XXVIII
Quomodo sedet sola civitas plena populo! Facta es quasi vidua domina gentium
(¡Cómo ha quedado sola la ciudad llena de gente! Ha venido a ser como
viuda, la que era señora de pueblos!.) (1) Me hallaba yo todavía en
el intento de esta canción, y no había terminado aún la composición arriba
citada, cuando el señor de la justicia llamó a esta gentilísima para que
fuera a la gloria bajo la enseña de aquella reina bendita virgen María,
cuyo nombre fuera tenido en grandísima reverencia por esta Beatriz bendita.
Y aunque ahora me agradaría tratar algo de su partida de nosotros, no
es mi intención exponerlo aquí por tres razones: La primera es que no
es parte del presente propósito, si queremos mantenernos dentro de lo
dicho en el proemio que encabeza este libro; la segunda es que, aún cuando
fuera parte del presente propósito, aún así no bastaría mi lengua a tratar
de ello en forma conveniente; la tercera es que, aún cuando fuera una
y otra cosa, no es conveniente que yo trate de ello, porque, tratándolo,
vendría a ser alabancioso de mí mismo, lo cual, finalmente, es reprochable
a quien lo hiciera. Sin embargo, como el número nueve mucha veces ha estado
entre los dichos anteriores, por donde al parecer no es sin razón, y que
en su partida parece tal numero parecer haber tenido mucha importancia,
viene bien decir aqui alguna cosa, por el hecho de parecer convenir al
propósito. Por donde primero diré cómo el nueve tuvo lugar en su partida,
después le asignaré alguna razón de porqué este número fue tan amigo de
ella.
XXIX
Digo pues, que según el uso de Arabia, su nobilísima alma partió en la
primera hora del noveno día del mes (2); y según la costumbre de Siria,
ella partió en el noveno mes del año, porque allí el primer mes es Trivin,
que es para nosotros Octubre; y según nuestra usanza ella partió en aquel
año de nuestra forma de contar, es decir del año del Señor, en el cual
el número perfecto se había cumplido nueve veces en aquel siglo en el
que ella arribó a este mundo (3), y ella fue de los cristianos del siglo
decimotercero. De porqué este número fue de ella tan amigo, podría ser estauna razón: como resulta, según Ptolomeo y según la cristiana verdad,
que nueve son los cielos que se mueven, y, según la común opinión astrológica,
los dichos cielos obran aquí debajo de consuno conforme a su naturaleza,
este número fue su amigo para dar a entender que en su nacimiento todos
los nueve móviles cielos se correspondían perfectísimamente. Esta es una
razón de ello; pero más sutilmente pensando, y conforme a la infalible
verdad , este número fue ella misma; lo digo simbólicamente, y lo entiendo
así. El número tres es la raíz del nueve, porque, sin necesidad de otro
número, por sí mismo hace nueve, como manifiestamente se ve que tres por
tres da nueve. Por tanto si el número tres es por sí mismo factor del
nueve, y el factor por sí mismo de los milagros es el tres, es decir Padre
e Hijo y Espíritu Santo, los cuales son tres en uno, esta dama fue acompañada
de este número nueve para dar a entender que ella era un nueve, es decir
un milagro, cuya raíz, es decir del milagro, es únicamente la admirable
Trinidad. Tal vez todavía para alguna más sutil persona se vería en ello
una más sutil razón; pero esta es la que más me acomoda, y que más me
place.
XXX
Después que partió de este siglo, quedó la dicha ciudad como viuda despojada
de toda dignidad; por donde yo, todavía lagrimeando en esta desolada ciudad,
escribí a los príncipes de la tierra algo de su estado, tomando de aquel
comienzo del profeta Jeremías que dice: Quomodo sedet sola civitas.
Y esto lo digo no sea que nadie se maraville de porqué puse esta cita
al comienzo, casi como una entrada del nuevo tema que viene después. Y
si alguien quisiera reprenderme por ello, que no haya escrito aquí los
términos que se incluían en lo alegado (4), me excuso, porque desde el
principio no fue mi intención escribir de otra manera que en lengua vulgar;
por donde, como los términos que se incluían en lo alegado son todos en
latín, estaría fuera de mi compromiso si lo escribiera aquí. Y el misma
propósito sé que tuvo aquel mi primer amigo a quien le escribo
de esto, es decir, que siempre yo le escribiera solamente en vulgar (5)
.
XXXI
Luego que mis ojos hubieron por un tiempo lagrimado, y tan fatigados estaban
que no podía desahogar mi tristeza, pensé en querer desahogarla con algunas
palabras dolorosas; y entonces me propuse hacer una canción, en la cual,
llorando, razonara de ella, por la cual tanto dolor vino a ser destructor
demi alma; y comencé entonces una canción que comienza así: Los ojos
dolientes por la tristeza del corazón. Y dado que esta canción
parece que quedará más viuda aún cuando la haya terminado, la dividiré
antes de escribirla; y de esta manera haré de ahora en adelante. Digo
que esta misérrima canción tiene tres partes: la primera es proemio; en
la segunda razono de ella; en la tercera hablo a la canción acongojadamente.
La segunda parte comienza en: Así pues Beatriz está. La tercera
en: Piadosa canción mía. La primera parte se divide en tres: en
la primera digo qué me mueve a escribir; en la segunda digo a quien deseo
hablar; en la tercera digo de quien quiero hablar. La segunda comienza
en: Y como recuerdo. La tercera en: Y de ella diré. Después
cuando digo: Así pues Beatriz está, razono de ella; y de esto hago
dos partes: primero digo la razón por la que nos fue quitada; después
digo como otros lloran por su partida, y esta parte comienza en: Partióse
de su. Esta parte se divide en tres: en la primera digo quien no la
llora; en la segunda digo quien la llora; en la tercera hablo de mi condición.
La segunda comienza en: me le vienen la tristeza y el querer.;
la tercera en: Fuerte angustia. Después cuando digo: Piadosa
canción mía, háblole a esta canción, indicándole a que damas vaya,
y que se esté con ellas.
LOS
OJOS DOLIENTES POR LA TRISTEZA DEL CORAZÓN
han sufrido la pena del llanto,
tanto, que en adelante serán los vencidos.
Ahora bien, si desahogar quiero el dolor,
que poco a poco a la muerte me lleva,
conviene que hable en lamentos.
Y como recuerdo de lo que hablaba yo
de mi dama, cuando vivía,
damas gentiles, buenamente con vosotras,
no quiero hablar a ninguna otra,
sino a corazón gentil que en dama sea;
y de ella diré llorando, pues
al cielo súbitamente se ha ido
y ha dejado a Amor doliente conmigo .
Así pues Beatriz
está en el alto cielo,
en el reino donde los ángeles tienen paz,
y está con ellos, y a vosotras, damas, ha dejado:
no nos la llevó la cualidad del hielo
ni del calor, como con otras hace,
mas sólo fue su gran benignidad;
porque, resplandeciente de humildad
cruzó los cielos con tanta virtud
que maravilló al eterno Sire,
tanto que un dulce deseo
lo llevó a llamar tanta salud,
y hacerla a subir a él desde aquí abajo,
porque veía que esta vida tediosa
no era digna de tal cosa.
Partióse de su
bella persona
llena de gracia la gentil alma,
para gloriar en lugar digno.
Quien no la llora, cuando piensa en ella,
corazón tiene de piedra tan malvado y vil
que en él no puede entrar espíritu benigno.
No hay en corazón villano tan alto ingenio
que pueda imaginar bastante de ella,
ni tampoco en él surge el doloroso llanto:
mas le vienen la tristeza y el querer
suspirar y morir de llanto,
y de todo consuelo al alma privar
a quien ve en su pensamiento algunas veces
cómo ella era, y cómo fuele sustraída.
Fuerte angustia
obran en mi los suspiros
cuando el pensamiento en la mente grave
me trae a aquella que el corazón me ha partido,
y muchas veces pensando en la muerte
me viene un deseo tan suave,
que el color del rostro me transmuta.
Y cuando la imaginación en mi tanto se asienta,
me acosan tantas penas de todas partes
que me estremezco del dolor que siento;
y de tal manera transformado quedo
que me aparto de la gente avergonzado.
Después llorando, sólo en mi lamento
llamo a Beatriz y digo: "¿Es que estás muerta?";
y mientras la llamo, hallo consuelo.
Llorar dolor y
suspirar angustia
me oprime el corazón donde me encuentre solo,
tanto que sería un martirio para quien me oyera;
y cómo ha sido mi vida, luego
que mi dama fuera al
siglo nuevo,
no habría lengua que decirlo supiera:
y con todo, damas mías, aunque quisiera,
no sabría deciros bien cuál me encuentro,
tanto me trabaja la acerba vida:
tan envilecida vida
que todos parecen decirme: "Yo te abandono",
viendo mis labios muertos.
Pero cuál yo sea mi dama bien lo sabe,
y aun de ella merced espero.
Piadosa canción
mía, vete ahora llorando;
y encuentra a las damas y doncellas
a las que tus hermanas
acostumbraban llevar alegría,
y tú, que hija eres de la tristeza,
vete desconsolada a estar con ellas.