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Al
santísimo gloriosísimo y felicísimo triunfador y único señor Enrique (1),
por la divina providencia Rey de los Romanos y por siempre Augusto, su
devotísimo Dante Alighieri Florentino y exilado inmérito, y en general
todos los Toscanos que desean la paz, beso la tierra ante sus pies.
Testigo el inmenso amor de Dios, nos ha sido dada la herencia de la paz, para que con su admirable dulzura se suavice la dureza de nuestra milicia, y en su uso merezcamos las alegrías de la patria triunfante. Pero la rabia del antiguo e implacable enemigo de la humana prosperidad, insidiando siempre y al asecho, desheredó a los que encontró dispuestos, y a nosotros, dada la ausencia de tutor, el impío nos desnudó contra nuestra voluntad. Por ello día y noche lloramos en el río de las confusiones, e implorábamos incesantemente el patrocinio del rey justo que aniquilara la corte del cruel tirano, y nos repusiera en nuestra justicia. Y cuando tú, sucesor de César y de Augusto, cruzando velozmente la cresta de los Apeninos, restituiste los venerandos signos Tarpeos, de inmediato cesaron los largos suspiros y el diluvio de las lágrimas; y, como Titán, surgido predestinado, derramaste en la tierra Latina nueva esperanza de mejor época. Fue entonces que muchos, presintiendo el cumplimiento de sus deseos, cantaban jubilosos con Marón el retorno tanto del reino de Saturno como el de la Virgen. Sea ya que el fervor del deseo o el aspecto de la realidad nos conturbe, al considerar a nuestro Sol imaginamos que se acerca o pensamos que retrocede, como si un nuevo Josué o el hijo de Amós lo imperara, no vemos envueltos en la incertidumbre y exclamamos con la voz del Precursor de esta manera: "¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?". Y si bien la larga y violenta sed, como suele, transforma en duda por cercanas las cosas ciertas, sin embargo en ti creemos y esperamos, afirmando que tú eres ministro de Dios, hijo de la Iglesia y promotor de la gloria de los Romanos y de Roma. Pues inclusive yo, que no sólo escribo en mi nombre y sino también en el de los demás, te vi y te oí benignísimo y clementísimo como corresponde a la majestad imperial, cuando mis manos tocaron tus pies y mis labios cumplieron su obligación. Entonces exultó en ti mi espíritu, y en silencio me dije: "He aquí al cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo". Pero nos sorprende la prologada espera, cuando tú, victorioso en el valle Eridano (2), abandonas la tierra Toscana, la descartas y la descuidas, como si el derecho a defender el Imperio lo circunscribieras a los límites de la Liguria; en fin, como sospechamos, no adviertes que la gloriosa potestad de los Romanos no se reduce a los límites de Italia ni se confina en los márgenes de la triangular Europa. Porque si bien ella, forzada por la violencia, ha circunscrito a lo mínimo su dominio, sin embargo y de toda forma, por inviolable derecho, el embate de las aguas de Anfitrite, extendiéndose, a penas se digna circunscribirse dentro de la inútil onda del Océano. Porque de nosotros está escrito: Nascetur pulcra Troyanus origine Cesar,
Imperium Oceano, famam qui terminet astris.(3) Y cuando Augusto emitió el edicto de que fuera descrito todo el orbe, según narra el buey del Evangelio (4) inflamado de la eterna llama del Fuego, si no hubiera salido el edicto de la corte del justísimo principado, el unigénito Hijo de Dios hecho hombre, por proclamarse, de conformidad con la naturaleza asumida, súbdito del edicto, no hubiera querido nacer en ese momento de la Virgen; no hubiera forzado algo injusto aquel a quien correspondía "cumplir toda justicia".(5) Que desdeñe quedar cautivo por tanto tiempo en tan estrecha área del mundo cuando todo el mundo lo espera; y no abandone la amplitud de Augusto porque la dilación refuerza la confianza Toscana del tirano, y cotidianamente acumula nuevas fuerzas exaltando su soberbia y agregando una audacia a otra. Pero antes que retumbe de nuevo aquella voz de Curio a César: Dum trepidant nullo firmate robore partes,
tolle moras: semper nocuit diferre paratis: par labor atque metus pretio maiore petuntur. (6) Entónese de nuevo aquella poderosa voz que de las nubes descendió para increpar a Eneas: Si te nullam movet tantarum gloria rerum,
nec super ipse tua moliris laude laborem Ascanium surgentem et spes heredis Iuli respice, cui regnum Ytalie Romanaque tellus debentur. (7) Pues Juan, Real primogénito tuyo y rey, quien, después del ocaso del naciente día, es esperado por la siguiente generación del mundo, para nosotros es un otro Ascanio, que siguiendo los pasos de su magno genitor, irrumpirá cruelmente, feroz como un león, contra los Turnos, y se apaciguará como un cordero para los Latinos. Vigilen los altos consejos del sacratísimo rey: no sea que se renueve el rigor celeste de aquellas palabras de Samuel: "¿No es verdad que siendo todavía párvulo ante tus propios ojos fuiste hecho cabeza de las tribus de Israel, y te ungió el Señor como rey de Israel, y te puso Dios en camino y te dijo: Amalec, ve y mata a los pecadores?" Y tú has sido consagrado rey para que como Amalec golpees y no perdones a Agag, para vengar a Aquel que te ha enviado por la gente bestial y por su precipitada presunción; de la cual pues se dice que Amalec y Agag se jactan. Tú, mientras tanto, moras en Milán invierno y verano y ¿acaso crees que extinguirás a la pestífera hidra cortándole la cabeza? Porque si recordaras la magna gesta del glorioso Alcides, reconocerías haber ignorado esto: que ese animal pestífero, de múltiples cabezas renacientes, que a cada golpe más se fortalece, así se mantuvo hasta que aquel héroe, magnánimo, con toda su energía le arrancó la raíz de la vida. Porque para extirpar un árbol no basta con cortarle las ramas sin que por eso no se renueven mucho más vivaces que antes, mientras incólumes las raíces que las alimentan persistan. ¿Qué crees haber hecho, tú, único conductor del mundo, con haber doblado la cerviz de la soberbia Cremona? ¿Acaso no se inflará con esto la inesperada rabia de Brescia y de Pavía? Y más, porque aún cuando cayeran éstas castigadas, de inmediato se levantarán en Vercelli o en Bérgamo, mientras no se extirpe la floreciente causa de estos males y no se sequen las escindidas ramas conjuntamente con el tronco. ¿Acaso ignoras, príncipe excelentísimo, o tal vez de la altura de tu sede no descubres dónde se oculta esta hedionda loba, a salvo de los cazadores? Porque esta criminal no se abreva de las corrientes del Po ni de las de tu Tíber, sino que sus fauces infectan los torrentes del Arno, y Florencia, ¿acaso no lo sabes?, así se llama esta funesta enfermedad. Ésta es la serpiente plantada en el regazo materno; es la oveja enferma que contagia con su pestilencia a la grey de su señor; es la Mirra perversa e impía que ardió por el beso de su padre Cíniras (8); es aquella impaciente Amata (9), la que, rechazadas la fatales nupcias, no temió tomar como yerno a quien el destino le negaba, sino que tanto lo provocó a la furiosa guerra, que luego, para pagar sus malas audacias, se ahorcó. En verdad ella lucha con ferocidad de serpiente por destruir a la madre afilando los cuernos de la rebelión contra Roma, que la hizo a su imagen y semejanza. Verdaderamente exhala pestíferas emanaciones del ardor de sus plagas e infecta a las inocentes manadas vecinas, mientras con falsas dulzuras y fantasías se agrega vecinos y envanece a los que se ha agregado. Verdaderamente ella arde por yacer con el padre, pues con increíble procacidad intenta que el Sumo Pontifica, que es Padre de los padres, viole sus compromisos para contigo. Verdaderamente "se opone al plan de Dios" adorando al ídolo de su propia voluntad, y, mientras desprecia la potestad de su legítimo Rey, no se avergüenza de ofrecer falsos derechos y potestades de malas obras a un rey que no es el suyo. Pero advierta la enloquecida mujer el lazo que a sí misma se prepara. Porque frecuentemente quien se traiciona en asuntos reprobables, como traicionado hace lo que no conviene, y sus obras, mientras son injustas, acaban sin embargo en justos suplicios. ¡Ea pues, acaba con la tardanza, oh tú nueva progenie de Isaías! Asume en ti la confianza ante los ojos del Señor Dios Sabaoth (10) ante el cual actúas; y prosterna a este Goliat con la honda de tu sabiduría y la piedra de tus poderes; para que con su caída la noche y la sombra del miedo caiga sobre las huestes de los Filisteos. ¡Huyan los Filisteos y será liberado Israel! Entonces, nuestra herencia, que por largo tiempo lloramos robada, nos será restituida en su integridad, y a la manera como, recordando a la santa Jerusalén, gemimos exilados en Babilonia, entonces, ciudadanos y viviendo en paz, convertiremos en alegrías las miserias de la confusión. Escrito en Toscana, bajo la fuente del Arno, el XV ante las calendas mayas, en al año primero (11) de la faustísima marcha del divino Enrique en Italia.. |