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Al
reverendísimo padre en Cristo, entre los señores amadísimo señor, don
Nicolás por divina misericordia obispo de Ostia y de Veletri, y legado
de la Sede Apostólica, y enviado de paz de la sacrosanta Iglesia para
las regiones de Toscana, Romaña, y la Marca Trevisana y las regiones adyacentes,
los devotísimos hijos suyos, el capitán A., el Consejo y la Universidad
de la parte de los Blancos de Florencia, con toda devoción y solicitud
se os recomiendan.
Exhortados por los preceptos saludables y solicitados por la piedad Apostólica, respondemos a vuestros conceptos y sagradas expresiones que nos enviasteis junto a consejos que tan caros nos han sido, y si por causa de nuestra demora fuéramos considerados negligentes o pusilánimes, que atempere vuestra sagrada discreción el juicio, y dado que son muchas y diversas las recomendaciones y admoniciones que nuestra Fraternidad necesita para conservar la sinceridad de nuestra relación y obrar correctamente, y considerado lo que exponemos, y que tal vez seamos mal valorados por haber faltado a la debida presteza, os rogamos que la abundancia de vuestra Benignidad nos sea indulgente. Así pues, como hijos no ingratos, leída la carta de vuestra pía Paternidad, cuyas expresiones tanto concordaban con todos nuestros deseos, de inmediato se colmaron de alegría nuestras almas, y tanto como nadie podría decirlo o imaginarlo adecuadamente. Pues vuestras palabras nos prometían muchas veces, con paternales admoniciones, aquella salvación de la patria que ardientemente en nuestros sueños deseábamos. Y ¿porqué otro motivo nos lanzamos a la guerra civil, ni qué otra cosa pedían nuestras blancas enseñas, y para qué se ensangrentaban nuestras espadas y nuestras lanzas, sino para que aquellos, que temerariamente ambiciosos desconocieron los derechos civiles, sometieran su cerviz al yugo de la piadosa ley, y fueran obligados a la paz de la patria? Porque la legítima flecha de nuestra intención, lanzada de la cuerda de nuestro arco, pedía, pide y siempre pedirá sólo el sosiego y la libertad del pueblo Florentino. Ahora bien, si vos veláis por tan a nos gratísimo bien, y, como quisieran vuestras santas intenciones, lográis reconducir a nuestros adversarios al surco de la correcta actitud civil, ¿quién osaría hacerse cargo del digno y adecuado agradecimiento? No está en nuestra capacidad ni en la de nadie que habite la tierra Florentina. Pero si hay piedad en el Cielo dispuesta a remunerar tales grandezas, que os conceda los dignos premios a Vos, que os vestisteis de misericordia por tan noble ciudad, y os apresurasteis a calmar los profanos litigios de sus ciudadanos. Ciertamente, después que por fray L., santo varón en la religión, consejero de civilidad y paz, fuimos por Vos reconvenidos y rogados, al igual que lo fuimos por vuestras cartas, para que cesáramos todo asalto y uso de guerra, y depositáramos en vuestras paternales manos toda nuestra confianza, nosotros, vuestros hijos devotísimos y amantes de la paz y de lo justo, guardadas las espadas, con ánimo espontáneo y sincera voluntad, nos sometimos a vuestra autoridad, como os dirá vuestro nuncio ya citado fray L., y será patente por los públicos instrumentos promulgados con toda solemnidad. Por consiguiente con afectuosísima voz filial, imploramos vuestra clementísima piedad para que os plazca devolver a la ya tan largamente agitada Florencia el reposo de la tranquilidad y de la paz, y a nosotros, y a los que están de nuestro lado, defensores permanentes del pueblo, no desdeñéis piadoso padre de tenernos bajo vuestra custodia; y nosotros, que nunca claudicamos del amor de la patria, estamos firmemente decididos a no apartarnos nunca de la fiel observancia de vuestras preceptos, y dispuestos siempre, devota y debidamente, a obedecer a todos cualesquiera sean vuestros mandatos, |