cuatro tenían rostro de león a la derecha, y los cuatro tenían rostro de toro a la izquierda, y los cuatro tenían un rostro de águila. Las alas estaban desplegadas a lo alto: cada uno tenía dos alas que se tocaban y dos alas que les cubrían el cuerpo; cada uno andaba delante de su rostro; iban a donde el espíritu los enviaba, y no se volvían al marchar. 105. En la descripción de los animales, Ezequiel les asigna cuatro alas, pero el Apocalipsis de Juan y Dante los muestran con seis. San Irineo vio en estos querubines de Ezequiel el símbolo de los cuatro evangelistas, y la tradición cristiana reprodujo esta interpretación en la decoración de iglesias y monumentos. XXIX, 106-120. En medio de los fulgurante querubines está el carro simbólico de este Edén arrastrado por un ser doble, un grifo. El carro simboliza la Iglesia, en este caso la cristiandad triunfante en la gloria y más adelante, en una visión, la Iglesia militante en la tierra. El grifo, fiera que es una sola persona en dos naturalezas (Canto XXXI, 80) representa a Cristo guía y fuerza de la Iglesia, al menos en un sentido literal. El grifo es también nuestra naturaleza contemplativa y activa, la humanidad espiritual y animal a la vez, el intelecto y el sentido, el saber y el actuar, y todo lo que es nuestra doble y trágica naturaleza pero sublimada después de lograda la virtud y el conocimiento, por los que se adquiere la liberación de toda esclavitud, y la plenitud y la grandeza posibles al hombre redimido. Por lo que se constituye en motor y guía y defensor de la raza humana, actitud tan bien simbolizada en este poderoso e iluminado grifo. Grifo, gruy = buitre, ave fabuloso de doble naturaleza. Su imagen es antiquísima. En Caldea había un león alado, cuyas patas trasera y cola eran de águila. En Asiria, el grifo peleaba contra los dioses y era sometido por ellos. En la Grecia arcaica aparece con cuerpo, patas y cola de león y cabeza de águila, la boca agresiva siempre abierta, orejas vigilantes erectas y agudas. Herodoto relata que los grifos disputaron a un pueblo fabuloso, los arimaspes, el oro de las regiones septentrionales de Europa, los vencieron y se constituyeron en custodios del precioso metal oculto en las entrañas de la tierra. La imagen aparece frecuentemente en India, Persia y Egipto; figura en los vasos griegos, en monedas de Roma y Tracia; pasó al arte bizantino y después al gótico; se lo encuentra en yelmos medievales, en blasones y en sillería coral. Es emblema de Osiris entrando en Leo. Roma lo aplicó a Febo y Júpiter. No es maligno, como lo presentaron en Persia y Asiria, sino mas bien un genio protector, como los dragones, al servicio de reyes y dioses. 109. Las alas del grifo, abarrotadas de ojos de inteligencia, se elevan a ambos lados de la estela del candelabro central, quedando las otras seis listas a los costados tres y tres, y ninguna lista es molestada por las alas, que, en su profundidad sapiencial, se elevan hasta perderse de vista. 110. Se nos explica que la cabeza aguileña y divina es de oro, y el leonino terreno cuerpo blanco manchado de rojo. Blanco y rojo colores repetidamente citados por Dante, que los propone en los jardines de los emperadores, y los destaca en los escalones de la puerta del Purgatorio (Cantos VII, 73 y IX, 94); que visten a la joven Beatriz de la Vita Nuova, I-III, y reaparecen misteriosamente en una imaginación de la Beatriz gloriosa (V. N., XXXIX), colores que son de la Fe y de la Caridad (abajo v.122 y ss.), colores enseña de los Templarios y del velamen de las carabelas de Colón, y que merecerían un extenso estudio y análisis que no podemos realizar aquí. 115. Ni el carro de Escipión el Africano, en ocasión de su triunfo sobre Aníbal en Zama, ni el de Augusto en su retorno victorioso En
tanto César, llevado en triple triunfo a los romanos muros, lograron superar en belleza y esplendor a este carro edénico. Inclusive el carro del Sol, con el que, arrastrado por briosos caballos, recorre cada día su resplandeciente camino entre los astros, no se compara con este. Y se recuerda que el carro del Sol, lo que este no puede, sí sufrió una calamidad que fue provocada por Faetón, lo que le valió el arcanamente justo rayo de Júpiter (Ver Inf. XVII, 107-108 y nota). XXIX, 121-132. Acompañan al carro tres y cuatro mujeres respectivamente junto a la rueda derecha e izquierda, símbolos de las tres virtudes teologales - Caridad-Rojo intenso, Esperanza-Verde, Fe-Blanco - , y de la cuatro cardinales - Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza -, todas de púrpura. 127. La Fe y el Amor son las que guían el trío teológico, pero de la intensidad del Amor-Caridad, la mayor de todas, depende la actividad de las otras dos, conforme San Pablo en I Cor., XIII, 1: Y aún os señalaré una mejor vía: Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera amor, no sería sino como un bronce que resuena o un címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y todas las ciencias, si tuviera toda la fe de mover montañas, y no tuviera amor, nada soy. [...] El amor es magnánimo, es benigno: el amor no envidia, no presume, no se hincha; no es ambicioso, no busca su interés, no se irrita, no computa el mal; nunca se alegra de la injusticia, sino que su alegría es la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no termina nunca; las profecías terminan, las lenguas callan, la ciencia se corrompe. ... 130. Siguiendo el pensamiento de santo Tomás, Dante privilegia a la Prudencia como control y equilibrio de las otras tres, y tiene tres ojos, porque ... es necesario ser prudente, es decir sabio: para ser lo cual se requiere buena memoria de las cosas vistas, buena percepción de las presentes y buena providencia de las futuras (El Banquete, IV, XXVII, 5). XXIX, 133-150. Cierran la procesión siete venerables ancianos. 136. Vienen primero dos viejos: uno posiblemente referido al evangelista san Lucas, que era médico, y como tal discípulo del griego Hipócrates, célebre en el arte médico y venido al mundo para la salud de los seres vivos más amados de la naturaleza: los hombres. El otro, de distinto porte, referido a San Pablo, cuya palabra es comparada con una espada que usa con intención de abrir el alma para sanarla, como escribía a sus amados efesinos (Efes. VI, 14-17):
Estad pues de pié, San Lucas médico del cuerpo y narrador de los aspectos más humanos de Cristo, y san Pablo médico del alma, refuerzan el carácter universal del doble grifo, tanto león corporal, tanto águila espiritual. 142. Detrás vienen cuatro de humilde porte, en contraste con los evangelistas, se interpretan habitualmente como los cuatro autores de las epístolas llamadas canónicas: san Pedro, san Juan, san Jacobo o Santiago y san Judas. Finalmente un solitario anciano, medio dormitando pero astuto, que se atribuye al san Juan autor del Apocalipsis, porque a fuer de agudo sin embargo dice haber tenido la visión en sueños, durmiendo. 145. Visten como los veinticuatro bíblicos ancianos que llevaban los lirios de la fe adornando su cabeza, pero estos siete, inflamados de la caridad evangélica, llevan rosas y flores bermejas, y tan intensas que parecieran llamas. XXIX, 151-154. Como en las procesiones importantes están reglados todas las etapas, en este momento un voz en forma de trueno comanda un alto que todos cumplen, desde los primeros candelabros, enseñas, hasta el último anciano. Nota General. Hemos reproducido el significado, que los intérpretes tradicionales acertadamente, han dado a cada elemento del carro. Tal es el primer sentido y literal que constituye la trama del relato, la fábula que fingen los poetas, según Dante. Pero sobre este sentido quedan los demás que cada uno debe descubrir, porque este carro es la Iglesia triunfante y militante, es cada iglesia a la que cada fiel concurre, es nuestra familia, es nuestra propia alma que según se sabe es el verdadero templo de Dios, es en fin todos los secretos y misterios que pueden percibir las almas más elevadas y más perfectas, y que constituye el inmenso e interminable tesoro de la infinita sabiduría y bondad. Tesoro que, si alguien lo descubre en un campo, es tanta la felicidad, que va, vende todo lo que tiene, y compra esa campo. |