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"El
reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo,
que hallándolo un hombre lo esconde, y por su alegría va y vende todo lo que tiene y compra ese campo". Evangelio de S. Mateo 13,44. Un adolescente, durante un paseo por la ciudad, encuentra una bellísima criatura de la cual inmediatamente se enamora. Años más tarde la vuelve a encontrar y Amor se apodera de él. Siguen muchas vicisitudes de este secreto amor, alabanzas, desfallecimientos, reencuentros, faltas de amor y arrepentimientos, hasta la muerte de la dama amada seguida de endechas, recuerdos y finalmente una gran paz interior por el bienestar glorioso de la amada, y también por la felicidad de ese amor fiel que está en él. Tal es muy resumidamente la fábula que constituye la estructura básica de este "librito" de sus recuerdos, como lo llama Dante. Pero la lectura atenta y desprejuiciada del texto con sus sorprendentes expresiones, nos arrastra inevitablemente a percibir otro relato subyacente, más profundo, más íntimo, nada trivial, que trata de la necesidad de búsqueda, que todo ser humano experimenta, del conocimiento intelectual, de la sabiduría eterna, de la belleza trascendente, en fin del Amor, siempre el mismo en todas partes, el que al fin de la Divina Comedia es "el Amor que mueve el Sol y las demás Estrellas". Nada sorprendente ni extraño. El mismo Dante no se cansa de hacérnoslo saber con frecuentes insinuaciones e invitaciones a entender otra cosa, y , específicamente, nos explica en El Banquete y también en la Epístola al Gran Can, que sus escritos contienen una pluralidad de sentidos, "polisemos" los llama, que se apoyan en el literal, pero que se despliega en otros, morales, alegóricos, anagógicos (= literalmente "que llevan hacia arriba"). La Vita Nuova, por otra parte, tiene un solo actor. En la primitiva representación griega en los templos, origen del teatro y de la tragedia, la acción la llevaba un solo actor quien, acompañado de un coro que comenta, arguye y reprende, desarrolla el misterio del dios provocando la saludable catarsis de los oyentes. El convincente monólogo, el diálogo con el anónimo coro, la representación teatral ausente y suplida por el discurso que se dirige a la mente, todo colabora para que el espectador realice en sí mismo un cambio interior y un progreso espiritual. De forma semejante, la Vida Nueva tiene un solo actor, Dante mismo, quien nos cuenta las vicisitudes de su alma, acompañado de un esfumado coro de damas, de personajes de súbita y corta aparición, del mismo Amor que lo posee, quienes comentan las situaciones, unas veces para criticarlas, otras para consolarlas, pero siempre permanece ese formidable hilo conductor del argumento que el personaje Dante vive por nosotros y quiere que vivamos con él. La Vita Nuova no está escrita para todos sino solamente para las "damas que tienen inteligencia de amor", "honestas y gentiles" y no para la "gente villana". Las Damas gentiles son tal vez sus compañeros de la orden de los "Fieles de Amor", que a veces lo comprenden, a veces no, que inclusive tratan de disuadirlo de su infatigable y tantas veces desfalleciente búsqueda. Hay la Dama "gentilísima", que es la inefable Beatriz, y la Dama "gentil" del cap. XXXV y ss., la que en el Banquete será interpretada como símbolo de la filosofía. En el mismo Banquete el alma es llamada una "dama" en nosotros. Las Damas gentiles somos también nosotros, sus lectores, a quienes dirige esta obra hecha no para la especulación sino para la acción, para convidarnos a vivir su misma experiencia. Es por eso, y para animarnos, que nos cuenta sus fracasos, como para decirnos que él también, ante la inmensa Belleza, no es más que un ser humano, trastrabillante, y ofuscado por la Luz que lo atraviesa. Tanto quiere Dante que lo comprendamos, que en su última poesía del cap. XLI, nos llama con toda gentileza y ternura "caras damas mías". Notable es ése Amor que lo posee, tan poderoso y tremendo, que en un cierto momento se mete dentro de él para poder mirar, él también, con los ojos de Dante, la inefable belleza de Beatriz. El número nueve es una alerta de que algo importante está ocurriendo. Dante es una gran disimulador, justificado por cierto en el peligroso mundo en el que le tocaba vivir, pero también porque este conocimiento es secreto y oculto, solo para quien también como él lo quiere experimentar. Por eso, muchas veces con su aparente ingenuidad nos da explicaciones de sus palabras, como lo hace en el cap. XXIX, acerca del número nueve. Vale la pena también recordar, que la letra "I" es la novena del abecedario, y que en el Paraíso de la Divina Comedia, le hace decir a Adán que "I" fue el primer nombre de Dios. También en los templos Templarios se exigía nueve años de servicio al aprendiz antes de ascender al siguiente grado. Y los colores, rojo y blanco, de la hábito templario, son los mismos con los que aparece Beatriz en los capítulos II y III, "color sanguíneo" y "blanquísimo". Color rojo tan significativo para Dante, quien luego de su distracción con la dama "gentil", entra en una imaginación en la que ve a Beatriz como en el primer día, vestida de color de sangre, como para recordarle cómo había empezado (cap. XXXIX). Nótense también las transfiguraciones y las visiones del actor. Siempre que algo importante sucede, Dante es trasladado a un ensueño o fantasía donde ocurren cosas tremendas y que significan un cambio fundamental en su vida. A veces tenemos la impresión de que dichas fantasías son representaciones rituales, como si Dante, veladamente, nos trasmitiera fases de su iniciación al Amor. Evidentemente no comprendemos, ni de lejos, acabadamente, todo lo que la Vita Nova parece querer decirnos. Pero bástenos lo que podamos entender. Bástenos ése presentimiento de la Belleza y el Amor inefables que sentimos al releer sus cordiales poesías, tan llenas de imágenes simbólicas, tan cautivantes, que tantas veces nos dejan pensando, que es para lo que fueron escritas. Bástenos esa alegría que se percibe a través de todo el escrito, esa alegría íntima y profunda; porque, si bien la obra es el "canto de una privación" como dijera P. Claudel de la tragedia, hay un hondo consuelo que diluye lo trágico de la situación, la firme y estable posesión de una paz profunda, de una alegría ganada de una vez para siempre, de una "inteligencia nueva" que ya no se podrá perder, y que es garantía y arras del reino de los Cielos. |