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Saliendo
de lo acostumbrado en los tratados del Corpus Hermeticum, este discurso
cambia tan por completo la tesitura de los tratados que muchos lo
consideran un aditamento de otro origen. De cualquier manera pertenece
al Corpus y está en los Manuscritos originales. Nosotros lo
llamaríamos "Discurso para presentar en la corte delante
del Rey", y a pesar de lo florido y retórico del texto,
su pensamiento implícito está perfectamente de acuerdo
con el resto de los tratados: la necesidad de armonizarse con la luz
inteligible y sus virtudes procedentes de lo Alto. 2 Si el artista ha querido con toda su buena voluntad participar del concurso musical, si previamente el trompetista hizo gala de su ciencia y los flautistas en sus dulces instrumentos produjeron la agradable melodía y por el caramillo y el plectro dieron cumplimiento a la lírica canción, nadie atribuirá culpa alguna al soplo del músico ni al Supremo, sino que lo admirará y honrará como corresponde, y en cambio acusará de avería el instrumento que ha puesto obstáculo a la magnífica belleza, trabado la melodía del músico y privado a los oyentes del agradable canto. 3 Y así es igual respecto de nosotros, que ningún espectador por falla de nuestro cuerpo venga a acusar impíamente a nuestra raza, mas antes que admita que Dios es un Soplo incansable , que posee siempre la misma ciencia que le es propia, y que hace uso en todo y por todo de la misma prosperidad y de la misma beneficencia. 4 (Llevando las
cosas al extremo, la materia que usaba Fidias el escultor no le fué
lo suficientemente sumisa como para perfeccionar la multiplicidad
de su obra) 5 Pues bien, dado el accidente instrumental, que a nadie se le ocurra inculpar al músico, sino que cuanto más le reprochen al instrumento, tanto más alaben al artista, y como vean que con regularidad hacía vibrar la cuerda en el tono justo, más aún se apasionen los oyentes por el músico, y a pesar de todo no le guarden rencor. ¡Oh Honorabilísimos, también vosotros a vuestra vez afinad para el Músico vuestra propia lira interior! 6 Pues yo mismo
he visto artistas que aún sin apoyarse en la virtud de la lira,
y cuando se ejercitaban en algún noble tema, muchas veces usaban
de sí como instrumento musical, afinaban su cuerda con recursos
secretos, y lograban, trastocando su habilidad en gloria, el soberbio
asombro de los oyentes. 7 Yo mismo ¡oh Honorabilísimos! siento como que a mí también me ocurre lo mismo, porque recientemente me dí cuenta de mi propia flaqueza al sentirme débil por un momento, y sin embargo por el poder del Supremo lancé mi canto, como si hubiera sido llenado de lo alto para entonar el canto del rey. Por donde la culminación de mi servicio será para la gloria del rey y para su trofeo de victoria la pasión inflamada de mi palabra. "¡Vamos pues adelante!" éso es lo que quiere el cantor. "¡Vamos pues y apurémosnos!", éso es lo que desea el cantor, y por éso templa la lira, pues más hermosa será su melodía y más dulce su cantar cuanto mayor sea el compromiso al que a su canto obliga. 8 Dado pues que el artista ajusta su lira en primer lugar para el rey y su música es el panegírico y su objetivo la alabanza real, lo primero que hace es impulsar su alma hacia el altísimo Rey del universo, el buen Dios y, comenzado el camino desde lo alto, desciende después con orden hacia el que como imagen de Aquel, gobierna el cetro, pues agrada a los mismos reyes este camino descendente de lo alto a lo inferior y que de allí, de donde les fué concedida la victoria, procedan en justa consecuencia las esperanzas. 9 Que así pues el músico se vuelva hacia el Rey grandísimo, Dios del universo, que es siempre y en todo inmortal, eterno y eternamente Emperador, primer glorioso Vencedor de quién luego los herederos de la Victoria logran sus victorias. 10 Es a esa alabanza a la que ahora desciende nuestro discurso, hacia los reyes, árbritos de la común paz y seguridad, a quienes el Supremo Dios ha llevado a la cima de la autoridad máxima y absoluta desde hace largo tiempo, a quienes la diestra de Aquel condujo a las logradas victorias, para quienes fuera dispuesto el premio del combate antes de que se viera la supremacía en la guerra, cuyos trofeos estaban alzados antes de entrar en batalla, para quienes la realeza estaba preparada de antemano y más aún el predominio en todas las cosas, quienes ya antes de ponerse en marcha los ejércitos, pasmaban al bárbaro. Alabanzas al Supremo y encomio del rey 11 Pero el discurso
se apresura a concluir a la manera como había comenzado, y
pasa a bendecir al Supremo, para terminar, después, con el
elogio de los divinos reyes que son los árbitros de nuestra
paz. Por lo tanto, así como al exordio fué la alabanza
del Supremo y del Poder de lo alto, así ahora la conclusión,
como un eco, se volverá de nuevo hacia el mismo Supremo. 12 Es conveniente
pues que miríadas de bocas y voces alcemos una alabanza bendita
al Dios íntegramente Puro y Padre de nuestras almas, aún
cuando nuestras alabanzas no sean apropiadas a su dignidad, porque
nada que digamos puede alcanzarla. 13 Porque a
nosotros corresponde alabarlo, los hombres, que por naturaleza somos
como sus descendientes, aunque nos sea preciso solicitar su indulgencia,
lograda casi siempre antes de pedirla. 14 Dios, pues, bueno y siempre resplandeciente, que sólo en Sí mismo tiene el límite de su eterna excelencia, que es inmortal, que cirscuncribe en Sí mismo lo perfectísimo Suyo y que es un eterno fluir hacia éste nuestro mundo de la Energía que hay Allá, que nos ofrece la promesa de una alabanza que libera. Por consiguiente Allá no hay diferencia entre unos y otros, no hay insconstancia. Allá, uno es el Sentir de todos, una es la Previsión de todos, una es para todos la Mente, el Padre, una la Conciencia por la que todos obramos, uno el Encanto mútuo del Amor, operador de la única Armonía de todas las cosas. 15 Así es pues como alabamos al Dios. Pero luego descendemos hasta los que han recibido de El el cetro. Es justo, pues, que comencemos por los reyes y de ellos nos ocupemos, que nos preparemos para el elogio y cantemos piadosos himnos al Supremo, y que el comienzo inicial de la alabanza se Le dedique, que nos ejercitemos aún más por El, para que esté en nosotros la práctica de la piedad a Dios y la alabanza en honor del rey. 16 Porque nada
hay más justo que otorgar recompensa a los que desplegaron
por nosotros una tan grande paz. La virtud del rey y su sólo
nombre confieren la paz. Porque al rey (basileus) se lo llama
rey porque con leve paso (basei leia) ejerce el poder supremo
y por la paz extiende los decretos, y porque nació para triunfar
sobre el dominio bárbaro: su sólo nombre es símbolo
de paz. |