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Dante Alighieri, florentino y exilado inmerecidamente, a los perversísimos
Florentinos habitantes de la ciudad (1).
Por la piadosa providencia del eterno Rey, quien mientras perpetúa en su bondad las cosas celestes, no abandona desdeñoso nuestros asuntos, dispuso que las cosas humanas fueran gobernadas por el sacrosanto Imperio de los Romanos, para que el género humano repose en la serenidad de tan alta presidencia, y para que en todas partes, dentro de los requerimientos de la naturaleza, se viva civilizadamente. Lo cual, lo acredita la divina palabra, lo corrobora, si bien con la ayuda de la sola razón, su antigüedad, y no poco confirma su verdad el hecho de que, cuando queda vacante el trono augusto, el mundo entero se extravía, porque el capitán y los remeros de la navecilla de Pedro duermen, y porque Italia miserable, sola, abandonada de sus propios mandantes y privada del entero gobierno público, no hay palabras que puedan expresar cuán devastada está por el embate de vientos y marejadas, ni las mismas lágrimas de los infelices Ítalos alcanzan a expresar la desmesura. En consecuencia quienquiera hinche temerariamente su soberbia contra esta muy manifiesta voluntad de Dios, si la espada de Aquel que dice "Mía es la venganza" (2) no cae del cielo sobre él, que palidezca desde ahora ante la adscripta sentencia del severo juez. Vosotros en cambio, que transgredís los derechos divinos y humanos, a quienes la infame voracidad de la pasión seduce y prepara para toda iniquidad, ¿no os acucia el terror de la segunda muerte, pues primeros y solos en repugnar el yugo de la libertad, murmurasteis contra la gloria del Príncipe romano, rey del mundo y ministro de Dios, y, abusándoos del derecho de prescripción y negándoos a tributar la debida sujeción, preferisteis alzaros en loca rebelión? ¿Acaso ignoráis, dementes y díscolos, que los derechos públicos solo fenecen al fin de los tiempos, y no están sujetos a ninguna prescripción cualquiera sea el cómputo del tiempo? Pues los altos dictados de las leyes declaran y la humana razón en sus deducciones confirma, que la pública propiedad de los bienes, por más tiempo que haya sido descuidada, no pierde nunca, por el hecho de no ser reivindicada, ni validez ni eficacia; pues lo que concurre al bien de todos, no puede morir ni debilitarse sino en detrimento de todos; y esto Dios y la naturaleza no lo quieren, y muy difícilmente la humanidad se avendría a aceptarlo. Eliminada tan fatua sentencia ¿a qué entonces, como nuevos Babilonios (3), abandonando el piadoso imperio intentáis nuevos reinos temporales, como si hubiera dos políticas, una Florentina y otra Romana? ¿Y porqué no también dividir la monarquía apostólica, de forma que si Delia se divide en el Cielo, también se duplique Delio (4)? Y si acaso el terror no bastara a moveros al arrepentimiento, que se espanten vuestros endurecidos corazones al menos porque no sólo habéis perdido la sabiduría, sino también su raíz, para castigo de vuestras culpas. Pues para el delincuente no hay nada más temible que el poder obrar a su antojo sin vergüenza y sin temor de Dios. No es de asombrarse que muy frecuentemente el impío sufra este castigo: que al morir se olvide de sí mismo, como en vida se olvidó de Dios. Si pues vuestra insolente arrogancia os excluye del rocío divino, como las alturas de Gelboé (5), a tal punto que no temisteis resistir las decisiones del Senado eterno (6), y ni siquiera teméis no haberlo temido; ¿acaso entonces también os falta aquel temor pernicioso, es decir humano y mundano, del acelerado e inevitable naufragio de vuestra arrogantísima generación y de vuestros tan lamentables latrocinios? ¿Acaso confiáis en la resistencia de siete ridículas empalizadas? ¡Oh mal convenidos! ¡Oh enceguecidos en miserables ambiciones! ¿A qué encerrarse en vallados? ¿De qué servirá armar la ciudad de fortificaciones y troneras, cuando venga la terrible águila de oro que sobrevolando ya los Pirineos, ya el Cáucaso, ya Atlanta, confortada por el freno (7) de la milicia celeste, ya una vez contempló desdeñosa de lo alto los vastos mares? ¿Y qué entonces, cuando vosotros, los más miserables de los hombres, os quedéis atónitos ante el dominador de la delirante Hesperia (8)? Ciertamente la vana esperanza que alimentáis ilusoriamente no bastará para sostener las defensas (9); por lo contrario, tal resistencia no hará sino exacerbar la vehemencia de la venida del justo rey, y la misericordia, que siempre acompañó a sus ejércitos, se apartará indignada; y cuánto más os figuráis proteger la toga purpúrea de una falsa libertad, más con ella sucumbiréis en una cárcel de verdadera esclavitud. Es creencia común que el admirable juicio de Dios a veces cuando el impío más seguro se siente de haber evitado los merecidos castigos, allí mismo se precipita; y quien rechaza la divina voluntad, conciente y voluntariamente, combate a favor de ella sin saberlo y contra su voluntad. Veréis miserables cómo vuestros edificios, que ciertamente no contienen redivivos Pérgamos (10), caen destruidos por el ariete o incendiados por el fuego, edificios que alterasteis no porque la prudencia lo aconsejara sino para consumar atolondradas delicias (11). Os veréis circundados por la plebe furiosa dividida a favor y en contra, gritando cosas horrendas contra vosotros, porque la plebe no sabe quedarse calma cuando le falta de comer. Veréis también con pesadumbre saqueados vuestros templos a donde diariamente concurren vuestras matronas, y a vuestros niños, confundidos e inocentes, destinados a llorar los pecados de sus padres. Y si mi mente fatídica no yerra al vaticinar prevenida por signos verídicos e inexpugnables razones, veréis a la ciudad, por tanto tiempo sumida en tristeza, finalmente caer en manos extrañas, y a la mayoría de vosotros muertos o arruinados en cautiverio, y algunos pocos llorando padecer un largo exilio. Y para decirlo brevemente, las calamidades que en fidelidad y por la libertad sufrió aquella gloriosa ciudad de Sagunto (12), os será forzoso padecer a vosotros, deshonradamente, en perfidia y en servidumbre. Tampoco os infléis de audacia viendo la inesperada suerte de los Parmesanos que, malaconsejados y acuciados por el hambre, murmurando entre sí "salgamos al combate y muramos ya", se lanzaron sobre el campamento del César, estando el César ausente (13); porque si bien lograron la victoria de la Victoria, finalmente sólo lograron salir de un dolor para caer en otro más memorable. Mas bien recordad la fulmínea acción del primer Federico, considerad Milán o si queréis Spoleto (14), y al ver la perversión y la inmediata ruina de ellos se enfriarán vuestras vísceras demasiado dilatadas, y se contraerán vuestros corazones excesivamente fervorosos. ¡Ay, vanísimos Toscanos, insensatos tanto por inclinación natural como por el vicio! ¡No prevéis ni imagináis en vuestra ignorancia cuánto en las nocturnas tinieblas de la mente enferma tropiezan los pies (y las redes han sido echadas sin necesidad) ante los ojos de los cazadores! Las aves inmaculadas os ven desde el aire ante la puerta de la cárcel, rehusando la misericordia de alguno por temor de que os libre del cautiverio y de terminar con los pies en el cepo y las manos atadas. Tampoco advertís la pasión que os domina, porque estáis ciegos, pasión que os alaba con susurros envenenados, que os obliga con amenazas engañosas, y que ciertamente os sujeta a la ley del pecado, prohibiéndoos obedecer las sacratísimas leyes que imitan a la ley natural; cuya observancia, si alegre, si libre, no sólo no es servil, antes y mucho más, para quien diligentemente lo considere, es la misma suma libertad. Porque ¿qué otra cosa es la libertad sino la expresión libre de la voluntad en los actos que las leyes consienten a sus seguidores? Siendo pues que han de considerarse libres los que voluntariamente obedecen las leyes ¿quién pensáis ser vosotros que, mientras pretendéis amar la libertad, conspiráis contra las leyes universales en odio al príncipe de las leyes? ¡Oh miserable progenie de Fiésole (15)! ¡Oh barbarie de nuevo bajo castigo! (16)Estoy convencido que veláis en el terror, aunque simuléis confianza en la cara y os mintáis con palabras, y frecuentemente salís del sueño espantados por presagios recibidos, o recordando zozobras del día. Mas en verdad si con justificado temor os arrepentís de vuestra locura aunque no os doláis de ella, de forma que en la amargura de la penitencia miedo y dolor no confluyan en un mismo río, no queda sino enclavar en vuestros espíritus que este divino y triunfador Enrique, soporte de los romanos asuntos, buscando ardientemente el bien, no propio, sino público del mundo, ha afrontado espontáneamente grandes dificultades, compartiendo nuestras penas, como si el profeta Isaías lo hubiera señalado a él, después de a Cristo, al profetizar: "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestro dolores" (17). Por consiguiente, veis que ha llegado el tiempo de arrepentirse amargamente de todo lo que temerariamente habéis presumido, si no queréis seguir simulando. Porque una penitencia demorada no engendra perdón, mas bien es comienzo de una correspondiente punición. Está escrito: será herido el pecador para que "muera sin retractarse". Escrito en la vigilia de la Calendas de Abril, en territorio Toscano, al pie de la fuente del Arno, año primero de la magnífica venida de Enrique César en Italia. |