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(1) "¡Cómo ha quedado sola la ciudad llena de gente!
Ha venido a ser viuda, la que era señora de pueblos! (2) La ambición de los Príncipes de los Fariseos que hizo abominable al antiguo sacerdocio, no solamente transfirió el ministerio de la tribu levítica sino que también aparejó el asedio y la ruina de la ciudad de David. Atendiendo a lo cual, aquel único que es eterno, mandó imprimir, por el Espíritu Santo, un rayo del reflejo de su eternidad en la mente digna de Dios del varón profeta, quien en las palabras predichas, demasiadas veces ¡ay de mí! repetidas, lloró a la santa Jerusalén como si ya hubiera sido destruida. Asimismo nosotros, que profesamos el mismo Padre e Hijo, el mismo Dios y hombre, como también la misma Madre y Virgen, para quienes y en beneficio de nuestra salud tres veces se preguntó y se dijo sobre la caridad: "Pedro, apacienta mis ovejas" ; a Roma - a la cual, después de tanta pompa de triunfos, le fue confirmado el imperio del mundo por obra y gracia de Cristo, a la cual inclusive aquel Pedro y el predicador de las gentes Pablo, consagraron como sede apostólica por el rocío de la propia sangre - juntamente con Jeremías, no sólo llorándola por los que vendrían, sino también dolidos del presente, nos vemos forzados a compadecerla por viuda y abandonada. No repugna menos que una llaga lamentable ver ¡ay! que los herejes, promotores de impiedad, Judíos, Sarracenos y gentiles ríen de nuestras festividades y, como se oye decir, exclaman: "¿Dónde está su Dios?"; y tal vez insidiosamente atribuyen estas cosas a la Potestad apóstata que obra contra los Ángeles defensores; y lo que es más horrible, que ciertos astrónomos y embrutecidos profetas afirman que fue de necesidad lo que vosotros preferisteis haciendo mal uso del libre arbitrio. En verdad, vosotros, pilares de la Iglesia militante como jefes primeros, descuidáis conducir por el camino designado el carro de la Esposa del Crucificado, y errasteis la senda trazada a la manera de Faetonte (4) auriga; y cuando se esperaba que ilustrarais a la grey que os sigue por los senderos de esta peregrinación, lanzasteis a ella y a vosotros mismos al precipicio. Y no creo que se pueda ignorar - porque no sólo el rostro sino las espaldas le volvisteis al carro de la Esposa, de modo que verdaderamente podéis ser comparados a aquellos que fueron mostrados al Profeta y que dieron la espalda al templo - que vosotros, despreciando el fuego del cielo, dejáis arder las aras del fuego ajeno; que vosotros, que vendéis palomas en el templo, donde deshonestamente traficando aquí y allá, habéis hecho venal lo que no puede medirse por precio. Pero prestad atención al azote, observad el fuego, para que no despreciéis la paciencia de Aquel que espera vuestro arrepentimiento. Porque si se dudara del precipicio antedicho ¿qué otra cosa diré sino que en Alcino conspirasteis con Demetrio? (5) Tal vez indignados me increparíais: "¿Quién es éste que, no temiendo el repentino suplicio de Oza, se alza en pro de la decaída arca?" Ciertamente de las ovejas del redil de Jesucristo soy el último; ciertamente no disfruto de ninguna autoridad pastoral, porque carezco de fortuna. No por las riquezas, sino que "por la gracia de Dios soy lo que soy", y "el celo por la casa del señor me consume". Pues inclusive "de la boca de los lactantes e infantes" resonó la verdad agradable a Dios, y el ciego de nacimiento confesó la verdad que los Fariseos no sólo callaban, mas intentaban retorcer para mal. De éstos nace la perseverancia de mi audacia. Además tengo por preceptor a aquel Filósofo que, al crear la doctrina entera de la moral, enseñó a preferir la verdad a cualquier otra amistad. Ni la arrogancia de Oza, que tal vez quieran reprocharme los que temerariamente se manifiestan, me mancha con su podredumbre; porque Oza atentaba contra el arca, yo contra los bueyes recalcitrantes y perdidos en los caminos de la vulgaridad. Provea al arca Aquel que supo volverse a la navecilla sofocada por las olas. No soy yo pues la causa de la irritación contestataria de nadie, sino de haber encendido el rubor de la confusión en vosotros y en otros, que sólo nominalmente merecen el nombre de Archimandritas; pues de todos los que usurpan el oficio de pastor, de todas las ovejas que si no perdidas ciertamente están abandonadas y privadas de custodia en las pasturas, una sola voz, y por cierto privada, se oye en este casi funeral de la madre Iglesia. ¿Y entonces qué? Todos, incluyéndoos a vosotros, han esposado la ambición, que nunca fue madre de piedad y equidad, como la caridad, sino de impiedad e iniquidad. ¡Oh madre piísima, esposa de Cristo, que engendras por el agua y el Espíritu hijos que te avergüenzan! No caridad, no Astrea (6), sino sanguijuelas son tus nueras. ¿Y qué hijos te paren? Excepto el pontífice Lunense (7), todos los demás son objetables. Tu Gregorio (8) yace entre telas de araña; yace Ambrosio (9) en los abandonados escondrijos de los clérigos; yace envilecido Agustín (10), Dionisio (11), Damasceno (12) y Beda (13) ; e ignoro qué "Speculum" Inocente y el Ostiense van predicando. ¿Y para qué? Éstos buscaban a Dios como su último y óptimo fin; los otros gozan las riquezas y los beneficios. Pero ¡Oh Padres! no creáis que soy el Fénix del mundo entero; me quejo de lo que todos murmuran, musitan o piensan o sueñan, y no se atreven a atestiguar lo que han sorprendido. A muchos los aturde el asombro; ¿Acaso callarán para siempre estas cosas, y no atestiguarán delante de su Hacedor? ¡Vive el Señor, porque quien desató la lengua del asna de Balaam, es también el Señor de los actuales bestias! Ya mi charla es por demás profusa; pero vosotros me forzasteis. Avergonzaos mas bien que os lleguen de abajo las acusaciones y las advertencias, antes que las absoluciones del Cielo. Porque así es como ocurre en nosotros, que cuando nos ganan por el oído y los demás sentidos, la vergüenza suscita a la penitencia, su primogénita, y consecuentemente crea en nosotros el propósito de enmienda. Y para que tal propósito sea favorecido y defendido por la generosidad del alma, es necesario que tengáis clavada como un símbolo ante los ojos de vuestra imaginación a la ciudad de Roma, tal cual es, privada hoy de las dos luces (14) , de manera que Aníbal y otros aún se apiadarían de ella, sentada sola y viuda como arriba se proclamó. Y estas cosas se refieren especialmente a vosotros, los que de niños conocisteis el sagrado Tíber. Porque si la capital del Lacio debe ser piadosamente amada por todos los italianos como el común principio de su civilidad, con toda justicia de vosotros se piensa que debéis cuidarla con máximo celo, porque a ella le debéis vuestra existencia misma. Y si al presente a los demás Itálicos el dolor de la miseria los consume y los confunde la vergüenza, ¿quién dudará que a quien más corresponde avergonzarse y dolerse es a vosotros, que fuisteis la extraordinaria causa del eclipse de ella, el Sol? Y antes que nadie tú, Oso (15), que actuaste para que tus desgraciados colegas no quedaran perpetuamente deshonrados, y los otros que obraron para reasumir, por la autoridad de la sumidad apostólica, las venerandas insignias de la Iglesia militante, insignias que, merecida o tal vez inmerecidamente, debieron deponer. Y tú ahora, Transtiberino (16) , secuaz de facción ajena, para que floreciera en ti la ira del difunto Antístite como injerto en tronco ajeno, y, como si todavía no hubieras despojado a la triunfante Cartago, pudiste, sin contradicción alguna de tu conciencia, actuar así contra la patria de los ilustres Escipiones. Se hará la enmienda - no sin que antes la Sede Apostólica, a la cual pertenecen los Cielos y la Tierra, quede mancillada por una infame cicatriz de fuego - si todos vosotros, los que fuisteis la causa de esta anarquía, unánimes y con viril actitud, combatiereis por la Esposa de Cristo, por Roma, sede de la Esposa, por nuestra Italia, y, para decirlo plenamente, por toda la humanidad peregrinante en la Tierra, a fin de que desde la palestra del iniciado certamen, a donde expectantes tornan las miradas de todas las playas del Océano, oferentes a la gloria, podáis vosotros mismos oír: "Gloria a Dios en la alturas"; y quede para ejemplo de los siglos el oprobio de los Vascos (17) que impulsados por tan funesta ambición intentan usurpar para sí la gloria de los Latinos. |