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Proponemos
aqui una version del Asclepio (el Esculapio latino) última
parte del Corpus Herméticum. Nos hubiera gustado disponer
de suficiente tiempo como para revisarla en detalle, pero a falta
del mismo y para no privar a nuestros lectores de un texto tan importante,
lo hemos dejado como surgió de nuestro trabajos de traducción
realizados hace ya varios años.
El texto de este tratado ha sido conservado en latin en su totalidad, y existen breves párrafos conservado en griego, en citas de escritores y de la patrística griegos. El texto latino ofrece algunas grandes dificultades, especialmente cuando el traductor latino, que usa un bajo latin, recurre a una misma palabra para vertir dos términos griegos, por ejemplo la voz griega HYLE, que significa materia, y la voz griega KOSMOS que significa mundo, ambas frecuentemente las traduce con una sola palabra: MUNDUS, lo que en algunos párrafos ofrece dificultades casi insalvables. Sin contar además que el griego es una lenguaje de alta precisión gracias al uso de partículas y artículos que el latin carece, y especialmente en esta descuidada traducción latina. En fin si el tiempo y las exigencias de la vida nos dan un respiro, prometemos revisarla, dividirla en capítulos que mejoren su interpretación y agregarle notas aclaratorias donde fuera necesario. Hasta entonces, aquí queda para vuestro disfrute. [ASCLEPIO : ASCLEPIO PARA MI ES EL SOL]
Libro
sagrado de Hermes Trismegisto dirigido a Asclepio.
1
Dios, sí, Dios te trajo, ¡oh Asclepio!, a que asistieras
a esta conversación divina, que lo es con razón, porque
de todas las que hasta ahora tuvimos o que a nosotros nos inspiró
el númen divino, esta aparecerá, por su escrupulosa
piedad, como la más divina. Que si te mostraras capaz de
comprenderla, tu alma será colmada de todos los bienes -
si es que en verdad hay muchos bienes y no Uno sólo, en el
que están todas las cosas. Porque ambos términos son
recíprocos, pues todas las cosas dependen de Uno y este Uno
es todas las cosas. De tal manera están unidos uno al otro
que es imposible separarlos. Pero entenderás ya estas cosas
a lo largo de la exposición de nuestro discurso, si prestas
diligente atención.
Ahora,
oh Asclepio!, ve y llama a Tat, que no está muy lejos, para
que él también asista.
Venido
Tat, Asclepio propuso que también asistiera Amón.
A lo que Trismegisto dijo: "No hay en mí animadversión
alguna en su contra: antes bien recuerdo que a él le dirigí
muchos de mis escritos, como lo hice también con Tat, hijo
muy amado y querido, a quién consagré muchos tratados
de la naturaleza, e innumerables exotéricos. Pero este tratado
de hoy lo escribiré en tu nombre.
Luego
de Amón, no llames a nadie más, no sea que un tema
tan religioso y de tanta importancia sea profanado por la presencia
e intervención de muchos. Es impío divulgar masivamente
un asunto tan lleno de la entera majestad de Dios."
Entrado
Amón al santuario y lleno el santo lugar de la piedad de
los cuatro varones y de la presencia divina, embargados en venerable
silencio, pendía el ánimo de todos de los labios de
Hermes, cuando el divino Cupido comenzó así:
-
Oh Asclepio!, toda alma humana es inmortal, pero no todas lo son
de la misma manera, difieren en el cómo y en el cuándo.
-
Pero Trismegisto ¿no son todas las almas iguales?
-
¡Ay Asclepio, qué rápido dejaste el camino verdadero
de la razón! ¿No dije ya que Todo es Uno y Uno es Todo,
puesto que todas las cosas estaban en el Creador antes que las creara?
Y no sin razón se dice que El es todas las cosas pues todas
son partes suyas. Tendrías que recordar siempre en toda esta
discusión que Uno es el Todo, y El mismo, el Creador de todas
las cosas.
Todo
baja del Cielo a la tierra, al agua y al aire, y sólo el
fuego, que va hacia arriba, vivifica, y lo que va hacia abajo a
él se subordina.
Todo
lo que de lo alto desciende es generador, y por el contrario lo
que emana hacia arriba es nutriente. Solo la Tierra, que es propio
sostén de sí misma, es receptáculo de todas
las cosas, y restituidora de todas las especies que antes acogió.
Esto es pues el Todo, como te recordarás, que contiene todas
las cosas y es todas las cosas.
La
Naturaleza contiene y envuelve al Alma y al Mundo, y los agita a
fin de que, producidas las variadas cualidades de todas las múltiples
figuras de todas las cosas, se reconozcan, por las diferencias,
los infinitos aspectos de las especies, que sin embargo están
unificadas de manera tal que finalmente se puede contemplar cómo
el Todo es Uno, y cómo está compuesto de todas las
cosas.
3	Ahora
bien, cuatro son los elementos de los que está formado el
Mundo, a saber, fuego, agua, tierra, aire. Pero Uno es el Mundo,
Una el Alma, Uno Dios.
Préstame
ahora toda tu atención, cuanto pueda tu mente, cuanto valga
tu astucia. Porque la razón de lo divino, que se conoce por
aplicación de la mente divina, es semejante a un torrente
que se precipita de lo alto con impetuosidad incontenible, de manera
que, por la gran rapidez, se adelanta a nuestra percepción,
no sólo de los que la están escuchando sino también
de los que la enseñamos.
Prosigamos.
El Cielo, dios sensible, es quien administra todos los cuerpos,
cuyo crecimiento y disminución dependen del Sol y de la Luna.
Pero el Cielo, y la misma Alma y todas las cosas, Dios que las creó
es el que las gobierna. Desde todos estos cuerpos celestes, gobernados
por Dios mismo, emanan constantes influencias que se ejercen a través
de la materia y del ser íntimo de todas las especies y de
cada individuo en la general naturaleza. La materia ha sido preparada
por Dios para ser el receptáculo de las formas múltiples
individuales, pero la Naturaleza conforma la materia en lo particular
por medio de los cuatro elementos y conduce hasta el Cielo la totalidad
de los seres que complacen las miradas de Dios.
4
Todas las cosas pues que dependen de lo alto se dividen en formas
individuales de la siguiente manera: Los individuos de cada género
toman la forma del género, de manera que el género
mantenga su uniformidad como totalidad, y el individuo sea una individualidad
suya. No es así sin embargo en los dioses, en los cuales
cada individuo es su propio género. Lo mismo ocurre en los
demonios. El género de los hombres, e igualmente el de las
aves y el de todos los seres que contiene el Mundo engendra a los
individuos dentro de su propia similitud. Hay otro género
de seres vivos, género en verdad sin alma pero no carente
de reacción, por donde mejora con los buenos tratos y decae
y perece con los malos. Me refiero a todos los que viven de la integridad
de sus raíces y ramas, y que abundan dispersos por toda la
tierra.
	Por
su parte, el Cielo está lleno de dioses, cuyos géneros
superiores habitan allí como individuos, los cuales, todos
sin excepción, son inmortales. Por otro lado, los individuos
son parte del género, como el hombre de la humanidad, de
donde se sigue que, a pesar de que todos los géneros son
inmortales, no todos los individuos lo son. Es que en el género
de los dioses, el género y el individuo son inmortales, pero
en los demás, el género sólo tiene la eternidad,
porque aunque el individuo muera, se conserva gracias a la fecundidad
de los nacimientos, y, en consecuencia, los individuos son mortales,
de manera que los hombres son mortales, pero la humanidad es inmortal.
5
Por otra parte, los individuos de todos los géneros se entremezclan
con todos los géneros, unos porque fueron hechos antes, otros
porque derivan de aquellos que fueron hechos. Y las seres que derivan
lo hacen o a partir de los dioses, o de los dáimones o de
los hombres. Es imposible que los cuerpos se formen sin el apoyo
divino, que los individuos se configuren sin ayuda de los dáimones,
y lo seres sin alma que puedan plantarse y cultivarse sin los hombres.
Por consiguiente si cualquier dáimon proveniente de su género
a la individuación, se encontrare junto a algún individuo
del género divino, por causa de la proximidad y del comercio
con éste, será considerado semejante a los dioses.
En cambio los individuos de los dáimones que se mantuvieren
en la cualidad de su género, a éstos los llamamos
dáimones amantes de los hombres. Lo mismo ocurre con los
hombres o aún más. Múltiples y variados son
los ejemplares humanos, y cada uno, proveniente y en comunicación
con el género antes mencionado, entra en intensa comunicación
con muchos individuos y, por necesidad, casi con todos. De tal manera
que casi llega al estado de un dios el que, por la Mente, por la
que está unido a los dioses, se une a ellos por medio de
la religión divina; como a los dáimones el que a ellos
unido está, y todos los demás individuos humanos se
asemejarán al género de los individuos que frecuenten.
6
¡Oh Asclepio, qué gran maravilla es el hombre, un ser
vivo digno de reverencia y de honor, que puede casi como traspasarse
a la naturaleza de un dios, como si él mismo fuera un dios!
Conoce al género de los dáimones, pues sabe que con
ellos tiene un origen común. Desprecia en sí lo que
tiene de humano para pasar a entregarse a su otra parte divina.
¡Oh, de qué mezcla privilegiada fue hecho el hombre!
Unido a los dioses por la parte que tiene connatural con ellos,
su propia parte terrenal desprecia en conciencia; los demás
seres, a los que está necesariamente unido por disposición
divina, los abraza a sí por el lazo del amor. Alza al Cielo
la mirada. Y así pues, está colocado en la feliz posición
del mediador, a fin de que otorgue su amor a lo inferior a él,
y sea amado por los superiores a él. Cultiva la tierra, se
confunde con los elementos por la velocidad de la mente, desciende
a las profundidades del mar por la penetración de su espíritu.
Todo lo alcanza. El Cielo no le parece demasiado alto, pues la sagacidad
le permite medirlo como si lo tuviera en la mano. Ninguna bruma
del aire obscurece la atención de su espíritu. La
compacta tierra no detiene su labor, ni la inmensa profundidad de
las aguas obstaculiza su mirada. Es, a la vez, todas las cosas,
y está, a la vez, en todas partes. 	
Todos
los géneros de seres vivos que tienen alma, poseen raíces
que van desde arriba hacia abajo, los que en cambio no tienen alma,
crecen de abajo hacia arriba expandiendo sus ramas desde las raíces.
Algunos tienen dos tipos de alimentos, otros uno sólo. Dos
son los alimentos, los del alma y los del cuerpo, ambas partes que
forman el ser vivo. El alma se alimenta del movimiento del Cielo
siempre cambiante. Los cuerpos crecen de lo que se toma del agua
y de la tierra, los alimentos del mundo inferior. El Espíritu,
que todo lo invade, entremezclado con todas las cosas a todas otorga
vida, y agrega al hombre la mente en más del entendimiento
o razón. Mente, quinta parte, sólo al hombre concedida,
y que proviene del Éter, y, de esta manera, al hombre, sólo
al hombre de entre todos los seres vivos, la Mente adorna y sostiene,
eleva y exalta para que llegue al conocimiento del Nombre divino.
Pero
he sido llevado a hablar de la mente, cuya enseñanza, sublime
y altísima y no inferior a la enseñanza sobre la misma
Divinidad, os expondré de aquí a poco. Pero ahora
continuaré terminando lo que empezamos.
7	Os
hablaba al comienzo del tema de la unión con los dioses,
de la que sólo disfrutan los hombres por concesión
de los dioses mismos - me refiero a aquellos que han alcanzado tal
felicidad y don de percibir por la mente aquel divino conocimiento
del Nombre, divinísima Mente que sólo en Dios existe
y en el hombre.
-
Pero la mente ¿no es la misma para todos los hombres?
-
No todos los hombres, Asclepio, poseen la verdadera mente, sino
que se dejan engañar por la fantasía arrastrados por
la precipitación, sin nada confrontar con ninguna razón
verdadera, fantasía que da origen a la maldad en las mentes,
y transforma un magnífico ser vivo en una fiera y de costumbres
propias de brutos. Pero de la Mente y de asuntos similares les daré
explicación cuando también tratemos del Espíritu.
Pues
bien, el hombre es el único ser vivo doble: una de sus partes
es simple, la que los griegos nombran OUSIODES y que traducimos
"figura de la semejanza divina". Las otra parte es cuádruple,
que los griegos llaman HYLIKON y nosotros "material",
de la que está hecho el cuerpo, que envuelve a la otra parte
que hemos llamado divina rodeándola, y en la cual, protegida,
como detrás del muro del cuerpo, reposa, sóla consigo
misma, la divinidad de la intimidad pura del alma, y sus parientes,
los sentidos de la mente.
-
¿Y qué necesidad hubo, oh Trismegisto, de poner al hombre
en el mundo material y no en aquella parte, donde Dios habita, y
que viva en la suprema felicidad?
-
¡Qué bien cuestionas, oh Asclepio! y rogamos al Dios
que nos conceda la facultad de explicarte este tema. Como todas
las cosas dependen de su Voluntad, tanto ella como las cosas que
se refieren a la entera Sublimidad, son los asuntos cuya explicación
buscamos.
8	Escucha,
pues, Asclepio. El Señor y Hacedor del Universo, que con
razón llamamos Dios, que hizo un segundo dios que pudiera
verse y tocarse, - dios segundo que llamé "sensible"
no debido a que sienta (de lo cual, si siente o no, lo diremos en
otro lugar) sino a que cae bajo el sentido de los que lo contemplan
- cuando, pues, Dios, de sí el primero, hubo producido este
segundo y lo hubo visto hermoso, pues contiene en plenitud la bondad
de todas las cosas, lo amó como parto de su divinidad. Y
entonces, como Todopoderoso y Bueno, quiso hacer otro más
que pudiera contemplar al que había sacado de sí mismo,
e inmediatamente hace al Hombre, imitador de su Nombre y de su Diligencia.
La sóla Voluntad de Dios es la Perfección suma, de
tal modo que en un mismo y único instante de tiempo coexisten
su querer y su realizar. Como hizo al hombre OUSIODES y comprendió
que no podría tomar cuidado de todas las cosas si no lo pusiera
dentro de una textura material, le tejió un domicilio corporal
y mandó que todos los hombres fueran compuestos de ambas
naturalezas, confundiéndolas y mezclándolas tanto
como fuera necesario. Entonces el hombre quedó conformado
de alma y cuerpo, es decir de la naturaleza eterna y de la mortal,
de tal manera que conformado así como ser vivo pudiera dar
satisfacción a sus ambos orígenes: mirar y adorar
las cosas celestes, y cultivar y gobernar las terrenas.
Con
todo y en este caso, llamo "mortales" no al agua y a la
tierra, que junto a los otros dos elementos están sometidas
al hombre, sino a las cosas que el hombre hace en ellas o a partir
de ellas, como la agricultura y la ganadería, la arquitectura,
los puertos, la navegación, las comunidades, las relaciones
mutuas, que son un lazo firmísimo que une a la humanidad
consigo misma y con la parte del mundo que son el agua y la tierra.
Esta parte terrena del mundo se conserva por el conocimiento y ejercicio
de las artes y las ciencias, sin las cuales no quiso Dios que el
mundo fuera perfecto. Y lo que al Dios le place síguese necesariamente,
porque el ser acompaña su querer. Y no es creíble
que al Dios le venga a disgustar lo que quiso en primer lugar, porque
sabía mucho antes lo que habría de existir y que le
complacería.
9	Pero
ahora, Asclepio, estoy viendo ya con qué ansiedad y atención
estás esperando oír acerca de cómo el hombre
puede amar y cuidar del Cielo y de las cosas que hay en él!
Escucha pues ¡oh Asclepio!: 	Amar el Cielo y amar los
seres que están allí consiste sólo y únicamente
en rendirles frecuente honor y reverencia. Esto no lo puede hacer
ningún otro ser vivo, ni los dioses ni los animales, sino
sólo el hombre. El Cielo y los seres celestes se complacen
en la admiración de los hombres, en su adoración,
sus alabanzas, sus ofrendas reverentes. No es sin causa que para
estar entre los hombres fue enviado por la suma Deidad el coro de
las Musas, es decir, para que el terreno mundo no fuera siempre
salvaje por falta de la suavidad y dulzura de la música,
para que, por el contrario, con cantos inspirados por las Musas,
los hombres celebraran alabanzas a Aquel que siendo único
es el Todo y Padre de todas las cosas, de forma que a las alabanzas
celestes no dejara de corresponder, en la tierra, una suave armonía.
A unos poquísmos hombres, hombres de limpio raciocinio, les
fue otorgado el venerable cuidado de observar el cielo.
Los
que en cambio en virtud de la doble tendencia de su naturaleza y
arrastrados por la pesada mole del cuerpo, descendieron al raciocinio
inferior, está encargados del cuidado de los elementos y
de cosas más inferiores aún.
Por
consiguiente, el hombre es un ser vivo, y no digo que sea inferior
por su parte mortal, sino que aún más y como engrandecido
por el hecho de ser mortal, está capacitado con mayor aptitud
y eficacia para un objetivo específico, a saber, que como
no podría ser útil a ambas naturalezas si de ambas
no hubiera sido hecho, fue hecho de ambas, para que se ocupara de
cuidar la Tierra y de amar a la Deidad.
10	La
enseñanza que sigue ahora, quiero, Asclepio, que la escuches
con sagaz atención y a más con la vivacidad de tu
espíritu. Muchos considerarán que no merece fe, pero
debe ser recibida en las almas sanas como entera y verdadera.
El
Señor de la Eternidad es el primer Dios, el Mundo es el segundo,
el Hombre es el tercero. Dios es el Hacedor del mundo y de todas
las cosas que habita, y a la vez a todas gobierna con el hombre,
el gobernador adjunto. Si el hombre, pues, toma en cuenta todas
estas cosas, es decir, cuida de lo que le compete, actuará
de manera que el mundo venga a ser su ornamento, y él, a
su vez, lo sea del mundo, a fin de que el hombre, gracias a su doble
estado divino, sea llamado un mundo, o como los griegos, con mejor
término, un cosmos. El hombre se conoce a sí mismo
y conoce al mundo, es decir, que recuerda lo que es conveniente
a sus partes, qué cosas le conviene usar y a qué cosas
es necesario que preste servicios, que se reconozca ofreciendo máximas
alabanzas y gracias al Dios, venerando su imagen, sabedor que él
mismo inclusive es la segunda imagen de Dios, de quién existen
dos imágenes: el mundo y el hombre. Por donde resulta que,
aunque es un sólo conjunto, por la parte por la que es divino
y que está formada por el alma y la mente, el espíritu
y la razón, como por elementos superiores, es capaz de ascender
al Cielo, pero por la parte material, que consta de fuego, agua
y aire, mora mortal en la tierra, no sea que Viuda la abandone y
deserte todos los mandatos a él confiados.
Así
es pues como la humanidad ha sido hecha, por un lado divina, por
otro mortal, consubstanciada en un cuerpo.
11	La
grandeza de este doble ser, el hombre, es en primer lugar la piedad,
a la que sigue la bondad. Bondad que no es perfecta si no cuando
revestida de la virtud del desprecio del deseo de todas las cosas
extrañas al hombre. Y son extrañas todas las cosas
que no tienen parte alguna con la conversación divina, es
decir, todo lo que se posee por deseo terrenal y que con verdad
se llaman "posesiones", por que no nacieron con nosotros,
pero comenzaron luego a ser poseídas por nosotros, por donde
correctamente se llaman posesiones. Pues bien, todas las cosas de
este tipo son extrañas al hombre, inclusive el cuerpo, con
el fin de que lleguemos a despreciar lo que apetecemos y el cuerpo,
causa del vicio de apetecer. Y, para llegar a donde me lleva el
impulso del razonamiento, digamos en fin que el hombre no debería
ser hombre sino para que, ejerciendo la contemplación de
su parte divina, despreciara y desdeñara la parte mortal
que a él está unida a los efectos del necesario cuidado
del mundo inferior.
Ahora
bien, para que el hombre fuera completísimo en ambas partes,
advierte que fue formado, en cada una de ellas, con cuatro elementos:
dos pies y dos manos y los demás miembros del cuerpo para
que sirva al mundo inferior, es decir, terreno; y aquellas cuatro
partes que son el espíritu,
la
mente, la memoria y la facultad de prever, por medio de las cuales
conoce y contempla todas las cosas divinas. De donde resulta que
se dedica a indagar la entera diversidad de las cosas, sus cualidades,
sus efectos, su magnitud, con inquieta curiosidad, pero, arrastrado
por el peso y la extrema malignidad del cuerpo, no puede penetrar
a fondo y apropiadamente estas mismas causas de la naturaleza de
las cosas, que en sí son verdaderas.
De
tal forma, pues, hecho y conformado, puesto por el máximo
Dios a cargo de tal ministerio y tal ofrenda, para que ordenadamente
conserve mundo al mundo y rinda culto al Dios, cumpliendo con dignidad
y eficiencia la voluntad del Padre en ambos roles, a un tal ¿con
qué recompensa crees que deberá ser recompensado -
puesto que, siendo el mundo la obra de Dios, quién conserve
e incremente diligentemente su belleza coopera con la voluntad de
Dios, ya que por medio del instrumento, que es su cuerpo, cuida
y embellece en el trabajo diario la hermosa figura del mundo que
Dios creó para un divino propósito - sino con aquella
que recompensó a nuestros padres y que también nos
recompensará a nosotros, si fuera del agrado de la divina
misericordia y que tanto esperan nuestros piadosísimos deseos,
es decir, que cumplido nuestro servicio y ya libres de la custodia
del mundo, puros y libres de todo lo terreno nos restituya a la
parte superior, es decir divina, de nuestra naturaleza?
12	-
Lo que dices es justo y verdadero, ¡oh Trismegisto!
-
Este es el premio para los que viven en piadosa relación
con Dios y diligentes con el mundo. Por el contrario, a los que
vivan en la impiedad se les negará el premio y, aún
más, migrarán a un otro cuerpo vergonzoso, incapaz
por indigno de lograr la pureza espiritual.
-
De acuerdo a como va tu discurso, ¡oh Trismegisto!, el espíritu
humano está en peligro de malograr la esperanza de la eternidad.
-
Es que a algunos les parecerá increíble, a otros pura
fábula y a otros una ridiculez, ¡tan dulce es gozar
de los bienes que se obtienen en esta vida corporal! Lo toman, por
así decir, por el cuello, para que se arraigue en su parte
mortal, y la maldad, envidiosa de la inmortalidad, no permite que
se dé cuenta de su parte divina. Casi adivinando el futuro
te diré también que después de nosotros no
existirá ya el amor simple y sencillo, la filosofía
del frecuente deseo de conocer la divinidad y de la santa religión,
porque son muchos los que ya la corrompen de muchas maneras.
-
Pero ¿cómo es posible que tantos hagan de la filosofía
algo incomprensible, y la corrompan de tan variadas maneras?
13	-
¡Ay Asclepio! es así como hacen: la mezclan astutamente
a disciplinas que separadas no son comprensibles, como la aritmética,
la música, la geometría. Porque hubiera sido preciso
buscar, en las demás ciencias, la pura filosofía que
nace de la sola divina piedad, y admirar el retorno de los astros
a sus presignadas posiciones, y cómo sus cursos obedecen
a la permutación de los números, admirar a su vez
las dimensiones de la tierra, sus cualidades y su tamaño,
la profundidad del mar, el vigor del fuego, la actividad y la naturaleza
de todas estas cosas, reverenciar y alabar dignamente el Arte y
la Mente divinas. Conocer la música no es sino tener conciencia
del orden que reina en todas las cosas y qué destino le dio
a cada una la divina Razón: pues el Orden de todas las cosas
y de cada una en particular, armado por la Razón del Artífice
para un sólo Todo de Todas, compone una sinfonía dulcísima
y verísima de divina música.
14	Entonces,
los que vendrán después de nosotros, decepcionados
por la astucia de sofistas, se apartarán de la verdadera,
pura y divina filosofía.
Pues
el rendir culto a la divinidad con simplicidad de mente y espíritu
y el venerar sus hazañas, el dar gracias también a
la Voluntad de Dios, que es la plenitud del Bien, ésa es
la filosofía no violada por ninguna curiosidad inoportuna
del espíritu. Y baste por ahora sobre el tema.
Vengamos
entonces a ocuparnos del espíritu y de asuntos relativos.
Fue
una vez Dios e "Hylé", palabra griega que traducimos
como Materia. El Espíritu estaba junto a la Materia, o mejor
dicho estaba dentro de la Materia, bien que no de la misma manera
como estaba en Dios ni como aquellos (principios?, dioses?, esencias?)
de los que nació el mundo estaban en Dios. Porque todavía
no habían nacido, aunque ya existían en El, de donde
luego habrían de nacer. Y por los que "no habían
nacido", no queremos referimos solamente a los que todavía
no habían venido a nacer, sino también a los que carecen
de la facultad de generar, es decir de los cuales nada puede nacer.
Porque todo los que poseen la facultad de engendrar, son generadores
y de ellos se puede nacer, aunque no hayan nacido de sí mismos.
(Porque nadie duda que se pueda nacer fácilmente de aquellos
que nacieron de sí y de los que todas las cosas nacen). Por
consiguiente Dios sempiterno no puede ni pudo ser engendrado: así
fue, así es y así será siempre. Esto es la
naturaleza de Dios, un entero proceder de sí mismo.
Por
su parte, "Hylé", la naturaleza de la Materia,
y el Espíritu, aunque no aparezcan como engendrados de un
principio, poseen sin embargo la capacidad, en sí mismos,
de nacer y de engendrar. El inicio de la fecundidad está
en la manera de ser de sus naturalezas, que poseen en sí
la fuerza y la realidad de concebir y parir. Por donde solas, pues,
son capaces de engendrar, sin el concurso de nadie que las haga
concebir.
15	En
cambio, respecto de las cosas que no pueden concebir sin el concurso
de la unión con otro, es necesario pensarlas de tal forma
que consideremos el espacio o lugar del mundo y todas las cosas
que contiene como
inengendrado,
porque en sí contiene el poder universal de generación.
Hablo del espacio en el que están todas las cosas, porque
nada podría haber existido sin el espacio que pudiera contenerlas
a todas - nada podría existir si antes no se le hubiera asignado
un lugar - : no se podría hablar de cualidades, ni de tamaños,
ni de posiciones, ni de actividades de las cosas que no están
en ninguna parte.
Por
lo tanto, la Materia, aunque no engendrada, contiene en sí
la naturaleza de todas las cosas y provee a todas ellas de una matriz
inagotablemente fecunda. Esta es la entera virtud de la Materia
increada: el poder de crear. Pero sin embargo así como su
naturaleza es la fecundidad, así también es igualmente
fecunda en maldad.
16	¿No
os dije a vosotros, oh Asclepio y Amon, lo que muchos repiten: "No
hubiera podido Dios abolir el mal y apartarlo de la naturaleza de
las cosas"? Pero no hay nada que pueda respondérseles.
Pero por vosotros continuaré lo que he empezado, y os explicaré.
Dicen pues que Dios hubiera debido librar al mundo de cualquier
tipo de mal, el cual sin embargo está instalado en el mundo
como miembro suyo. Sin embargo Dios proveyó y tomó
cuidado, cuanto fue posible, al dignarse conceder al hombre mente,
ciencia y razón. Y por estas cosas, que nos conceden la preeminencia
sobre los demás seres vivos, somos los únicos en poder
evitar los engaños, las trampas y los vicios de la Materia,
y, para evitarlos en cuanto quieran asomarse, fueron otorgadas al
hombre la inteligencia y la prudencia, porque el fundamento de toda
ciencia reside en la suma Bondad.
Todas
las cosas que están en el mundo se gobiernan y viven por
el Espíritu, el cual se comporta como un órgano o
instrumento sometido a la suma voluntad de Dios. Es suficiente hasta
aquí lo tratado.
Dios,
por otro nombre el Altísimo, que sólo la razón
entiende, es el Rector y el Gobernador de este dios sensible que
abraza en rededor al espacio todo, a la realidad toda de todas las
cosas y a la naturaleza de todo lo que es engendrado y de todo lo
que engendra, y a todo lo que es de cualquiera forma y de cualquier
tamaño que sea.
17	El
Espíritu provoca la agitación - es su manera de gobernar
- de todas las formas que están en el mundo, a cada una según
la naturaleza que Dios le dio.
La
Hylé, es decir la Materia, en cambio, es el receptáculo
de todas las cosas, una agitación y una permanencia gobernadas
por Dios, dispensadora de las cosas materiales que todos y cada
uno necesita. Sin embargo es por estar insuflada por el Espíritu
que la Materia llena todas las cosas, de modo que cada una tenga
la cualidad propia de su naturaleza.
Ahora
bien, la fosa del mundo es una redondez a manera de esfera, totalmente
invisible a causa mismo de esta cualidad o forma, y así es
que, cuanto más alto subas dentro de ella para mirar hacia
abajo, desde allí no podrás ver su fondo, por donde
muchos piensan que viene a ser como el espacio. Decimos que es visible
solamente en razón de las figuras sensibles cuyas imágenes
vemos inscriptas en ella, a la manera de un cuadro pintado. Pero
la verdad es que la Esfera es siempre en sí misma invisible,
de donde su fondo o parte, si es que una esfera tiene fondo, lo
griegos llaman Hades, del griego "idein" que significa
"ver", porque no se puede ver el fondo de una esfera.
Por donde a las formas sensibles también se las llama "ideas"
porque son conceptos visibles. Por el hecho pues de que no se pueden
ver, porque están en el fondo de la esfera, los griegos llamaron
Hades lo que nosotros Infiernos.
Estas
pues son las cosas principales y primitivas y son como cabeza o
inicio de todas las cosas que contienen o que por medio de ellas
o de ellas se originan.
-
¿A qué te refieres por todas las cosas, oh Trismegisto?
-
A las materiales, como te dije, la realidad total de todas las formas
sensibles que están allí y de cada una sea como sea
su forma.
Por
lo tanto, la Materia nutre los cuerpos, el Espíritu las almas.
La Mente, que por regalo celeste la humanidad sola goza - y no todos
sino pocos, cuyas almas está así dispuestas que pueden
recibir tan grande beneficio: así como el Sol al Mundo, así
esta Luz esclarece al alma humana, y lo hace aún mejor, porque
todo lo que el Sol ilumina, de tanto en tanto, queda en oscuridad,
de noche, cuando interfieren la Tierra o la Luna . La Mente, pues,
una vez entremezclada con el alma humana, conforma una sóla
realidad con ella, tan bien adherida que nunca tales almas se ven
obstaculizadas por las tinieblas del error, por donde con justicia
se ha dicho que la mente es el ser íntimo de los dioses,
aunque yo prefiero decir que éso es verdad no de todos, sino
de lo grandes dioses y de los principales.
19	-
¿A qué te refieres, Trismegisto, cuando dices "cabeza"
de las cosas o "inicio" de los seres primordiales?
-
Grandes cosas te estoy manifestando y te develo divinos secretos
iniciáticos, cuyo tema principiaré con el favor tan
rogado celeste.
Hay
muchas especies de dioses, y entre ellos unos son "inteligibles",
captables por el pensamiento, y otros "sensibles", perceptibles
al sentido. Se los dice "inteligibles" no porque no puedan
caer bajo el sentido, ya que a ellos los sentimos mejor que a los
llamados "visibles", como te lo mostrará la exposición,
y tú mismo, si miras con atención, lo podrás
ver. El sublime Nombre y divinísimo, que está más
allá de lo que pueda alcanzar la mente y la perspicacia humanas,
si no aceptaras las palabras del que te habla con la ofrenda atentísima
de tus oídos, volará lejos, se diluirá lejos,
o más bien refluirá a sí mismo y se confundirá
con los licores de su fuente.
Pues
bien, hay dioses que son príncipes de todas las formas sensibles.
A estos siguen los dioses, de los cuales la OUSIA ("esencia"
o "realidad") es el príncipe. Estos son los dioses
sensibles, que se asemejan a su doble origen, que por medio de la
naturaleza sensible construyen todas las cosas, una por medio de
la otra, cada uno incluyendo su luz en su propia obra.
El
Cielo o lo que sea que por ése nombre se entienda, tiene
a Júpiter como OUSIARCA ("príncipe de la esencia"):
pues por medio del Cielo Júpiter concede a todos la vida.
La Luz es el OUSIARCA del Sol: el bien de la Luz se derrama en nosotros
por intermedio de la corona del Sol. Los XXXVI, los "treinta
y seis", que se llaman el Horóscopo, son los astros
que determinan las partes siempre fijas del zodíaco, tienen
como OUSIARCA o príncipe al que llaman PANTOMORFOS u omniforme,
el que consolida las diversas formas sensibles de las diversas especies.
Los que se llaman "las siete esferas", tienen como príncipes
o OUSIARCAS a la que llamamos Fortuna o EIMARMENE ("Destino").
Por ellas se transmutan todas las cosas, bajo la ley de la naturaleza
y la constante estabilidad del orden. El Aire es el órgano
o instrumento de todos por medio y a través del cual se hacen
todas las cosas. El OUSIARCA del Aire es el segundo dios que provee
a los mortales las cosas mortales y a éstas sus semejantes.
De esta forma, desde el fondo hasta la sumidad de la esfera, influyendo
unas en otras, todas las cosas están interconexas y en dependencia
mutua, y los seres mortales están en contacto y en dependencia
de los inmortales, e igualmente las cosas perceptibles por los sentidos
de las que no lo son. En verdad, los sumos principios obedecen al
Gobernador, sumo Señor, y no son muchos o mejor uno sólo.
Porque de uno dependen todas las cosas y de él emanan, pero
cuando se observa a la distancia, parece como si fueran muchos.
Juntando todo se ven que son uno, o mejor dos, de lo qué
y por quién se hacen todas las cosas, es decir, de la Materia,
que es de lo que están hechas, y de su Voluntad, por cuya
decisión han sido hechas diferentes entre sí.
20	-
De nuevo, Trismegisto, ¿cuál es la explicación
de esto?
-
Esta, Asclepio. Dios, pues, o Padre, o Señor de todas las
cosas, o nombrado con cualquier otro nombre más excelso o
más reverente que los hombres quieran darle, que entre nosotros
debe ser sagrado y secreto para que nos entendamos mútuamente
(Porque, tomando en consideración la excelsitud de tal Numen,
no lo nombramos definitivamente con ninguno de estos nombres. Porque
si el nombre no es más que un sonido producido por la agitación
del aire, para expresar la voluntad o el pensamiento que un hombre
tal vez haya podido concebir en su espíritu a partir de impresiones
sensibles, y si toda la realidad de un nombre se define y se circunscribe
en unas pocas sílabas, y del tal forma justifica el intercambio
entre la voz y el oyente, entonces todo el nombre de Dios es a la
vez una impresión sensible, una agitación, un aire
y todas las cosas que en estas tres se consideran, y por las cuales
y de las cuales resulta. No puedo creer que el Hacedor de la majestad
del Todo, el Padre o el Señor de todas las cosas pueda nombrarse
con un sólo nombre, aunque sea compuesto de varios. Este
pues Innombrable o, mejor, Omninombrable es el Uno y el Todo, y
así es necesario que todas las cosas sean su nombre o que
se nombre con el nombre de todas las cosas), Este, pues, el Único
y el Todo, inmensamente repleto de la fecundidad de ambos sexos,
cuya Voluntad siempre está preñada y siempre pare
todo lo que quiere procrear. Su Voluntad es la Bondad total. Esta
misma Bondad de todas las cosas ha nacido, de su propia divinidad,
Naturaleza, para que todas las cosas sean, como son y como fueron,
y para que se provean de allí la naturaleza de hacer nacer
de sí mismas a todas las cosas futuras.
22	-
¿Dices que Dios tiene ambos sexos, oh Trismegisto?
-
No solamente Dios, Asclepio, pero todo los seres animados e inanimados.
Es imposible que ningún ente sea infecundo. Porque si se
quitara la fecundidad de todos los seres que existen, sería
imposible que siempre fueran lo mismo que son. Yo por mi parte digo
que, por naturaleza, la Mente, la Naturaleza y el Mundo contienen
en sí el poder de engendrar y conservar todas las cosas que
han nacido. En verdad, ambos sexos están colmados del poder
de procrear, y la mutua conexión de ambos, o mejor, la unión
de ambos es algo incomprensible, y ya puedes nombrarla correctamente
Cupido o Venus o con ambos nombres a la vez.
Quiero
que guardes bien en tu mente lo que sigue, la más verdadera
y evidente de todas las verdades: el Señor de la Naturaleza
toda, Dios, inventó y concedió a todos los seres este
misterio de procrear eternamente, cuyos atributos naturales son
el sumo afecto, la felicidad, la alegría, el deseo y el divino
amor. Y hubiera que explicar más cuánta es la fuerza
y la imperiosa necesidad de este misterio, si no fuera bien conocido
de cada uno, en su íntimo sentir, por propia experiencia.
Porque en el momento extremo del orgasmo, al que llegamos después
de repetidas frotaciones, cuando un sexo en el otro vierte su sementera,
advertirás que cada uno ávidamente arrebata y esconde
en sí mismo la del otro, y que en ése momento, por
la compenetración mutua, la hembra se apodera de la fuerza
del macho y el macho se abandona a la languidez de la hembra. Por
donde el acto de este misterio, tan dulce y necesario, se realiza
en privado, no sea que las burlas del vulgo ignorante avergüencen
a la divinidad de ambas naturalezas durante la unión sexual,
y mucho peor si uno se expone a las miradas de impíos.
22	Los
hombres piadosos no son muchos, mas bien son tan pocos que se pueden
contar en el mundo. Porque ocurre que en los muchos se asienta la
malicia, por carencia de buenas costumbres y de la ciencia de cómo
son todas las cosas. De la comprensión del plan divino nace
el desprecio y la cura de todos los vicios que hay en el mundo.
Pero si la torpeza y la ignorancia perseveran todos los vicios renacen
con vigor y lastiman el alma con heridas incurables, y finalmente
infectada y enviciada por ellos se inflama como de veneno, salvo
en el caso de aquellos que han hallado la cura total por la disciplina
moral y el conocimiento.
Aun
cuando, pues, solamente es útil a estos pocos hombres, es
válido y digno continuar el tema que tratamos y darle término,
porque la divinidad se ha dignado compartir su sabiduría
y su conocimiento sólo al hombre. Escucha pues.
	Cuando
Dios Padre y Señor compuso al hombre después de los
dioses, combinando por igual la parte más corruptible de
la materia y la parte divina, ocurrió que los defectos de
la materia y otros permanecieron entremezclados con el cuerpo, por
la necesidad que tenemos, en común con todos los demás
seres vivos, de comer y abrigarnos. Y de aquí proviene que
se introduzcan en el espíritu humano el deseo de avideces
y los demás vicios del alma. Los dioses en cambio, hechos
de la más pura y limpia parte de la naturaleza y que no necesitan
de los implementos del raciocinio o la moral, porque la inmortalidad
y el vigor de la eterna juventud ocupan en ellos el lugar de la
moral y la ciencia, sin embargo y para mantener la unidad del plan
divino, en reemplazo de moral y ciencia y para que no fueran ajenos
a ellas, les impuso, por ley eterna, el orden establecido por la
ley de la Necesidad, reconociendo sin embargo al hombre como único
entre los seres vivos dotado de ciencia y razón en exclusividad,
por las que la humanidad podría apartarse y liberarse de
los vicios del cuerpo, y los tensó como un arco hacia la
esperanza y la búsqueda de la inmortalidad. Finalmente, para
que el hombre pudiera ser bueno y capaz de inmortalidad, lo compuso
de ambas naturalezas, la divina y la mortal, y así fue hecho
el hombre, por la Voluntad de Dios, en un estado aún mejor
que el de los dioses, que fueron formados sólo de la parte
inmortal, y mejor que el de todos los demás seres mortales.
Esta es la razón por la que el hombre, pariente de los dioses,
los venera con piedad y puro espíritu, y a su vez los dioses
consideran al hombre, y lo cuidan con piadosa afección.
23	Pero
no estoy hablando sino de aquellos pocos dotados de un espíritu
piadoso. De los viciosos nada tengo que decir, porque esta dignísima
exposición se mancharía si me ocupara de ellos.
Iniciado
entonces el tema del parentesco y sociedad de hombres y dioses,
conoce ahora, Asclepio, la potestad y la fuerza del hombre.
El
Señor y Padre, o para darle su nombre máximo, Dios,
es el Hacedor de los dioses celestes. Así también
el hombre es autor y artesano de los dioses que residen en los templos
junto a los hombres, de manera que el hombre no sólo recibe
la luz sino que también la da, no sólo avanza hacia
los dioses, sino que también los configura. ¿Te asombras,
Asclepio, y acaso también tú como muchos descrees?
-
Estoy confundido ¡oh Trismegisto!, pero de buena gana me inclino
ante tus palabras y juzgo que el hombre es muy feliz porque logró
tanta ventura.
-Y
no sin razón es digno de que admires a la mayor de las criaturas.
Es creencia generalmente aceptada que la raza de los dioses provino
de la más pura y limpia parte de la Naturaleza, y que sus
signos visibles sólo son como la cabeza que está en
lugar de todo el resto, pero que la otra raza de dioses que es la
humanidad está constituida por ambas naturalezas: de la divina
que es más pura y en exceso divina, y de la que está
entre los hombres, la materia, de la cual fueron hechos y conformados
no sólo de la cabeza sino además de todos los miembros
y de todo el cuerpo. Así es que la humanidad, siempre memoriosa
de su naturaleza y origen, persevera de tal forma en imitar a la
divinidad que, así como el Padre y Señor hizo eternos
a los dioses para que fueran semejantes a El, así la humanidad
configura a sus dioses a semejanza de su propio rostro.
24	-
¿Hablas de las estatuas, Trismegisto?
-
Sí, Asclepio. ¿Te das cuenta cuánto tú
mismo descrees? ¡Estatuas animadas, repletas de mente y espíritu,
hacedoras de tan grandes y estupendos portentos, estatuas que conocen
el futuro y lo predicen por las suertes, la inspiración,
los sueños y por otros muchos recursos, que causan las enfermedades
de los hombres y las curan, que cambian el dolor por alegría
a quienes lo merecen!
¿Acaso
ignoras, oh Asclepio, que Egipto es la imagen del Cielo, el lugar
a donde se transfieren y descienden todas las cosas gobernadas y
producidas desde el Cielo? Y para decirlo con toda verdad, nuestro
país es el templo del mundo entero. Sin embargo, como a los
sabios corresponde conocer lo que vendrá, se impone no ignoréis
lo que sigue:
"
Un tiempo vendrá en que se vea que los Egipcios han honrado
en vano a los dioses con espíritu piadoso y religión
perseverante: la pureza de la veneración se verá frustrada
y su provecho inútil. Los dioses dejarán la Tierra
y volverán al Cielo, abandonarán Egipto, patria que
fue domicilio de venerables liturgias, y vendrá a ser una
Viuda, privada de la presencia de los númenes. Extrañas
gentes habrán de invadir esta región y patria, y serán
los que, a más de despreciar la religión, de forma
más insufrible aún habrán de estatuir, con
pretendidas leyes y castigos de penas específicas, que la
gente se aparte de la religión, de la piedad y del culto
divino. Entonces esta santísima tierra, patria de santuarios
y templos, se verá sembrada de tumbas y cadáveres.
¡Ay Egipto, Egipto, de tus cultos nada quedará sino
leyendas fabulosas que ni tus propios hijos creerán, y solas
sobrevivirán, grabadas en la piedra, las palabras que narran
tus gestas piadosas, y el Escita o el Hindú vendrá
a habitar Egipto, o algún otro extranjero de tus alrededores!"
"
Los dioses ganarán el Cielo, los hombres, abandonados, morirán
todos, y entonces Egipto, Viuda de dioses y hombres, será
un desierto. ¡A ti clamo, santísimo Río, a ti
predigo el futuro! ¡Rojo torrente de sangre subirás
y desbordarás tus riberas, y las divinas olas se mancharán
de sangre, y aún más, saldrán de lecho y habrá
sepulcros muchos más que seres vivos! Los que queden, si
hubiere, se los tendrá por egipcios sólo por la lengua,
pero en sus actos serán como extranjeros."
25	-
¿Porqué lloras, Asclepio? " Egipto mismo será
arrastrado y se empapará de crímenes peores, Egipto,
que fue tierra santa, excelsa amante de la divinidad, que fue entre
todas las tierras la única habitada por los dioses a cambio
de su devoción, y cátedra de santidad y religión
para todos, será modelo de máxima crueldad. Y entonces,
cansados de vivir, el Mundo ya no parecerá admirable y adorable
a los hombres. Este Todo bueno, del que no hay nada más excelso
que se pueda ver, ni hubo ni habrá, estará en peligro
y será honeroso a los hombres, y por eso mismo será
despreciado y no más será amado este Todo Mundo, obra
inimitable de Dios, edificación gloriosa, creado Bueno y
compuesto de infinita variedad de formas, instrumento del buen querer
de Dios que, sin resquemores, sufraga el bien en su obra, para ser
Uno en Todo, para que pudiera ser venerado, alabado, amado por todos
los que lo viesen, unificado en un conjunto armonioso y múltiple.
Luego las Tinieblas se antepondrán a la Luz, y se juzgará
que la muerte es más útil que la vida. Nadie alzará
los ojos al Cielo. Se tendrá al religioso por loco, al ateo
por inteligente, al frenético por fuerte, al criminal por
un hombre de bien. El alma y todo lo que la completa y por lo que
nació inmortal o que se presume logrará la inmortalidad,
de la manera como os dije, será puesta en ridículo,
y aún más, será considerada inexistente. Y
llegará, creedme, a constituirse pena de muerte para el que
se entregue a la santa religión del espíritu. Habrá
nuevos derechos, nuevas leyes. Nada será santo, nada piadoso,
no se admitirá que haya nada de valor en el Cielo ni en los
seres celestes, ni se lo aceptará en la intimidad del corazón."
"
¡Entre dioses y hombres habrá un tristísimo abismo!
Sólo quedarán los dáimones malignos, que, entremezclados
con la humanidad, conducirán a los miserables con violencia
a poner mano en todo osadía malsana: guerras, rapiñas,
fraudes y todo lo que es contrario a la naturaleza de un ser vivo.
La Tierra entonces perderá su equilibrio, no se navegará
en el mar, ni se mantendrá en el Cielo el curso de los astros
y las estrellas. Callará toda Voz divina, condenada a un
necesario silencio, se pudrirán los frutos de la tierra,
y el suelo perderá la fertilidad, y el mismo aire enflaquecerá
en una fermentación corrupta."
26	"
Ved entonces cuál será la vejez del Mundo, irreligión,
desorden, irracionabilidad en todos los bienes. Cuando todas estas
cosas ocurran, ¡oh Asclepio!, entonces aquel Señor y
Padre, Dios, primer Poderoso y Gobernador de Dios uno, considerados
estos hechos y crímenes voluntarios, de su propia Voluntad,
que es la Benignidad de Dios, resistirá a los vicios y a
la general corrupción, corregirá los errores, consumirá
la entera maldad ahogándola en diluvio o consumiéndola
por fuego o destruyéndola con epidemias pestilentes dispersas
por lugares de la tierra, para devolver al Mundo su antiguo rostro,
para que vuelva a ser adorable y admirable, y para que los hombres
que entonces hubiere celebren con frecuentes himnos, ruegos y bendiciones
al Dios, Hacedor y Recomponedor de la Obra. "
Y
así será el nacimiento del Mundo: renovación
de todas las cosas buenas, restitución de la santísima
y muy piadosa Naturaleza del Mundo, Querer que es y fue sempiterno
sin comienzo, porque la Voluntad de Dios no empezó nunca,
siempre es la misma que es, sempiterna. Porque el ser de Dios no
consiste en nada más que en la Decisión de su Voluntad.
-
¿La Bondad Suma es una Decisión, Trismegisto?
-
La voluntad, Asclepio, nace de la decisión, y el mismo querer
nace de la voluntad. Porque Aquel, que es la plenitud de todas las
cosas y que quiere todo lo que tiene, no quiere nada impensadamente.
Entonces, todas las cosas buenas que existen, las considera y las
quiere, porque así es Dios, y bueno es el Mundo, imagen suya,
imagen del Bueno.
27	-
¿Bueno, Trismegisto?
-
Sí, Asclepio, y te lo mostraré. Pues de la misma manera
como a todas las especies o géneros que hay en el Mundo,
Dios dispensa y distribuye sus bienes, es decir, la mente, el alma
y la vida, de igual forma el Mundo provee y participa todas las
cosas que los mortales juzgan buenas, esto es, la sucesión
de los nacimientos en el tiempo, la producción, crecimiento
y maduración de los frutos y demás cosas similares.
Por
este motivo, Dios, situado más allá del vértice
del supremo Cielo, está en todas partes y extiende sus miradas
sobre todas las cosas en derredor. Porque hay un lugar, más
allá del Cielo, lugar sin estrellas y apartado de todas las
cosas corporales. Hay otro Dispensador que está entre el
Cielo y la Tierra, al que llamamos Júpiter. En cuanto a la
tierra y el mar, están bajo el dominio de Júpiter
Plutonio que nutre a los seres vivos mortales y a los que producen
fruto. Son las energías de todos ellos las que otorgan la
subsistencia a la tierra, los frutos y los árboles. Pero
hay otros dioses cuyas energías y operaciones se distribuyen
en todo lo que existe. Serán pues distribuidos estos que
dominan la tierra, y serán colocados en límite extremo
de Egipto, escondido hacia el ocaso, a donde acudirá, por
tierra y por mar, toda la mortal raza.
-
Pero dime, Trismegisto, ¿dónde están ahora estos
dioses?
-
Están instalados en una ciudad muy grande, en una montaña
de Libia. Pero por ahora, baste sobre el tema.
Corresponde
ahora tratar de lo inmortal y de lo mortal. Porque a muchos, que
ignoran el conocimiento verdadero, les tortura la ansiedad de la
espera y el temor de la muerte. La muerte ocurre por disolución
del cuerpo, agotado por la vida de labor, y completo ya el número
que acoplaba los miembros del cuerpo para formar un organismo apto
para la vida. Muere pues el cuerpo, cuando pierde el poder de soportar
la vida humana. Y en esto consiste toda la muerte, en disolución
del cuerpo y fin del sentido, de lo cual es superfluo preocuparse.
Pero hay otras cosas que de las cuales merece ocuparse, y que los
hombres desprecian por ignorancia o incredulidad.
-
¿Qué es, Trismegisto, lo que ignoran o descreen que
pueda existir?
28	-
Escucha, Asclepio. Cuando se separa el alma del cuerpo, pasa bajo
la potestad del Dáimon Supremo para examen de sus méritos,
y, si del cuidadoso escrutinio surge piadosa y justa, le autoriza
a morar en el lugar que le corresponda, pero si la viera sucia de
rastros de delitos y manchada de vicios, la precipita de lo alto
a las profundidades y la entrega a las tempestades y torbellinos,
siempre encontrados, del aire, del fuego y del agua, a fin de que,
morando entre el Cielo y la Tierra, sea permanentemente arrastrada
por el oleaje mundano y agitada entre penas sin fin, porque hasta
la misma eternidad se le opone, porque queda sometida por sentencia
imperecedera a un suplicio sin fin. Toma conciencia pues de lo que
hay que avergonzarse, temer y precaverse, para no venir a caer en
lo mismo. Porque los incrédulos, cometido el delito, se verán
obligados a creer, no con palabras sino con hechos, no con amenazas
sino con el sufrimiento mismo del castigo.
-
Entonces, Trismegisto, los delitos de los hombres ¿no son castigados
sólo por la ley humana?
-
En primer lugar, Asclepio, todo lo que es terreno es mortal, y también
lo son los seres que viven en condición corporal y que dejan
de vivir en la misma condición. Todos pues los que están
bajo régimen de castigo por lo que ha merecido su vida y
sus delitos, tanto más severamente serán considerados
después de la muerte, cuanto más, tal vez, en vida,
vivieron a escondidas sus delitos. Porque la divinidad conoce todas
las cosas, y corresponderán los castigos, en la medida justa,
con la calidad de los delitos.
-
¿Quienes merecen los mayores castigos, oh Trismegisto?
-
Los que condenados por las leyes humanas mueren de muerte violenta,
porque entregaron la vida no como se la debe a la naturaleza, sino
como castigo merecido. Por el contrario, para el hombre justo, la
defensa estriba en el culto que ha dado al Dios y en la más
elevada piedad. A los tales, Dios tutela contra todos los males.
Pues el Padre y Señor de todas las cosas, el que es Uno y
Todo, se muestra a todos con liberalidad, y no lo hace en un lugar,
o en una cualidad o en una cantidad determinados, sino con sólo
iluminar la razón de su espíritu: el hombre, habiendo
arrojado de su alma las tinieblas del error y comprendido la claridad
de la verdad, con su mente entera se funde a la Razón divina,
por cuyo amor librado de la natural parte que lo hace mortal, concibe
la esperanza de la inmortalidad futura. Este es pues el abismo que
media entre buenos y malos. Todo hombre bueno es alumbrado por la
piedad, religiosidad, prudencia, culto y veneración de Dios,
percibe la verdadera razón como si la estuviera viendo, y,
confiado en lo que ha creído, contrasta tanto entre los hombres
como el Sol en luz supera a los demás astros. Y el mismo
Sol alumbra a las demás estrellas no tanto por el esplendor
de su luz cuanto por su calidad divina y su pureza. Porque en realidad,
¡oh Asclepio!, debes aceptar que el Sol es el segundo dios,
gobernador de todas las cosas, lumbrera de todo lo terreno, de los
seres vivos, de los que tienen alma y de los que no la tienen. 	Ahora
bien, si el Mundo, ser vivo, vive siempre, fue, es y será,
nada muere en el mundo. Como todo lo que hay en el mundo tiene vida,
tal como es y según su propio ser, y como está en
el Mundo que es Uno y ser vivo que siempre vive, en consecuencia
no hay ningún lugar donde pueda reinar la muerte. Por lo
que se sigue que debe estar repletísimo de vida y eternidad,
ya que necesariamente le corresponde vivir siempre.
Por
su lado y a la manera del sempiterno Mundo, así también
el Sol detenta siempre el gobierno de los seres que tienen vida,
lo que equivale a decir que es el Dispensador de toda la Vida, de
la cual es el sólido receptáculo. Por consiguiente,
dios de los seres vivos, de los que tienen vida, que están
en el Mundo, el Sol es sempiterno gobernador y eterno dispensador
de la vida misma: la dio toda de una vez. La vida pues se da a la
totalidad de los seres vivientes, de la manera que he dicho.
30	Y
en la misma vivacidad de la Eternidad se mueve el Mundo y la misma
vital Eternidad es el lugar del Mundo, por lo cual nunca se detendrá
el Mundo ni nunca habrá de destruirse jamás, porque
lo rodea y protege, y casi compulsivamente, la eternidad del vivir
siempre. El Mundo mismo es dispensador de la vida para todas las
cosas que contiene, y es el lugar de todas las cosas que debajo
del Sol están sometidas al gobierno divino. El movimiento
del Mundo resulta de un doble accionar: de afuera la Eternidad le
da la vida, y el Mundo a su vez da la vida a todas las cosas que
contiene en su interior, diversificándolo todo por números
y tiempos establecidos y determinados por el influjo del Sol y el
curso de los astros, estando todas las cosas bajo la divina Ley
que prescribe el ciclo regular del tiempo. El Tiempo terreno se
reconoce por el estado de la atmósfera y las épocas
sucesivas de calor y de frío; el celeste, en cambio, por
el movimiento de los astros en su retorno cíclico a las mismas
posiciones. El Mundo es el receptáculo del Tiempo, que mantiene
la vida en su correr y agitar. El Tiempo por su lado respeta el
Orden. El Orden y el Tiempo provocan, por transformación,
la renovación de todas las cosas que hay en el Mundo. Y siendo
ésta la forma de ser de todas las cosas, nada es estable,
nada fijo, nada quieto, entre las cosas que se generan, tanto celestes
como terrestres, excepto y únicamente Dios, y con razón:
Dios existe en Sí, por Sí y rodeándose todo
a Sí mismo, pleno y perfecto, y es su sólida estabilidad,
y ningún impulso extraño puede moverlo de su lugar,
porque en El está Todo y El, sólo El, está
en todas las cosas, a no ser que a alguien se le ocurra decir que
su moverse sea un movimiento en la Eternidad. Pero mejor es decir
que la propia Eternidad es inmóvil, a la cual refluye el
movimiento de todos los tiempos, y de la cual el movimiento de todos
los tiempos comienza.
31	Dios
pues es siempre estable, y siempre, con El, lo es igualmente la
Eternidad, que constituyó, guardando dentro suyo al Mundo
que todavía no había nacido y que, con razón,
llamamos Mundo sensible. Y a imagen de este dios fue hecho este
Mundo, en imitación de la Eternidad. Porque el Mundo posee
el vigor y la naturaleza de una estabilidad propia, aunque siempre
esté agitándose, por la necesidad misma de retornar
hacia sí mismo. Entonces, aunque la Eternidad sea estable,
inmóvil y fija, sin embargo, como el Tiempo, que se mueve,
aunque siempre vuelva a ser llamado a la eternidad y viva en la
agitación y en la movilidad por razón del Tiempo,
resulta que la Eternidad, que por sí misma es inmóvil,
parece agitarse en razón del Tiempo, del cual entra a formar
parte, en el Tiempo, que contiene en sí toda agitación.
De donde resulta que la estabilidad de la Eternidad se mueve y la
movilidad del Tiempo se aquieta, por la Ley de permanencia del movimiento
cíclico. Por eso se puede decir que Dios se mueve en sí
mismo aunque esté perfectamente inmóvil. En efecto
su propia estabilidad, en la inmensidad, es una agitación
inmóvil. La propia inmensidad tiene como ley la de ser inmóvil.
Este ser, pues, que es así, que no puede caer bajo el dominio
del sentido, es ilimitado, incomprensible, inconmensurable; nada
lo puede cargar, ni transportar, ni alcanzar. Dónde esté,
a dónde vaya, o cómo sea o de qué manera, todo
es incierto. El se transporta en la suprema estabilidad, y su estabilidad
se transporta en El, sea Dios, sea la Eternidad, sean ambos, sea
uno en el otro, sea que ambos en ambos estén. Por lo que
la Eternidad no tiene los límites del Tiempo. El Tiempo,
en cambio, que tiene los límites de la numerabilidad, de
la sucesión y otros, a causa de el retorno cíclico,
es eterno. Ambos, pues, son infinitos, ambos se muestran eternos.
Pero a la estabilidad, por el hecho mismo de que contiene todo lo
que se agita, se le otorga merecidamente el primer lugar, en razón
de su propia firmeza.
32	La
causa primordial, pues, de todas las cosas que son, es Dios y la
Eternidad. El Mundo, en cambio, siendo móvil, no puede ocupar
el primer puesto, porque en él la movilidad precede a la
estabilidad, puesto que la solidez de la inmovilidad la logra por
medio de la ley de la sempiterna agitación.
Por
consiguiente, también la misma Mente total, a la manera de
la divinidad, está quieta y se mueve en su propia estabilidad:
es pura, incorruptible y sempiterna, y si hay alguna manera mejor
de llamarla, digamos que es la eternidad del sumo Dios subsistente
en la Verdad misma, la máxima plenitud de todo lo que se
puede pensar y de todo lo que puede ocuparse el conocimiento, que
como lo dije, subsiste en Dios. La mente del Mundo es, por su parte,
el receptáculo de todas las especies y ciencias pensables.
La del hombre, finalmente, gracias a la tenacidad de la memoria,
es el receptáculo de todas las cosas, porque es capaz de
recordar todas las experiencias que de ellas tuvo. La Mente divina,
pues, descendiendo, se allega hasta la mente del ser vivo que es
el hombre y allí se detiene: no quiso Dios sumo que la divina
Mente se derramara en todos los seres vivos, por la humillación
que incurriría al mezclarse con los demás seres vivos
[quiere decir, los irracionales]. El raciocinio, pues, de la humana
mente, consiste enteramente de la memoria de las cosas que ocurrieron,
y es por ésa misma capacidad tenaz de recordar que ha sido
establecido en el gobierno de la Tierra. Tomando como punto de partida
la percepción sensible de todo lo que hay en el mundo, se
puede alcanzar a comprender la razón de la Naturaleza y el
ser de la mente del Mundo con toda claridad. De la Mente de la Eternidad,
que es la segunda, se obtienen indicios y se discierne el ser a
partir de la percepción del Mundo. Pero sólo el ser
de la Razón y de la Mente del sumo Dios es la Verdad, y de
ella, en el Mundo, no se alcanza a discernir ni siquiera el reflejo
de la última sombra. Porque cuando algo se discierne, bajo
el dominio del tiempo, se muestra que es mentira, y como las cosas
cambian, se origina el error. ¡Ves entonces, oh Asclepio, qué
asunto nos hemos metido a tratar y qué cosas nos atrevemos
alcanzar? ¡Pero a Ti, sumo Dios, doy gracias, que me alumbraste
con la Luz en la que la divinidad se ve! Y vosotros, Tat, Asclepio
y Amón, guardad los divinos misterios iniciáticos
en lo secreto de vuestro corazón, en el celo del silencio.
Y
así es como difiere la razón de la mente, pues nuestra
razón alcanza a entender y discernir el ser de la mente del
Mundo por aplicación de la mente, mientras que la razón
del Mundo alcanza a conocer hasta la eternidad y los dioses, que
están por encima de él. Y así ocurre a los
seres humanos, que vengamos a ver, como a través de una neblina,
las cosas que hay en el Cielo, cuanto es posible a la condición
del humano sentido. ¡Cuán estrecha es nuestra capacidad
de ver cosas tan grandes, pero cuán inmensa es también
la felicidad de nuestra conciencia cuando alcanzamos a ver!
33	Paso
a tratar ahora mi opinión sobre el Vacío, tema al
que muchos dan tanta importancia. El Vacío no puede existir
de manera alguna, ni podrá existir nunca. Porque todas las
partes del Mundo están absolutamente llenas, de forma que
el Mundo es pleno y perfecto en cuerpos, de cualidades y formas
diferentes y en especie y magnitud propias. Porque uno es más
grande y otro más pequeño, uno más denso y
otro más sutil, y unos, como las cosas más grandes
y más sólidas, se perciben en seguida, otros, más
pequeños o más tenues apenas se pueden ver o no se
pueden ver de ninguna manera, porque sólo consideramos que
algo existe cuando lo podemos tocar. De donde resulta que muchos
llegan a creer que tales cuerpos no existen o que existe el espacio
vacío, lo que es imposible. Lo mismo de lo que dicen que
hay afuera del Mundo, si es que hay algo afuera (lo cual yo tampoco
lo creo), pero que podría decir que está lleno de
entidades de pensamiento, es decir, similares a la divinidad que
los contiene. En consecuencia, este Mundo, que se llama sensible,
es una intensa plenitud de cuerpos y seres vivos, cada uno conforme
a su naturaleza y forma de ser, cuyo aspecto no siempre llegamos
a percibir, pero que unos, inmensamente grandes, otros brevísimamente
pequeños, tales los consideramos, y a muchos, a causa de
la extrema pequeñez, ni siquiera se nos ocurra pensar que
existan, sea por la inmensidad de espacio que nos separa de ellos,
sea que la precisión de nuestros sentidos no alcance. Me
estoy refiriendo a los dáimones, que según creo habitan
con nosotros, y a los héroes, que los creo localizados entre
la parte más pura del aire y aquella otra, donde no hay nieblas
ni nubes ni cambio alguno producido por ningún signo celeste
en movimiento. Por consiguiente, Asclepio, nunca afirmes que nada
está vacío, a no ser que por "vacío"
quieras decir que carece de alguna cosa, como que allí no
haya fuego, o agua o cualquier otra cosa semejante, porque, aunque
así parezca, que está vacío de cosas tales,
sea cualquiera el tamaño o la pequeñez de la cosa
que se considera vacía, sin embargo no puede estar vacía,
por lo menos, de espíritu y de aire.
34	Y
lo mismo vengamos a decir con respecto al Lugar, pues si se toma
la palabra "lugar" aisladamente es incomprensible. El
lugar surge por aquello de lo que es lugar. Si se elimina este elemento
capital, el sentido de la palabra se desvanece. Por eso, nos expresamos
correctamente cuando decimos "el lugar del agua", "el
lugar del fuego" o de cualquier otra cosa semejante. Porque
de igual manera que es imposible que el vacío exista, así
tampoco puede pensarse en un lugar de nada. Porque si afirmaras
que existe un lugar sin nada en él, sería como afirmar
un lugar vacío, lo cual no creo que pueda existir en el Mundo.
Porque si nada está vacío, no se comprende qué
podría ser un lugar sin otra referencia, a no ser que le
agregaras, como a los cuerpos humanos, la especificación
de largo, ancho y alto.
Entonces,
pues, tú Asclepio y vosotros, sabed que el Mundo de la mente,
quiero decir, el que se percibe únicamente con la mente,
es incorporal, ni se puede añadir nada corporal a su naturaleza,
es decir, nada que pueda comprenderse en base a cualidades o cantidades
mensurables o numerables: no consiste en ninguna de esas cosas.
En
cambio, el Mundo que llamamos sensible, es el receptáculo
de las cualidades o cuerpos de todas las formas sensibles, seres
todos que no pueden persistir en la vida sin el concurso de Dios.
Porque Dios es Todo y Todo viene de El y Todo depende de su Voluntad.
Este Todo es bueno,
decoroso,
sabio, inimitable, y es sensible y pensable por sí mismo,
y fuera de él, nada fue nunca, ni es, ni será. Todo
nace de él, en él y por él existe, las cualidades
de todo tipo y toda forma, las vastas extensiones, los volúmenes
que exceden toda medida y la totalidad de todas las formas de las
especies. Lo cual, cuando lo entiendas, Asclepio, caerás
dando gracias al Dios. Si pues tomas conciencia de lo que este Todo
es, comprenderás acabadamente que el Mundo sensible y Todo
lo que contiene, está revestido de aquel Mundo superior como
de un vestido.
35	Cada
uno de los géneros de seres vivos, Asclepio, de cualquier
ser que se trate, mortal, inmortal, racional, con alma o sin alma,
posee, pues, conforme al género al que pertenece, la traza
del género al que pertenece. Y aun cuando cada género
individual de ser vivo conserva entera la forma propia del género,
los individuos, dentro del mismo género, difieren entre sí,
como el género humano, que aunque es siempre el mismo, de
tal forma que se puede ver que un hombre es tal por el aspecto exterior,
sin embargo cada hombre es distinto del otro, aún dentro
de esta figura única. La idea es divina e incorporal, como
también todo lo que se percibe con la mente. Por donde, como
los dos elementos son lo corporal y lo incorporal, resulta imposible
que una forma individual cualquiera sea semejante a otra, nacidas
en horas y bajo signos diferentes en lugares distantes entre sí,
sino que por el contrario tanto más se diversifican cuantos
más instantes del círculo horario transcurren, círculo
en el cual reside aquel dios del que llamamos Omniforme, poseedor
de todas las formas posibles. Por tanto, el género se mantiene
el mismo en sí mismo, y pare tantas copias de tanta diversidad
cuantos son los instantes que comporta la revolución del
Mundo, porque el Mundo, en su girar, se transmuta. El género
en cambio no se modifica ni se da vuelta. Así pues los individuos
de cada género se conservan diferentes dentro de la misma
forma.
36	-
¿Es que el Mundo cambia de forma, oh Trismegisto?
-
¡Ves, Asclepio, cómo casi dormido atiendes a todas las
cosas que se están diciendo? ¿Qué otra cosa es
el Mundo o de qué cosas está compuesto, sino de todo
lo que viene al ser? Lo que quieras nombrar, el Cielo, la Tierra,
los elementos. ¿Y qué otra cosa hay que cambie más
frecuentemente de forma? La atmósfera del Cielo se humedece,
se seca, se enfría, se inflama, se aclara o se nubla: mira
cuántas formas se suceden en una sola cosa, el Cielo. La
Tierra, a su vez, realiza siempre continuas mutaciones, cuando da
luz a las cosechas, cuando nutre lo que hace nacer, cuando produce
los variadísimos frutos en forma y cantidad, el fin y el
curso de la maduración, y, en primer lugar, todos las cualidades,
fragancias, sabores, formas de árboles, flores y frutos.
El fuego completa infinidad de mutaciones divinas. El Sol y la Luna
asumen también todo tipo de aspectos: como los espejos, reenvían
la similitud de las símiles imágenes con un esplendor
emulador.
37	Pero
ya hemos hablado bastante de estas cosas.
Volvamos
de nuevo al hombre y a la razón. Por la razón se dice
que el hombre es un ser vivo racional. Muchas cosas admirables dijimos
de él, pero no lo son tanto en comparación con la
siguiente: la admirable, que supera toda admiración, es que
el hombre pudiera descubrir la naturaleza de los dioses y que pudiera
reproducirla. Nuestros ancestros, aunque tuvieron grandes errores
acerca de lo que son los dioses, sin fe y sin conciencia de lo que
corresponde al culto y a la divina religión, descubrieron
el arte de fabricar dioses, y, después de descubrirlo, anexaron
a las imágenes y mezclaron en ellas energías provenientes
de la naturaleza material, y como no podían crear el alma,
evocaron las almas de dáimones o ángeles y las introdujeron
en las imágenes por medio de misterios iniciáticos
divinos, por donde las representaciones adquirieron las energías
de hacer el bien y el mal.
	Tal
es el caso de tu abuelo, Asclepio, primer inventor del arte de curar,
y hay un templo consagrado él en el monte de Libia, junto
a la ribera de los cocodrilos, donde está su hombre terreno,
es decir, su cuerpo (lo que queda, o mejor dicho, todo lo que fue,
como se dice, pues en el sentido de la vida, es mejor decir que
todo el hombre se volvió al Cielo), cuerpo que aún
hoy, por su numen divino, presta todo tipo de socorro a los enfermos,
como antes lo hacía en vida con el arte médico. Hermes,
mi abuelo, cuyo nombre heredé, ¿no está acaso
en su ciudad natal que lleva su nombre, donde ayuda y auxilia a
todos los mortales que de todas partes concurren allí? Finalmente
Isis, la esposa de Osiris, ¡cuántos beneficios concede
propicia, cuántas desgracias opone irritada! Porque los dioses
terrenos y materiales fácilmente se irritan, como que han
sido hechos por hombres que, a su vez, fueron estructurados con
las dos naturalezas. Por eso es que los Egipcios declaran sagrados
a animales que podemos ver y en muchas ciudades les rinden culto,
como también rinden culto al espíritu viviente de
aquellos a los que están consagradas ciudades, hasta el límite
de vivir sus habitantes bajo sus leyes y de llevar sus nombres.
Este es el motivo, Asclepio, por las diferencias de lo que honran
y veneran en sus cultos, por el que suelen surgir peleas entre las
ciudades egipcias.
38	-
¿Y cómo están hechos, Trismegisto, estos dioses
llamados terrenos?
-
De hierbas, Asclepio, piedras y fragancias que contienen una virtud
divina propia a su naturaleza, y por este motivo las alegran con
frecuentes ofrendas, y les cantan himnos y alabanzas y dulcísimas
melodías acordes a la armonía celeste, de manera que,
este elemento, que es celeste y que ha sido introducido en la imagen
con la práctica repetida de ritos celestísimos, sea
una alegría otorgada a la humanidad, y se mantenga en la
imagen por mucho tiempo. Así es como el hombre es artífice
de dioses. Pero no vayas a atribuir, Asclepio, a la casualidad los
efectos producidos por las imágenes. Los dioses celestes
habitan las alturas del Cielo, y cada uno ejecuta y conserva las
atribuciones concedidas a su rango. Los nuestras, a su vez, cuidan
de cosas particulares, predicen por la suerte o la adivinación,
procuran alivio a determinadas necesidades, y de esta forma vienen
en nuestra ayuda cada uno a su manera, y casi como si fueran parientes
nuestros.
39	-
¿Qué parte entonces, oh Trismegisto, le corresponde
jugar a la Eimarmenes o sea el Destino?
-
La que llamamos Eimarmenes, Asclepio, es la Necesidad que gobierna
todas las cosas y que las retiene encadenas con lazos mutuos. La
misma Necesidad es artífice de las cosas o un dios máximo
o un dios por aquel dios que es segundo, o el rígido orden
universal de todas las cosas celestes y terrestres fijado por las
leyes divinas. Es así pues como ambas, Eimarmenes y Necesidad,
están pegadas una a la otra en un sólido adherente,
siendo que la Eimarmenes pare los orígenes de todas las cosas,
la Necesidad las obliga a producir sus efectos que decurren de esos
orígenes. Ambas logran el Orden, es decir, la textura y la
disposición temporal de todo lo que debe ocurrir, porque
nada existe fuera de la estructura del Orden. Bajo todos los aspectos
este ordenamiento es perfecto, y el Mundo mismo se conduce de acuerdo
al Orden, o, más todavía, todo el Mundo permanece
constante gracias al Orden.
40	Eimarmenes,
Necesidad y Orden: estas tres han sido creadas al máximo
nivel de la Voluntad de Dios que gobierna al Mundo bajo su Ley y
su Razón divinos. A estas tres divinamente se les quitó
todo el poder de querer o no querer, no cambian por la ira ni se
doblegan por el favor, pero son útiles y sirven a la necesidad
de la eterna Razón, que es la eternidad inevitable, inmóvil
e indisoluble. Lo primero es pues la Eimarmenes que como quien arroja
semillas de todo lo que ha de ser engendra la criatura; sigue la
Necesidad, que por fuerza obliga a cada cosa producir su efecto;
el tercero es el Orden que mantiene la sucesión de las cosas
todas dispuestas por la Eimarmenes y la Necesidad. Esta es la Eternidad,
que no comenzó y no terminará, que siempre está
en movimiento bajo la ley fija de tener que recorrer siempre el
curso, nace y muere a su tiempo alternadamente en sus partes, de
tal manera que en las partes donde muere, en la mismas renace. Esta
es la razón movediza del rotar en círculo, donde todo
está tan bien ligado que no sabes donde comienza el movimiento,
si es que comienza en algún lugar, pues todas las cosas parecen
sucederse, unas precediendo adelante, otras viniendo por detrás.
Sin embargo, también existe el acaso o azar, pues todas las
cosas están bien mezcladas con la materia.
Hemos,
pues, descendido a temas particulares, cuanto humanamente se pudo
y quisieron y permitieron los dioses. Sólo nos queda una
cosa hacer, bendecir y orar al Dios, y volver a ocuparnos del cuerpo.
Ya es bastante lo que nos hemos ocupado de los asuntos divinos,
de tal forma que el espíritu ha quedado saturado de alimentos.
41	Una
vez salidos del santuario, al comenzar a orar al Dios, mirando al
Austro (cuando se ora al ocaso se debe mirar hacia el poniente,
como cuando se ora al amanecer, el rostro debe dirigirse al Solano,
el levante), y una vez comenzados, Asclepio dijo en un murmullo:
-
Tat, ¿quieres que propongamos a tu padre, que nos ayudemos
en la oración con incienso y perfumes?
A
lo que, oyendo Trismegisto, emocionado, le dijo:
-
Silencio, Asclepio, silencio. En algo se parece a un sacrilegio,
Asclepio, que cuando te pongas a rogar al Dios, enciendas incienso
o otra cosa parecida. Porque de nada carece Dios, que es Todo y
en El que Todo existe. Demos gracias al Dios, que tales son los
mejores inciensos para El, que los mortales le den gracias.
"
Te damos gracias a Ti, sumo Altísimo e Insuperable, por cuya
gracia hemos adquirido el conocimiento de tu excelsa Luz, de tu
santo y adorable Nombre, único bajo el que debes ser alabado
en el ancestral culto.
Porque
a todos te dignas otorgar paternal afecto, escrupulosos cuidados,
tu Amor y todo lo que nos puede hacer bien, lo más dulce,
la mente, la razón, el entendimiento: mente, para que te
conozcamos, razón para que indaguemos en nuestras pesquisas,
entendimiento para que, conociéndote seamos felices.
Liberados
por tu Numen, nos regocijamos de que te mostraras a nosotros en
tu Totalidad; nos regocijamos que a nosotros, que vivimos en un
cuerpo, te dignaste consagrarnos a la Eternidad. Este es el único
motivo de alegría de los hombres, conocer tu Majestad.
Te
hemos conocido, a Ti, y a esta Luz máxima que sólo
con la mente se comprende.
Te
hemos comprendido a Ti, ¡oh Vida de la verdadera Vida! ¡oh
Matriz fecunda de todos lo que la Naturaleza produce!.
Te
hemos conocido, a Ti, Permanencia eterna de la Naturaleza entera,
infinitamente llena de tu Poder creador.
En
toda esta nuestra oración, adoramos el Bien de tu Bondad,
y te suplicamos sólo una cosa: que te dignes consérvanos
firmes en nuestra voluntad y amor de conocerte, y que nunca nos
apartemos de esta forma de vivir.
Expresados
nuestros deseos, nos fuimos a cenar una cena pura, de solo vegetales.
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