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Hermes
Trismegisto, Hermes Tres Veces Grandísimo como se traduce su
nombre, reaparece hoy en la historia y la vida cotidiana luego de siglos
de ocultamiento.
De
sus legendarios millares de escritos, han llegado hasta nosotros, dieciocho
tratados redactados en griego, y uno más conservado en latín
llamado "Asclepio" o Esculapio.
Quedan
de ellos una treintena de manuscritos de copistas de los siglos xiv
al xvii que constituyen lo que técnicamente se llama el "Corpus
Herméticum" o Biblioteca Hermética.
En
su conjunto testimonian de cuánto fué leído y releído
en la Edad Media y Moderna, especialmente por sus adeptos, los "filósofos
de la naturaleza", "filósofos herméticos"
o alquimistas. Hasta nuestros días, su nombre vulgarizado, sirve
para indicar lo oculto, secreto y sellado, lo hermético, lo que
es difícil de penetrar y lo que se conserva vivo mucho tiempo.
El
análisis de los textos indica que fueron redactados en ese idioma
griego que, luego de la expansión del imperio de Alejandro, se
hablaba en Occidente, Asia Menor y especialmente en Egipto, donde en
la ciudad de Alejandría se formó un centro cultural y
científico de primer orden.
Las
referencias al Corpus que hacen en sus escritos Iámblico, Lactancio,
Dídimo el Ciego, Eusebio, el alquimista Zósimo, San Cirilo
y San Agustín, entre otros, permiten establecer que los textos
eran ampliamente conocidos y reverenciados en los primeros siglos de
la era cristiana, y que las copias medievales que nos quedan son fieles
al texto original.
La
ausencia total de referencias al cristianismo en el texto y de conceptos
o nociones cristianas explícitas o implícitas nos debería
hacer suponer que fueron escritos antes del nacimiento de Jesús.
De cualquier manera, su traducción al griego no debió
ser anterior al siglo lII a. de C. ni posterior al siglo II d. de C.
Los
redactores del texto lo presentan como una traducción de libros
egipcios atribuídos a Hermes, nombre griego del dios Thot, escriba
de los dioses, y como tal, revelador de conocimientos arcanos. Iámblico,
que vivió en la segunda mitad del siglo II d. de C. y murió
hacia el año 330, en su libro "Los Misterios Egipcios",
nos dice al respecto:
y
testimonia de la antigüedad de la enseñanza contenida en
sus escritos al decir:
Francisco
Daumas, en su obra "Los Dioses de Egipto" dice:
"Los
griegos, para quienes Thot era Hermes, tradujeron un epíteto
egipcio que debía significar "siempre grande" y lo
denominaron Trismegisto: "tres veces grandísimo".
"Con
ese nombre han llegado hasta nosotros una serie de tratados filosóficos,
denominados herméticos, escritos en griego y sin duda teñidos
de neoplatonismo. Estos tratados trasmiten sin embargo, una parte
muy apreciable de viejas especulaciones egipcias, hasta tal punto
que se ha creído ver en ellos una traducción pura y
simple de los libros filosóficos egipcios mencionados por Clemente
de Alejandría al referirse a los conocimientos que debían
adquirir los sacerdotes."
Podemos
concluir entonces, con toda la tradición, que la Biblioteca Hermética,
de la que hoy presentamos el primer tratado, es una traducción
griega de antiquísimos textos egipcios, textos que fueron consultados
por los primeros filósofos griegos en sus viajes a Egipto donde
eran iniciados en los misterios y admitidos a la lectura de los libros
sagrados.
Concluímos
también que la traducción fue "libre", interpretativa
como toda traducción, realizada por griegos para griegos, haciendo
uso de términos y de formas de expresión aceptables y
conocidas en ese entonces, de la misma manera que ahora, en nuestra
traducción, recurrimos a la terminología hodierna, e interpretamos
el texto de forma de ofrecer una lectura comprensible.
Esta
Biblioteca Hermética, pues, siguió la suerte de todos
los libros sagrados: tiene un origen secreto y oscuro perdido en los
comienzos de la Historia; reaparece y desaparece por largos períodos;
la colección no es completa, sino que quedan tratados, algunos
mutilados, con lagunas, como mensajes aislados y reveladores. Es reverenciada
por los esoteristas y temida y combatida por los fanáticos de
cualquier dogma. Pero, como afirma Plutarco en su libro "Isis y
Osiris":
Como
dijimos, los escritos herméticos fueron leídos y reverenciados
en los primeros siglos de la era cristiana. Parte de la doxología
final del Poimandres figura en una medalla cristiana como una oración
común. Y hay autores, como René Guenon, que consideran
que, en los primeros siglos, existió un esoterismo cristiano
compenetrado de las doctrinas de Hermes.
Iámblico
considera que es la base teológica de la teurgia y del culto
sagrado, y Eusebio lo llama "El Heraldo de la Verdad".
Más
tarde, desde el siglo VI al siglo XI, los textos herméticos desaparecen.
Nadie los cita y no hay noticias del Corpus, como si no existiera.
Reaparece
en citas del siglo XI y del siglo XIV, y subyace bajo la literatura
alquímica medieval y de la era moderna como el fundamento y la
inspiración del Arte. La doctrina reaparece en esa época
condensada en ésa espléndida "Tabla Esmeraldina",
tan conocida hoy, y cuyo origen es aún más oscuro y enigmático.
Finalmente
vuelve a hablarse de Hermes en nuestro siglo XX. Estudiosos de la antigüedad
y teólogos cristianos le han dedicado muchas eruditas páginas,
pues el Corpus Herméticum constituye un problema y un desafío
a la Historia de las Religiones y a los fundamentos del pensamiento
occidental. De manera que existe una "cuestión" académica
sobre su orígen, con detractores y admiradores, por donde el
Corpus constituye en sí una polémica que posiblemente
no se extinga nunca.
Su
mensaje es "inquietante" precisamente porque, de aceptar la
antigüedad de su origen y la grandeza de su doctrina, se trastocarían
muchos conceptos, especialmente el de la interpretación oficial
de la Historia, y el del pensamiento filosófico moderno, el cual,
todavía hoy, no se ha desprendido de sus raíces medievales,
ni liberado de los falsos dilemas en que se debate, de las propuestas
dualistas de Dogma-Razon, Libertad-Determinismo, Espíritu-Materia,
Razón-Sentimiento, Agnosticismo-Religión, dilemas expresados
en términos simplistas repetidos automáticamente desde
el siglo XVIII como si nada hubiera ocurrido desde entonces, como si
la historia entera de la Humanidad, que ahora conocemos mejor, no tuviera
otra cosa que trasmitirnos; como si no fuéramos capaces de proponernos
en lo íntimo de nuestra propia conciencia la necesidad de pensar
y repensar nuestra profunda angustia y la desmesurada ignorancia y superficialidad
en que vivimos.
La
filosofía, aquel "amor y búsqueda de la sabiduría",
ha muerto: éso es lo que tenemos que aceptar con sinceridad,
y ha muerto precisamente porque no sabemos cómo ni por dónde
empezar.
El
lector ya avezado en la ciencia y habituado a la lectura de otros libros
sagrados, percibirá en Hermes el tono inconfundible, la fuerza
de profundidad, y aquella seguridad y autoridad de los mitos y símbolos
verdaderos, de las reflexiones y afirmaciones sensatas, del sentido
universal y en total armonía con el Uno, el Todo y lo Mismo para
todos.
Quienes
estén familiarizados con los filósofos presocráticos,
tendrán una mejor explicación del llamado "milagro
griego" del pensamiento, pues no dejarán de percibir que
aquí está planteada, en forma pura, la problemática
que ellos analizan y desarrollan hasta alcanzar la síntesis fantástica
e inigualable de Platón.
En
realidad, Hermes propone los fundamentos del pensamiento occidental.
Sus grandes y repetitivos temas: La afirmación de la Unidad del
Todo; la presencia universal e inmanente de la Inteligencia y del Espíritu;
la inteligibilidad de la realidad. El concepto de la creación
como manifestación de lo inmanifestado. La materia como continente
pasivo y la Luz inteligible, pleroma de arquetipos, como el agente activo
de la manifestación. El concepto del Mundo como un Cosmos. La
observación de los evolución de la naturaleza, siempre
la misma, siempre renovada en el proceso continuo de la Vida, de muertes
y nacimientos de individuos pero de permanencia en vigor arquetípico
del género y la especie. El juego de la Libertad, la Necesidad-Destino
y la Providencia, una tríada inseparable. La posibilidad de comprender
el Destino. La realidad trina del Hombre: Mente-Razón-Sentido,
Espíritu-Alma-Cuerpo. El concepto de Energía, "en-ergon",
lo que actúa desde adentro y por sí mismo. Y millares
de otros temas nacidos de la observación y de la participación
con la Inteligencia del Todo, están vivos y presentes desde Parménides
hasta nosotros, y son, a nuestro ver, la fuente primeva de nuestra cultura
y de nuestra civilización.
Una
última observación: los libros de Hermes no son "filosofía",
ni pertenecen a ninguna escuela. Son un texto sagrado como el I Ching,
como la Biblia, como el Libro de los Muertos egipcio, como los Vedas
y los Upanishad.
Como
los símbolos y los mitos, habla el lenguaje del espíritu
y de la inteligencia, más allá del Tiempo, en el instante
Eterno e incomprensible del entender, del darse cuenta y del tomar conciencia.
Del instante cuando se hace la Luz, a la que sigue el recuerdo de lo
que una vez entendí, y de que estoy seguro de que así
fue, y que lo guardo en la memoria y en la Pistis, la Fe, que es la
Piedra firme sobre la que se puede construir una Morada segura.
Luego vendrá el Tiempo, el devenir de la Razón, del Logos, que establece las diferencias, controla las fantasías y separa la paja del grano, que emite hipótesis y tesis, que desarrolla la Luz, para decirlo en términos de Hermes, "en un Cosmos infinito de arquetipos", de infinitos posibles, de "Todo lo que ha sido, es y será, y de lo cual ningún mortal jamás alzó el Velo". Porque como todo libro sagrado, la Revelación que nos trasmite, viene mezclada con fantasías y características propias del que la trasmite: no es un credo ciego, sino proposiciones a comprender e interpretar. Jorge E. Sanguinetti, solsticio de junio de 1991. |