Epístola IV

 

[Escribe Dante al señor Moroello marqués de Malaspina].

Para que no se oculten al señor los vínculos de su siervo, ni la sinceridad del afecto para con el que manda, y para que las habladurías de algunos, frecuente semillero de falsas opiniones, no acusen de negligente al prisionero, me plugo destinar a la presencia de vuestra Magnificencia la serie del presente oráculo.

Por tanto, después de separado de aquella ansiada Curia, en la cual, así como Vos siempre considerasteis con admiración, me fue necesario cumplir oficios liberales, cuando apenas puse los pies en la ribera del Arno, confiado e incauto, súbitamente ¡ay de mí! una mujer, descendida como un rayo, apareció, no sé cómo, cumplidamente acorde con mis aspiraciones, tanto por su vestimenta y como por su aspecto. ¡Oh! ¡Cuán atónito quedé al verla! Mas enseguida el terror de un trueno suspendió mi estupor. Porque así como a los relámpagos siguen siempre de inmediato a los truenos, así también habiendo contemplado el fulgor de su belleza, Amor, terrible y dominante, tomó posesión de mí. Y éste cruel, como un desterrado que después de largo exilio se reintegra a la patria, lo que hubiera en mí que le hubiera sido contrario, lo extinguió o lo expulsó o lo mantuvo cautivo. Mató pues en mí aquel laudable propósito por el que me abstenía de las mujeres y sus encantos; y las asiduas meditaciones, en las que contemplaba las cosas celestiales y las terrenas, como si fueran sospechosas, proscribió sin piedad; y luego, para que ya nunca más mi alma se le rebelara, encadenó mi libre arbitrio, de modo que me fuera necesario volverme no hacia donde yo hubiera querido, sino hacia donde él quisiera. Reina pues Amor en mí, sin que nada se le oponga; y de qué manera lo hace, buscadlo aquí abajo, fuera del presente texto.