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Introducción Lactancio en sus Divinae Institutiones, en el siglo IV, interpretó esta égloga en sentido cristológico; lo mismo hizo Constantino en la oración pascual después del concilio de Nicea, y San Agustín admitió, como posible, la inspiración divina de la Sibila cumana, y derivando de ella la inspiración de esta égloga. |
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A POLIÓN
Cantemos, ¡oh Sicilianas Musas!, mayores asuntos; pues no a todos deleitan las florestas ni los humildes tamarindos: si cantamos las selvas, que dignas sean las selvas, oh cónsul. Ya viene la última era de los Cumanos versos: ya nace de lo profundo de los siglos un magno orden. Ya vuelve la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; ya desciende del alto cielo una nueva progenie. Tú, al ahora naciente niño, por quien la vieja raza de hierro termina y surge en todo el mundo la nueva dorada, se propicia ¡oh casta Lucina!: pues ya reina tu Apolo. Por ti, cónsul, comenzará esta edad gloriosa, ¡oh Polión!, e iniciarán su marcha los meses magníficos, tú conduciendo. Si aún quedaran vestigios de nuestro crimen, nulos a perpetuidad los harán por miedo las naciones. Recibirá el niño de los dioses la vida, y con los dioses verá mezclados a los héroes, y él mismo será visto entre ellos; con las patrias virtudes regirá a todo el orbe en paz. Por ti, ¡oh niño!, la tierra inculta dará sus primicias, la trepadora hiedra cundirá junto al nardo salvaje, y las egipcias habas se juntarán al alegre acanto. Henchidas de leche las ubres volverán al redil por sí solas las cabras, y a los grandes leones no temerán los rebaños. Tu misma cuna brotará para ti acariciantes flores. Y morirá la serpiente, y la falaz venenosa hierba morirá; por doquier nacerá al amomo asirio. Cuando puedas leer las alabanzas de los héroes y los hazañas de tus padres, y saber qué es la virtud, amarillearán los lentos campos blandas espigas, rosadas uvas penderán de las incultas zarzas, y los duros robles sudarán un rocío de miel. Con todo persistirán las huellas de las viejas maldades, cuyas naves ofenderán a Tetis, cuyos muros ceñirán ciudades, cuyos surcos hincarán todavía la tierra. Habrá entonces otro Tifis, otra Argos conducirá selectos héroes; habrá también otras guerras, y de nuevo se lanzará sobre Troya el gran Aquiles. Después, cuando alcances la edad viril plena, el viajero dejará de cruzar el mar, y el náutico leño no mercará los bienes: todo campo surtirá todas las cosas. No sufrirá el arado la tierra, ni la vid será podada; y a su vez el labriego desuncirá los robustos bueyes. No aprenderá la lana a mentir con variados colores; antes, ya en rojo múrice, ya en azafranada ajedrea, mudará el morueco en los prados su suave vellón; por sí mismo el minio vestirá al cordero que pace. ¡Rodad tales siglos!, dijeron a sus husos las Parcas acordes con la inmutable voluntad de los Hados. ¡Lánzate a estos altos honores!, cumplido está el tiempo, ¡oh progenie amada de los dioses! ¡oh magno vástago de Jove! ¡Contempla cómo bajo la celeste bóveda se inclinan los astros, y las tierras, y el vasto mar, y el profundo cielo! ¡Contempla como el siglo venturo regocija todas las cosas! ¡Oh! ¡Que mis últimos años sean tan largos y me alcance el aliento para cantar tus hazañas! No vencerán mis versos ni el tracio Orfeo, ni Lino, aún si la madre a aquel y el padre a este asistieron, Calíope a Orfeo, y a Lino el hermoso Apolo. También Pan si compitiera conmigo, juzgando Arcadia, también a Pan declararía vencido el juicio de Arcadia. Comienza, ¡oh parvulillo!, por la sonrisa a conocer a tu madre: por diez meses un largo fastidio acompañó a tu madre. Comienza, ¡oh parvulillo! A quien no sonríen sus padres, no se le digna la mesa del dios ni el lecho de la diosa. |