Epístola II

 

[Esta epístola la escribió Dante Alighieri a Oberto y a Guido condes de Romena, después de la muerte de Alejandro conde de Romena y padre de éstos, en condolencia por la muerte]

Vuestro padre Alejandro, conde ilustre, cuyo espíritu en estos días regresó a la celeste patria de donde había venido, era mi señor, y su memoria reinará en mi por el resto de mi vida temporal, pues su magnificencia, que ahora, más allá de los astros, es recompensada abundantemente con dignos premios, me eligió espontáneamente hace muchos años para que fuera su súbdito. Esta su magnificencia, junto a todas las demás virtudes suyas, ilustraba su ínclito nombre muy por encima de los títulos de los héroes italianos. ¿Y qué decía su heroica divisa sino "Alzaré el látigo fustigador de los vicios"? Pues por fuera su escudo ostentaba un látigo de plata sobre un campo bermejo, por dentro moraba un espíritu amigo de las virtudes y enemigo de los vicios. Duélase, duélase la casta Toscana que de tan alto varón se enorgullecía, y duélanse todos sus amigos y súbditos cuya esperanza tan cruelmente golpeó la muerte; entre los cuales yo, ¡ay mísero!, debo también acongojarme, expulsado de la patria y exilado inmerecidamente, meditando siempre mis desgracias, que con dulce esperanza hallaba consuelo en él.

Pero aunque perdido el contacto de los sentidos nos inunde la amargura del dolor, considerando los superiores valores intelectuales, surge dignamente en los ojos del alma una luz de dulce consuelo. Pues quienes en la Tierra honraron las virtudes, son ahora honrados por las Virtudes en los Cielos; y quien era palaciego de la Corte romana de Toscana, ahora, elegido cortesano de la Jerusalén celeste, goza de la gloria con los príncipes bienaventurados. Por lo cual, carísimos señores míos, con insistentes súplicas os ruego atemperar el dolor y no hacer lugar a las consideraciones humanas salvo en las cosas en que os puedan servir de ejemplo; y de la misma manera como él, justísimo, os instituyó herederos de sus bienes, así, vosotros, como más próximos a él, revestios de sus egregias costumbres.

Por mi parte, como vuestro servidor, en manos de vuestra discreción me excuso por mi ausencia de las luctuosas exequias; porque no fue ni la negligencia ni la ingratitud lo que me retuvo, sino la imprevista pobreza nacida del exilio. Esta, como feroz acoso, a mi, privado de caballo y de armas, me arrojó al abismo de su prisión, y a pesar de todos mis esfuerzos por liberarme, hasta ahora prevalece, y con impiedad maquina retenerme.