Epístola V

 

(1) A todos y a cada uno de los Reyes de Italia y Senadores del alma Ciudad (2), y también a los Duques, Marqueses, Condes, y a los Pueblos, el humilde italiano Dante Alighieri, florentino e injustamente desterrado, ruega la paz.

"He aquí el tiempo favorable", cuando surgen los signos de consuelo y de paz. Pues resplandece un nuevo día señalando el nacimiento de la aurora, que atenúa la tinieblas de la prolongada calamidad: ya se alzan auras orientales, se arrebola el Cielo en sus lejanías, y nos confortan los auspicios de los pueblos con tierna serenidad. Y veremos el esperado gozo, nosotros, los que tanto pernoctamos en el desierto, porque se levantará el pacífico Titán (3), y reverdecerá la justicia, debilitada como heliotropo sin Sol, cuando apenas aquel resplandezca. Los hambrientos y los que tienen sed de justicia serán saturados a la luz de sus rayos, y los que aman la iniquidad serán confundidos ante su faz fulgurante. Pues alzará sus oídos misericordiosos el León de la tribu de Judo, y compadecido del clamor del universal cautiverio, suscitará un nuevo Moisés, que liberará del yugo egipcio a su pueblo, conduciéndolo a la tierra que mana leche y miel.

Alégrate ya ahora miseranda Italia, digna de piedad hasta de los Sarracenos, ya que pronto te envidiará todo el orbe, porque tu esposo, solaz del mundo y gloria de tu plebe, el clementísimo Enrique, divino Augusto y César, se apronta para las nupcias. Seca tus lágrimas, y expurga las huellas de la tristeza, ¡Oh bellísima!, porque cerca está quien te liberará de la cárcel de los impíos; porque azotando la boca de los malignos los exterminará con espada, y dará su viña a otros viñadores que ofrezcan frutos de justicia al tiempo de la cosecha.

¿Es que acaso no tendrá misericordia de nadie? No así, antes reconocerá a todos los que supliquen misericordia, pues es César, y su majestad fluye piedad de la Fuente. Su juicio aborrecerá de toda severidad, y, plegándose siempre al justo medio, más allá del medio extenderá sus recompensas. ¿Acaso aplaudirá las audacias de los inicuos, y ofrecerá licores a los ebrios de presunción? Imposible, porque es Augusto. Y si es Augusto ¿no vengará acaso las iniquidades de los impenitentes, y los perseguirá hasta la misma Tesalia, Tesalia, digo, de la eliminación final?

Depón, sangre Lombarda, tu bárbara conducta; y si algo queda de la semilla de Troyanos y Latinos, sométete a él, no sea que, cuando el águila sublime descienda como un rayo, vea a sus polluelos abyectos, y el sitio propio de su prole ocupado por los cuervos. ¡Ea! Avanzad, sangre Escandinava (4), para que en vosotros, que con razón teméis su llegada, en cuanto podáis, renazca el deseo de su presencia. Que no os seduzca la ilusoria codicia, que a la manera de la Sirena, con extrañas dulzuras os embote la vigilia de la razón. Atended a su rostro en manifiesta sujeción, y alegraos en el salterio de la penitencia, considerando que "quien se opone a la potestad, se opone a Dios"; y quien combate al orden divino, recalcitra también contra la voluntad de la omnipotencia; y "duro es recalcitrar contra el espolón" (5).

Y vosotros, que oprimidos lloráis, "levantad el ánimo, porque cerca está vuestra salvación". Tomad el rastrillo de la honesta humildad, y revolved el campo de la árida discordia, allanad la tierra de vuestra mente, por temor a que la lluvia celeste, llegando antes de que hayáis echado la semilla, caiga de lo alto en vano, ni que se retire de vosotros la gracia de Dios, como el rocío matutino de la piedra; antes bien como valle fecundo concebid y germinad verdor, verdor digo portador de fruto verdadero de paz; por el cual verdor, refloreciendo vuestra tierra, el nuevo agricultor de los Romanos, con mayor afecto y confianza, uncirá al arado los bueyes de su consejo. Sosegaos, sosegaos desde ahora, ¡Oh amadísimos!, vosotros que conmigo soportasteis la injuria, para que Héctor, pastor, os reconozca como ovejas de su majada; porque si bien por concesión divina le corresponde la reprensión temporal, sin embargo, para que refleje la bondad de Aquel del cual, como de un punto, se bifurca la potestad de Pedro y la de César, de buen grado corrija a su familia, pero, en mayor grado, de ella tenga misericordia.

Por tanto, no siendo ya obstáculo la vieja culpa, que a menudo torciéndose como culebra se vuelve contra sí misma, ambas cosas podéis advertir, que la paz se prepara para todos, y que ya podéis saborear de antemano una inesperada alegría. Vigilad, pues, todos y salid al encuentro de vuestro rey, ¡Oh pueblo Latino!, vosotros que habéis sido destinados a su dominio no sólo en calidad de súbditos sino de hijos libres (6).

No os exhorto solamente a que salgáis a su encuentro, sino que le demostréis vuestra atónita reverencia. Vosotros que bebéis de sus ríos y navegáis en sus mares; que pisáis las arenas litorales y las sumidades alpinas, que son suyas; que gozáis de todos los bienes públicos, y poseéis los privados por el vínculo de su ley y no por otra cosa; no queráis, como ignorantes, engañaros a vosotros mismos, como soñando y diciendo en vuestros corazones: "Nosotros no tenemos Señor". Porque es su huerto y su lago lo que el Cielo circunda; porque "De Dios es el mar, y él lo hizo, y a la seca tierra pusieron el fundamento sus manos". Por donde en los admirables resultados se muestra que el Príncipe romano está predestinado por Dios y, como atestigua la Iglesia, confirmado luego por la palabra del Verbo.

Pues si "desde la creación del mundo, a partir de las cosas que han sido hechas, las operaciones invisibles de Dios son vistas y contempladas en el intelecto", y si de las cosas más conocidas pasamos a las menos; si, sin confusión de ninguna especie, cae en la aprehensión humana que por el movimiento del Cielo entendamos quién es su Motor y cuál su voluntad; tal predestinación será, inclusive por los observadores menos atentos, fácilmente reconocida. Porque si recapitulamos las cosas pasadas a partir de la chispa primera de este fuego, desde el momento en que los Frigios negaron hospitalidad a los Argivos, y si nos place revivir la historia del mundo hasta los triunfos de Octavio; veremos que todos los hechos históricos trascendieron por completo la sumidad de la potestad humana, y que Dios ha realizado algo por medio de los hombres, casi como por medio de nuevos cielos. Porque no siempre obramos nosotros sin que al mismo tiempo seamos instrumentos de Dios; y las humanas voluntades, que gozan naturalmente de libertad, frecuentemente obran inmunes inclusive de los afectos inferiores, y, sujetas a la eterna voluntad, muchas veces la obedecen sin saberlo.

Y si estas cosas, que son como principios, no bastan para probar lo que buscamos, por la conclusión deducida de tales precedentes, ¿quién no se sentirá obligado a coincidir conmigo, a saber que por doce años el orbe entero ha estado en brazos de la paz, la cual, en tanto que obra cumplida, demuestra el rostro del autor del silogismo, el hijo de Dios? Y éste, según la revelación del Espíritu Santo, hecho hombre, cuando evangelizaba en la tierra, como si dirimiera los dos reinos, a sí y al César distribuyendo todas las cosas, mandó que a cada uno de ellos se diera lo que era suyo.

Pero si el ánimo pertinaz exigiera más aún, negándose todavía a la verdad, que examine las palabras de Cristo cuando estaba en cadenas; el cual, nuestra Luz, cuando Pilatos objetaba su potestad, afirmó que ella venía de lo alto, al que se jactaba de ejercer su oficio como vicario de la autoridad de César. "No andéis como andan las gentes en la vanidad de los sentidos" por las tinieblas a oscuras, mas abrid los ojos de vuestra mente, y ved que nuestro rey fue ordenado para nosotros por el Señor del Cielo y de la Tierra. Éste es a quien Pedro, vicario de Dios, nos amonesta obedecer; éste es a quien Clemente, actual sucesor de Pedro, ilumina con la luz de su bendición Apostólica; de manera que, si no basta la luz espiritual, al menos que sea el esplendor de la luminaria menor el que esclarezca.