![]() |
|
|
El Viento sopla
donde quiere, Desde el principio,
un Espíritu Treinta siglos atrás, el espíritu
sopló en la mente de un aedo, y éste comenzó a cantar los inmensos versos
de la Ilíada y la Odisea que serían luego de Homero. Varios siglos después, el mismo espíritu hizo de otro griego un pensador, de cuya mente surgió, entre otras muchas e interminables cosas, un Banquete donde los varios convidados al festín van hablando alegremente del amor, hasta que uno los supera a todos con el relato de lo que una mujer le enseñó del Amor. El festejo termina en la tenue luz del alba, con comensales dormitando, y el magnífico Sócrates, sentado como un rey entre dos jóvenes, a quienes explica que un buen escritor es el que se luce tanto en la tragedia como en la comedia. Poco tiempo antes, ese mismo espíritu había inflamado a un exaltado Heráclito que decía que no se puede hallar el "fondo del alma: tan profundo es el Logos que la habita". Y también a un atomista Demócrito "que el mundo del acaso pone", que pudo decir que "Dios es la mente que habita el universo". Y al maravillado Anaxágoras que preguntado para qué había nacido decía "para contemplar el Sol, la Luna y las Estrellas". Y al astuto Zenón de Aquiles y la Tortuga, que demostró que la razón no puede explicar el movimiento, y que, desde que habló, consternó a todos. Y tantos muchos que en esa época, bella y profundamente hablaron del ordenado Universo y lo amaron. El espíritu, incansable, siguió insuflando artistas y pensadores, planeó sobre las bibliotecas de Alejandría, se deleitó con los poetas y moralistas romanos, vagó en los yermos espacios de los restos del Imperio, sembrando un Agustín por allí, un Benito por allá, y desplegó en la Edad Media innumerables teólogos, el admirado Averrores de la unidad del intelecto, arquitectos y constructores de góticas iglesias, deslumbrantes palacios y plazas y ordenados burgos, bardos de la lengua de Oc y de la lengua del Sí, franceses, occitanos, sicilianos, músicos y pintores. Y en algún momento solemne ese mismo espíritu se instaló en un compañero de escuela y juegos infantiles del Giotto, llamado Dante Alighieri, "florentino de nacimiento, no de costumbres", como ásperamente supo decir. Y renació la poesía, con el estilo, ahora dolce del amor, de figurar y simbolizar, y se recuperaron los antiguos dioses del olivo y del laurel, y se amplió el alma henchida de toda la vena del pasado, y se plantó un árbol que llegaría al cielo, y se dio comienzo a una nueva era, nueva por desconocida entonces, pero antigua como el mismo espíritu. Las poesías todas confluyeron en este insigne conciudadano nuestro, para renacer, siempre las mismas, como el Fénix, de las todavía tibias cenizas.
En este fugaz viaje de la Luz, omitiendo inconmensurables playas de sus arribos, de Oriente y de Occidente, de la incontable multitud de civilizaciones y culturas que hizo surgir en tierras y continentes, siempre adaptándose a la materia humana que hallaba en el lugar, el corazón nos lleva a considerar que el tiempo y el espacio son ahora ilusorios, y con el iniciado egipcio del Libro de los Muertos queremos gritar: Yo soy el ayer,
soy el hoy y soy el mañana, 30.01.2002
|