Epístola X

 

Al magnífico y victorioso Señor Don Can Grande de la Scala del sacratísimo Principado cesáreo, Vicario General en la ciudad de Verona y en la de Vicenza, su devotísimo Dante Alighieri, florentino de nacionalidad, no de costumbres, implora vida larga y feliz, y perpetuo engrandecimiento de vuestro glorioso nombre.

El insigne elogio de vuestra Magnificencia que la insomne fama disemina por todas partes, obra aquí y allá diversamente en diversos, ya que en unos exalta la esperanza de la prosperidad, y en otros desencadena el terror del exterminio. Tal encomio sin embargo, que tanto excede a la hodierna realidad, me pareció al principio excesivo, como desbordando los límites de la verdad. Pero para que la prolongada incertidumbre no me injuriara interminablemente, así como una vez la reina de Sabá subió a Jerusalén, así como Pallas vino a Helicón, así yo corrí a Verona para apreciar por la fe de mis ojos las cosas que había oído. Allí vi vuestras grandezas, vi y palpé vuestros beneficios: y así como antes sospechaba un exceso en los dichos, así ahora sucumbí al exceso de la realidad misma. Y a la manera como primero, por la sola fama, aunque con limitada adhesión, os fui benévolo, ahora apenas haberos conocido me volví vuestro devotísimo y amigo.

Y no temo tampoco, como algunos tal vez objeten, incurrir en el delito de presunción, por llamaros amigo, porque el sagrado vínculo de la amistad no sólo ata a los que son iguales entre sí, sino también a los dispares. Porque de querer considerar las amistades placenteras y útiles, se podrá observar que con cierta frecuencia personas preeminentes se juntan a humildes, y quien verdaderamente quisiera tomar en consideración la verdadera y fiel amistad ¿no constatará frecuentemente que varones de baja fortuna, pero de honestidad eminente, fueron amigos de grandes e ilustrísimos príncipes? ¿Y qué, si a pesar de la infinita diferencia nada impide la amistad entre Dios y los hombres? Y si alguien considera indigno lo que digo, que escuche al Espíritu Santo que a algunos hombres los declara partícipes de su amistad, porque en el Libro de la Sabiduría se dice de la sabiduría "que es un tesoro infinito para los hombres, y que quienes a ella se adhieren, se granjean la amistad de Dios" (1). Pero la ignorancia vulgar juzga sin discreción; y así como creen que el Sol es del tamaño de un pie, así yerran sobre las usanzas a causa de su vanas creencias. Pero a nosotros, a quienes se ha concedido saber lo que hay de mejor en nosotros, no nos corresponde ir tras los pasos del rebaño, aún más cuando estamos obligados a oponernos a sus errores. Los que están regidos por el intelecto y la razón, gozan de una cierta libertad, y no los coarta ninguna usanza; lo que no es de admirar, porque no están ordenados por las leyes, sino mas bien ellos ordenan las leyes. Vale pues lo que dije antes, es decir que soy vuestro devotísimo y amigo, y que ello no implica presunción alguna.

Considerando pues vuestra amistad como un magnífico tesoro, deseo emplearme en conservarla con diligentes y precisos cuidados. Y como en los dogmas morales se enseña que la amistad se estabiliza y se conserva con dones proporcionados, muchas veces quise hallar algo que pudiera equipararse proporcionalmente con los beneficios recibidos, y por ello más de una vez me puse a considerar cuidadosamente mis minúsculas cosas y algunas elegí, y separé unas de otras y las consideré por separado, inquiriendo cuál sería la más digna y agradable para Vos. Y no hallé nada más afín con vuestra excelencia que el cántico sublime de la Comedia que lleva el título de El Paraíso; y en la presente epístola, como a Vos consagrado con epígrafe propio, a Vos lo dedico, lo adjunto, os lo ofrezco y finalmente lo dejo en vuestras manos.

El encendido afecto simplemente no permite dejar pasar en silencio que esta donación parece conferir más honor y fama al que la recibe que al que la da; aún más, a los que consideren con atención el título, les parecerá que quise expresar un presagio de mayor gloria de vuestro nombre; lo que realmente me propuse. Mas por el celo de vuestra gloria, que me es más caro que mi pequeña vida, me apresuraré a lograr la meta que me propuse. Por tanto, consumado el epígrafe de esta epístola, asumiré el oficio de expositor y me lanzaré compendiosamente a redactar la introducción de la obra donada.

Como dice el Filósofo en el segundo de la Metafísica "dado que la cosa se relaciona con el ser, así también se relaciona con la verdad"; cuya razón es que la verdad de la realidad que está en la verdad como en su sujeto, es la semejanza perfecta de la realidad tal como es. De las cosas que son, algunas son de tal manera que tienen el ser absoluto en sí mismas; algunas son tales que tienen el ser dependiente de otro por alguna relación, de manera que al mismo tiempo son y se relacionan a otro como relativas; como el padre y el hijo, el amo y el siervo; el doble y la mitad, el todo y la parte, y otras semejantes en cuanto son tales. Por tanto como el ser de las tales depende de otro, en consecuencia su verdad depende de otro: ignorada la mitad nunca se conocería el doble, y así de las demás.

Queriendo pues tratar de la introducción de una parte de alguna obra, hay que dar alguna información del todo del cual son parte. Por tanto, yo, queriendo describir algunas cosas de la mencionada parte de la Comedia a manera de introducción, consideré necesario decir antes algo de toda la obra, para que la introducción a la parte sea más fácil y perfecta. Digamos pues que seis son las cosas que deben buscarse en toda obra doctrinal, a saber, el tema, el autor, la forma, el objetivo, el título del libro y el género filosófico. De estas, tres no son las mismas en toda la obra que en la parte a Vos destinada, a saber, el tema, la forma y el título; en las demás no hay cambios, como es fácil advertir. Por tanto al hablar de toda la obra, estas tres cosas hay que considerarlas por separado, lo cual logrado, será suficiente como introducción a la parte. Consecuentemente indagaremos las otras tres no sólo para el todo, sino también para la parte ofrecida.

Para mayor claridad del discurso hay que saber que el sentido de esta obra no es simple, más bien habría que llamarlo "polisemos", es decir, de muchos sentidos: pues el primer sentido es el que se obtiene de la letra, otro en cambio el que se obtiene por el significado de la letra. El primero se llama literal, en cambio el segundo alegórico o moral o anagógico. Este modo de tratar los sentidos, para que mejor se entienda, se muestra en los siguientes versos: "Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, Judea vino a ser su santuario, Israel su posesión". Pues si solo consideramos la letra significa la salida de los hijos de Israel de Egipto, en tiempos de Moisés; si la alegoría, significa nuestra redención realizada por Cristo; si el sentido moral, significa la conversión del alma del luto y miseria del pecado al estado de gracia; si el anagógico, significa la salida del alma de la esclavitud de esta corrupción a la libertad de la gloria eterna. Y aunque estos sentidos ocultos (2) se les asigne distintos nombres, pueden todos en general ser llamados alegóricos, dado que son diferentes del sentido literal o histórico. Pues la alegoría viene de "allos" en griego lo que en español se dice "extraño", es decir, "otro".

Después de estas consideraciones, es claro que el tema de la obra es doble, y en ella se encuentran ambos sentidos. Y por tanto hay que tratar del tema de la obra en tanto se la toma literalmente, y luego en consideración alegórica. El tema pues de toda la obra considerada solo literalmente, es el estado del alma después de la muerte, en su pura simplicidad. Si en cambio la obra se considera en forma alegórica, el tema es el hombre que por sus méritos y deméritos, por su libre arbitrio, está sujeto al premio y al castigo de la justicia.

La forma a su vez es doble: la forma del tratado y la forma de tratarlo. La forma del tratado es triple, según la triple división. La primera división es que la obra se divide en tres cánticos. La segunda es que cada cántico se divide en cantos. La tercera es que cada canto se divide en ritmos. El modo de tratar la obra es poético, ficticio (3), descriptivo, con digresiones, con reasunciones, y además definitivo (4), divisivo (5), explicativo (6), no explicativo (7), y positivo de ejemplos.

El título de la obra es: "Principia la Comedia de Dante Alighieri, florentino de nación, no de costumbres". Para entender lo cual es necesario sabe que Comedia viene de "comos" aldea y "oda" que es canto, por donde la comedia equivale a "canto aldeano". Y la comedia es un cierto género narrativo poético completamente diferente de los demás. Difiere de la tragedia en el asunto en esto, que la tragedia al comienzo es admirable y tranquila, al final o al terminar es fétida y horrible; y por eso su nombre viene de "trago" que es el macho cabrío, y de "oda" es decir canto, como quien dijera "canto cabrío", es decir fétido como las cabras: como se ve en las tragedias de Séneca. Comedia en cambio comienza con alguna cosa negativa, pero se resuelve luego con alegría, como se ve en las comedias de Terencio. De aquí el dicho: "trágico principio y cómico fin". Igualmente difieren por la manera de expresarse: elevado y sublime en la tragedia; en la comedia comedido y humilde, como quiere Horacio en su Poética, donde concede a veces a los cómicos hablar como trágicos y viceversa:

Aunque a veces alce la voz la Comedia
y el airado Cremito gruña con túmidos labios,
la Tragedia a menudo con sones humildes llore,
Telefo y Peleo, etc.


Y así se ve porqué la presente obra se llama Comedia. Pues si miramos al material, al principio el asunto es horrible y fétida, porque es el Infierno, al final próspero y grato, porque es el Paraíso; respecto de la forma de expresión, es simple y humilde, pues hace uso de la locución vulgar con la que también las mujeres se comunican. Hay otros géneros de narraciones poéticas, como el poema bucólico, la elegía, la sátira y los himnos sagrados, como puede verse en la Poética de Horacio; pero no nos corresponde hablar de ellos aquí.

A partir de ahora será claro cómo hay que asignar el tema de la parte a Vos ofrecida. Porque si de toda la obra, tomada en sentido literal, el tema es el estado de las almas después de la muerte en forma general y no particular, es claro de que de esta parte ese estado es también el tema, pero en forma particular, es decir el estado de las almas benditas después de la muerte. Y si de toda la obra, tomada en sentido alegórico, el tema es cómo el hombre por sus méritos y deméritos, por su libre arbitrio, está sujeto al premio y al castigo de la justicia, es claro que de esta parte el tema se restringe al hombre que por sus méritos está sujeto al premio de la justicia.

Y lo mismo se manifiesta la forma de la parte por la forma de toda la obra; porque si la forma de todo el tratado es triple, en esta parte solamente es doble, es decir se divide en cantos y en ritmos. No puede tener como propia la primera división, pues está incluida ella misma en esa división.

Manifiesto es también el título del libro; porque si el título de todo el libro es "Principia la Comedia... etc., como se dijo arriba, el título de esta parte es "Principia el cántico tercero de la Comedia de Dante... etc. titulada El Paraíso".

Establecidas pues estas tres cosas en las que varía la parte del todo, conviene ahora considerar las otras tres en las que no hay variación entre el todo y la parte. El autor del todo y de la parte es el que ha sido dicho, y sobre esto no hay duda alguna.

El fin de toda la obra y de su parte es también múltiple, es decir cercano y remoto; pero omitiendo sutilezas, digamos brevemente que el fin del todo y de la parte es detraer a los vivos del estado de miseria en esta vida, y conducirlos al estado de felicidad.

Finalmente el género de filosofía en que se desarrollan el todo y la parte, es la moral práctica, o sea la ética: porque toda la obra y sus partes no fueron hechas para la especulación, sino para la acción. Porque aunque en algún pasaje el tema se trata en forma especulativa, no es por especular, sino por el obrar; porque, como dice el Filósofo en el segundo de la Metafísica "por sus propios motivos inclusive los prácticos especulan algunas veces". Superados estos asuntos, es necesario ahora pasar a la exposición literal como muestra previa de la obra, respecto de lo cual hay que decir que la exposición literal no es otra cosa sino manifestar la forma de la obra. Se divide pues esta parte o tercer cántico llamado El Paraíso principalmente en dos partes, a saber en prólogo y desarrollo, y éste comienza allí donde dice "Surge para los mortales por diversas bocas" (8).

Hay que saber que la parte primera que a pesar de que comúnmente puede llamarse exordio, con propiedad debe llamarse prólogo; lo que parece insinuar el Filósofo en el libro tercero de la Retórica donde dice "proemio es el comienzo en el discurso retórico, como el prólogo lo es en la poética y el preludio en la música". Y hay que notar que esta introducción, que comúnmente se puede llamar exordio, la hacen diferentemente los poetas de los retóricos. Los retóricos, para cautivar la atención del auditorio, resumen brevemente el tema del discurso; en cambio los poetas no sólo hacen lo mismo sino que seguidamente pronuncian una cierta invocación. Lo cual les conviene, pues necesitan invocar grandemente, porque están pidiendo a los entes superiores algo que está lejos del modo común de los hombres, es decir realizan una tarea casi divina. Por tanto el presente prólogo se divide en dos partes, en la primera se anuncia lo que se va a decir, en la segunda se invoca a Apolo; y la segunda parte comienza allí "¡Oh buen Apolo!, a la última labor" (9).

Respecto de la primera parte, hay que notar que para un buen prologar se requieren tres cosas, como Tulio dice en la Nueva Retórica, es decir que se torne al auditor benévolo, atento y dócil, especialmente cuando se trata de un género elevado, como el mismo Tulio dice. Y como el tema del presente tratado es elevado, y así debe ser propuesto, es indispensable intentar esos tres propósitos al comienzo del exordio o prólogo. Porque dice que tratará de las cosas que vio en el primer cielo y que pudo retener en la memoria. Frase que contiene aquellas tres cosas: pues por la utilidad de lo que se va a decir gana la benevolencia; por lo admirable, la atención; y porque trata de lo que fue posible, la docilidad. Señala la utilidad al decir que ha de cantar las cosas que más atraen al deseo de los hombres, es decir, la felicidad del Paraíso; toca lo admirable cuando promete relatar cosas tan arduas y sublimes como lo es la condición del reino celeste; muestra posibilidad al decir que su relato contendrá sólo las cosas que pudo retener en la mente: si él lo pudo, otros lo podrán. Todas estas cosas se tocan en aquellos versos donde dice que estuvo en el primer cielo, y que quiere narrar lo que del reino celeste, como un tesoro, pudo retener en su mente. Tratada pues la bondad y perfección de la primera parte del prólogo, pasemos a declarar el texto literal.

Dice pues "La gloria de Aquel que todo mueve, por el universo penetra y resplandece" de tal manera que "en unas partes más, en otras menos". Que resplandece en todas partes lo manifiesta la razón y la autoridad. La razón porque: Todo lo que es, o tiene el ser de si, o lo tiene de otro: pero consta que poseer el ser de si mismo no pertenece sino a uno, es decir, al primero o al principio, que es Dios, porque tener el ser no implica por ello mismo ser necesariamente, y el ser necesario no compete sino a uno, es decir el primer ser y principio que es la causa de todas las cosas; por tanto, todas las cosas que son, con excepción del uno, tienen de otro el ser. Por tanto si consideramos no sólo a cualquiera sino al último ser del universo, es evidente que recibe el ser de otro; y aquel de quien lo recibe, lo tiene de si o de otro. Si lo tiene de si, es el primero, si lo tiene de otro, nuevamente este otro lo tiene de si o de otro. Y como de esta manera se lograría un proceso infinito en la causalidad de los seres, como se prueba en el segundo libro de la Metafísica, es necesario llegar al primero, que es Dios. Y de esta manera, todo ser tiene el ser, mediata o inmediatamente, del primero; porque la causa segunda, de lo que recibe de la primera, influye en lo que causa, como el espejo que recibe el rayo y lo refleja, por donde resulta que la causa primera es más causa. Y esto se dice en el libro De las Causas, a saber, "que toda causa primera influye más en su causado que la causa universal segunda". Y esto referente al ser.

En cuanto a la esencia, lo prueba así. "Toda esencia, fuera de la primera, es causada, de otra manera habría muchas cosas que serían necesariamente por si, lo que es imposible; ahora bien, todo ser causado o deriva de la naturaleza o del intelecto, y todo lo que deriva de la naturaleza lo es del intelecto, pues la naturaleza es obra del intelecto; por tanto todo lo que es causado, es causado por algún intelecto, mediata o inmediatamente. Y como la virtud (10) sigue a la esencia de la que es virtud, tratándose de la esencia intelectiva, toda la virtud proviene únicamente de la esencia que la causa. Y así como primero había que tratar de la causa primera del ser mismo, así ahora de la causa primera de la esencia y de la virtud. Por donde es claro que toda esencia y virtud proceden de la primera, y que las inteligencias inferiores reciben como de un emisor de luz, y entregan los rayos superiores a sus inferiores, a la manera de los espejos. Lo cual bastante claramente se puede ver en Dionisio cuando se refiere a la Celeste Jerarquía (11). Y por esto en el libro De las Causas se dice que "toda inteligencia está llena de formas". Queda claro pues cómo la razón demuestra que la luz divina, es decir la divina bondad, sabiduría y virtud, resplandece por todas partes.

De igual manera y con mayor sabiduría lo demuestra la autoridad. Pues el Espíritu Santo dice por Jeremías (12 ): "Yo lleno el Cielo y la Tierra", y en el Salmo (13) : "¿A dónde iré de tu espíritu? ¿y a dónde huiré de tu rostro? Si subiera al Cielo, allí estás, si descendiera al infierno, también estás. Si tomara mis alas etc." Y la Sabiduría dice: "El espíritu del Señor llenó el orbe de la Tierra". Y el Eclesiástico en el cuarenta y dos: "De la gloria del Señor está llena su obra". Lo que también testifican los escritos de los paganos, como Lucano en el noveno libro: "Júpiter es todo lo que ves, es todo a lo que te diriges". Bien pues se dice que el rayo divino, es decir, la gloria divina "por el universo penetra y resplandece": penetra en cuanto a la esencia, resplandece en cuanto al ser. Sin embargo cuando dice "en una partes más, en otras menos" es una verdad manifiesta, pues vemos en una cosa alguna esencia en grado más excelente que en otra en un grado inferior, como se puede ver en el Cielo y en los elementos, pues éstos son corruptibles, en cambio el Cielo no lo es (14).

Establecida esta verdad, prosigue aludiendo al Paraíso al decir que estuvo en "el cielo que más de su luz recibe", del cual hay que saber que es el cielo supremo, que contiene todos los cuerpos y que no es contenido por ninguno, dentro del cual todos los cuerpos se mueven, mientras él mismo permanece en una quietud sempiterna, y no recibe virtud alguna de ninguna sustancia corporal. Y se lo llama empíreo, lo que equivale a decir cielo inflamado en el fuego de su ardor, no en el sentido de fuego o ardor material, sino espiritual, o sea el amor santo o caridad.

Que de la luz divina es el que más luz recibe puede probarse de dos maneras: una, porque contiene todas las cosas y por nada es contenido; otra, por su sempiterna quietud, es decir, paz. Lo primero se prueba así: El continente se comporta respecto del contenido en el sitio natural como el formante a lo formado, como se dice en el cuarto de la Física: pero en el sitio natural de todo el universo está el primer cielo que todo lo contiene; por tanto se comporta respecto a todas las cosas como el formante a lo formativo, lo que es actuar a manera de causa. Y como toda la fuerza de la causa es un cierto rayo que desciende de la primera causa que es Dios, es manifiesto que aquel cielo que más propiamente es causa, más de la luz divina recibe.

En cuanto a lo segundo, se prueba así: todo lo que se mueve se mueve por algo que le falta y que es el término de su movimiento; como el cielo de la Luna se mueve por una parte de si que no alcanza el lugar a donde se mueve; y como una cualquiera parte de si no logrado aquel lugar, lo que es imposible, se mueve a otro, de allí resulta que se mueve siempre y nunca se aquieta, lo que es su deseo. Y lo que digo del cielo de la Luna, entiéndase de los demás, excepto del primero. Todo lo que se mueve carece de algo y no posee todo su ser simultáneamente. Aquel cielo pues que no es movido por nada, en sí y en cualquiera de sus partes, tiene todo lo que le corresponde de manera completa, por donde no necesita moverse para ser perfecto. Y como toda perfección es un rayo del primero que posee el grado sumo de perfección, se sigue que el primer cielo es el que más luz recibe del ser primero, que es Dios. Sin embargo este razonamiento aparenta anular el anterior, y por tanto simplemente y conforme a la manera de argüir no tiene valor de prueba. Pero si lo consideramos con respecto a su materia, prueba acabadamente, porque se trata de un cielo sempiterno en el cual puede el defecto eternizarse; de tal manera, que si Dios no lo moviera, manifiesto es que no le hubiera dado alguna materia imperfecta, Y por este motivo se afirma el argumento en razón de la materia; modo de argüir parecido a si dijera: si el hombre es, es risible; porque en todas las proposiciones reversibles vale una tal razón por la materia. Por tanto queda claro que al decir "en aquel cielo que más de la luz de Dios recibe", se entiende que se refiere al Paraíso, es decir al cielo empíreo.

Cursados estas razones, adecuadamente el Filósofo dice en el primero de Del Cielo que el cielo "tiene una materia tanto más noble que la de estas cosas inferiores cuanto más alejado está de ellas". Se puede agregar a esto lo que dice el Apóstol a los Efesios de Cristo: "sube por encima de todos los cielos, para llevar todas las cosas a la plenitud (15)". Es decir el cielo de las delicias del Señor; de las cuales delicias se dice contra Lucifer en Ezequiel: "Tú, modelo de perfección, pleno de sabiduría y maravillosamente bello, estuviste en las delicias del Paraíso de Dios"(16) .

Y después de decir, por circunloquio, que estuvo en aquel lugar del Paraíso, continúa diciendo que vio cosas que no puede decir el que de allí desciende. Y se explica: "porque acercándose a su deseo" - que es Dios - "nuestro intelecto va tan profundo, que la memoria no puede seguirlo". Para entender lo cual hay que saber que, en esta vida, el humano intelecto, por la semejanza y afinidad que tiene con la sustancia intelectual separada, cuando se eleva, tanto se eleva, que no puede luego confirmarlo la memoria, en razón de haber trascendido el modo humano de ser. Y esto nos lo insinúa el Apóstol cuando dirigiéndose a los Corintios, les dice: "Sé de un hombre que, estaría en su cuerpo o fuera de su cuerpo, no lo sé, fue arrebatado al tercer cielo, y vio los arcanos de Dios, los que no le está permitido al hombre hablar (17)" . He aquí porqué después que el intelecto elevándose excediera a la humana razón, no recordaba las cosas que ocurrieron fuera de él. Lo que nos insinúa Mateo, cuando los tres discípulos cayeron sobre sus rostros, y nada dijeron después, como completamente olvidados (18). Y en Ezequiel está escrito: "Vi, y caí sobre mi rostro" (19). Y si estas cosas no bastaren a los envidiosos, que lean Ricardo de San Víctor en el libro De la Contemplación, lean san Bernardo en el libro De la Consideración, lean san Agustín en el libro De la Cantidad del Alma, y no envidiarán más. Pero si aún ladraran contra la situación de tal elevación atribuyéndola a defecto del sujeto, que lean a Daniel, donde encontraran que Nabucodonosor, por gracia divina, vio algunas cosas contra los pecadores, de la cuales después no guardó recuerdo. Pues Aquel "que hace salir el Sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre justos y pecadores", algunas veces por misericordia para arrepentimiento, otras por severidad para castigo, a veces más, a veces menos, según quiere, manifiesta algo de su gloria a los viven en el mal.

Vio pues, dice, cosas que "redecir no sabe ni puede". Nota diligentemente que dice "no sabe ni puede": no sabe porque lo olvidó, no puede porque aún recordándose y conservándolo en la memoria, carece de las palabras que le permitirían contarlo. Muchas cosas nuestro intelecto ve de las que carecemos de signos vocales: lo que muy bien insinúa Platón en sus libros por su uso de metáforas, muchas cosas vio en la luz intelectual que no pudo luego expresar apropiadamente con palabras.

Luego dice que dirá aquellas cosas del reino celestial que pudo retener, y de estas dice que son la "materia" de su obra; y que cuáles fueran y cuántas, se verá por el resto del libro.

Después, cuando dice "¡Oh buen Apolo..." expresa su invocación. Y esta parte se divide en dos: en la primera pide invocando; en la segunda, convence a Apolo de su petición, preanunciando una cierta remuneración; y la segunda comienza en "¡Oh divina virtud...". La primera parte a su vez se divide en dos: en la primera pide el auxilio divino, en la segunda señala la necesidad de lo que pide, lo cual justifica la petición, y esto donde dice "Hasta aquí un monte del Parnaso...". Esta es la declaración de la segunda parte del prólogo en general. En especial no lo expondré al presente, pues me urge la angustia de los asuntos familiares, de tal manera que de estas cosas y de otras útiles a la república no pueda ocuparme. Pero espero de vuestra Magnificencia que habrá otra oportunidad de proceder a una útil exposición.

De la parte ejecutiva, que en la división era opuesta a todo el prólogo, ni por divisiones ni comentarios nada diré, sino solamente para decir que aquí se procederá ascendiendo de cielo en cielo, y se discurrirá de las almas beatas de cada orbe, y que aquella verdadera beatitud consiste en percibir la fuente de la verdad, lo que está claro por san Juan: "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, Dios verdadero...", y por Boecio en el libro tercero de De la Consolación donde dice: "El fin es verte a Ti". De aquí es que para mostrar la gloria de la beatitud de aquellas almas, se les pregunta, como a videntes de toda verdad, muchas cosas que tiene gran utilidad y deleite. Y porque, hallado el primero, es decir Dios, nada se busca después, pues es el Alfa y el O, es decir el principio y el fin, como se dice en la visión de Juan, el cual es bendito por los siglos de los siglos.